Tristesse 2

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: médico asmedista Luis Ernesto Pérez Osorno (foto)
Pediatra
Exintegrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

El aire albo penetrando por los viejos ventanales; los cirios alzando al viento nubecitas de penachos airosos; los inciensos unidos a las loas al altísimo, las caras devotas de los fieles implorando con los ojos y las manos en encierro místico y las bocas repitiendo inefables palabras de oración. Hace años, muchos, la devoción y los fieles eran mayores. Los muchachos de escuela y de colegio íbamos a misa temprana y a confesar y comulgar y a participar de la acción católica, de los legionarios de María, de las catequesis y muchas inquietudes juveniles y aventuras que acontecerían dentro del templo. Había un coro de voces para las fiestas de gala y un viejo órgano que les daba solemnidad. Hoy, son parlantes gigantes y micrófonos que llenan de sonidos el recinto. Hoy, este templo tiene un aire distinto.

Ella entra con pasos lentos, suaves, casi reptando. Quien la viera por primera vez, la creería una santa. Yo vi a Santa Teresita cuando la vi entrar aquella mañana de no sé cuántos años hace. Blusa ancha de tela sencilla, cuello de toda la nuca y mangas holgadas hasta las muñecas. La cintura ceñida desde la cual bajaba la saya ancha que le ocultaba casi los pequeños zapatos. Un vestido talar como lo tuviera una monja de clausura. Parecía que lo fuera.

Hoy llegó tarde ya empezada la misa. Su puesto en las primeras bancas de la nave derecha ya lo había escriturado con la razón que le daba el uso inveterado de años. Nadie que no fuera ella lo ocuparía. Quien lo hiciera recibiría los regaños y la furia de su boca: – “¡yo soy ahí! – ¡Es mi puesto! ¡Quítese!”. Algo más haría que permaneciera casi sola en esa banca. Ella, arrodillada, encara al cielo. Envuelta en el manto, oculta la piel, los labios no cesan de rezar secretos para Dios, que quizá ni él oiga.

El cura ya había iniciado la misa y los fieles respondían los cánticos y los diálogos. No había allí uno que entonara. Ni el cura ni ellos encontraban la nota y cada uno cantaba a su modo, magnificado por los sonidos estrambóticos de los parlantes. Ella empeoraba con entradas a destiempo y a desentono. Contestaba lo que no se contestaba y a veces tomaba la voz del cura para seguir los rezos del ritual. Sus oraciones en voz alta, repeticiones de memoria, maquinales, salían por entre los dientes y la lengua como cosas sabidas. Los ojos cerrados le cerraban también los oídos para no oír los comentarios vecinos ni la voz del cura suplicándole unas veces, en otras desentendiéndose de ella. Dios la oiría y tal vez le perdonaría.

Encerrada en su cuarto desde niña, los temores la asediaban. Los gritos y golpes de su padrastro, un borrachín que atormentaba a la madre con insultos y continuas peleas por mínimas cuestiones, le inquietaban el ánimo. Las palabras soeces menudeaban en los oídos y no sabía qué la atormentaba más: si esa crudeza del castigador y usurero que decía ser el amo y dueño de ella y de su madre, o la indefensión y la resignación con que recibía los castigos.

“-Ésa es la voluntad de Dios, que nos ha puesto a prueba en este mundo, para nuestra eterna salvación.”- “Ésta es la cruz que nos toca cargar. Que todo sea por amor a Dios y por la salvación de toda la humanidad.” Fueron frases que fue aprendiendo desde pequeña y que junto con los rezos y las bendiciones que las acompañaban, apaciguaron sus iras, pero no los miedos. Los hombres fueron apareciendo en su vida como fantasmas horribles, como fieras devoradoras, como fuentes de pecado, símbolos de Satanás.

Y, así, tres días después de andar de juerga y borracheras, llegó el ogro furioso y, al no encontrar a su mujer (había ido a confesarse con el cura de la parroquia), la emprendió con ella con violencia. Y después de espumarajos y gritos y besuqueos y salivas por todas partes, sintió algo lacerante y un pujido como de muerte y entre las piernas una espuma tibia cuyo hedor lo selló en la memoria y le despertó unas náuseas que jamás había sentido y que por el resto de su vida la acompañaría con dolor y con odio. Desmayada, volvió en sí cuando la madre se inclinó sobre ella llorando y con los ojos húmedos suplicando a Dios por la conversión de ese hombre a quien amaba y reprochándola por haberse convertido en podredumbre humana, en una mujer inmunda, en porquería de cloaca, en ocasión de pecado para los hombres. Muchas otras veces el energúmeno la tomó para sí con ímpetu salvaje y la niña transformó su rostro en el de la amargura y la desdicha. Las palabras amenazantes de la madre la condenaban a los fuegos abrasadores sin fin destinados a los pecadores impenitentes. Tendría que arrepentirse y limpiar el alma. La oración la refugió en las alabanzas a Dios y, tomadas de la mano, iban tempraneras a confesar las faltas y la debilidad ante las tentaciones que ese hombre padecía. Lo sabían y la biblia se los repetía: las mujeres son torpes y, como Eva, son la causa del mal de la humanidad. El cura las recibía en confesión y las perdonaba con la bendición lavadora.

También los sueños cambiaron. De niña soñaba con juegos de muñecas. Con aprender esos garabatos enredados en el papel, que decían historias de príncipes dorados. De grande diría versos en palabras sutiles que salieran del alma para lanzárselos al amado, a quien soñaba apuesto y varonil, de dulce voz y músculos abrazadores. Fue traidora de sus sueños. Los abandonó con las pesadumbres, con los sinsabores, con la tristeza que cobijó a su alma adolescente. Ahora viviría otros sueños. Anclada en Dios, viviendo en su refugio, en su templo, escondida de la vergüenza y del repudio que la culpa le endilgaba, repetía los días en los sacros oficios. Sus veinte años florecían en los ojos lanzados al vacío del cielo, en las manos juntas sobre los labios suplicantes, en las rodillas cansadas de soportar el peso de sus pecados. El día que “ese hombre” apareció muerto entre los vómitos de su miserable desgracia, fue temprano a hablar con Dios para darle las gracias por librarla de más pecados y pedir que la condena para él fuera eterna, en donde a bien tuviera. Pero no en el cielo, en donde ella esperaba llegar después de este valle de lágrimas y no querría volver a encontrarlo. Ese día la madre lloró la viudez y en sus palabras a Dios, pedía perdón por la hija que tal vez fuera quien precipitara la desdicha de su amado.

Desde entonces, los rencores de su madre taladraron los oídos con nuevos odios, otras maldiciones. Comprendería, por fin, que era una mujer sucia y que no tendría ni el perdón de Dios ni el de su madre. Pensamientos absurdos le atragantaban la conciencia. Dios estaba a punto de abandonarla a su suerte o ella sería incapaz de resistir esa fiereza. La humedad de su cara, la matidez en los ojos, la languidez de los labios, aparecieron cuando la fe se debilitaba.

Y una tarde, cuando iba a paso sereno por la acera, ya cercana al parque en donde el templo se levantaba prodigioso, una voz desconocida gruesa y firme, como la de su sueño adolescente, la hizo levantar del piso la mirada, para encontrarse con la de la figura más hermosa que hubiera visto jamás. Él se acercó y quiso hablarle, pero ella de nuevo lanzó los ojos al suelo y cerró la cara con el manto y el corazón y los pasos se aceleraron. La voz insistió y sólo quedó grabada en los oídos de ella que por primera vez sintió una emoción distinta.

Luego de la misa, del rosario y de las novenas de aquel martes, fue presurosa a darse un baño limpiador de su impureza por ese terrible instante en que una voz varonil la embelesara. En el baño la melodía de la voz de aquel hombre la trasportó por senderos de fantasía que nunca había conocido y su cuerpo se envolvió en dulces devaneos. La tentación había venido en figura de hombre y de nuevo sintió lo abominable de la entraña, la indecible debilidad de su carácter, el lúbrico afán de la pasión. Mientras que el agua la limpiaba, las lágrimas le entibiaban la tristeza. Se odió a sí misma tanto como odiaba tener que aumentar las oraciones y los perdones y ver que las figuras de cristo en la cruz y de los santos permanecían estáticas, indiferentes a su dolor, a sus quejas, a la soledad de su alma. La insistencia de aquella voz en la memoria le suavizaba el apretón del pecho, como si un aire nuevo la penetrara y una luz le iluminaba la cara con las palabras que no alcanzó a decirle aquel ángel en la esquina del parque.

Un domingo en la mañana, escuchó de nuevo la voz varonil más cerca del oído y un aroma cautivante que la hicieron volver la cara y sonreírle. El corazón buscó caminos rápidos de fuga y las manos sintieron la fuerza del vacío. Una ilusión había llegado intempestiva. La sonrisa no desapareció mientras ella ensayaba rubores en las mejillas y luces en los ojos y temblores en los labios. Pero la fuerza de la tentación esta vez no pudo vencerla. Volteó la cara, inclinó los ojos y el manto negro cerró la puerta a la ilusión. Limpió su alma del pecado con azotes en la espalda desnuda, como lo había aprendido de las santas en “Vidas Ejemplares”. Otra vez, las lágrimas, la ceniza en el rostro, una semana de ayuno. Y los baños con aguas limpiadoras para soñar y fantasear en los locos devaneos con los que aprendió a descansar y relajarse y sentirse suavecita y más dispuesta a luchar y buscar los caminos de virtud desviados por culpa de esa voz angelical.

¿O era realmente un ángel el que la buscaba y no un ser humano? ¿Por qué esa voz tan acariciante y ese aroma? ¿Eran mensajes de Dios y ella se negaba a escucharlos? Después de un rato de meditación, decidió que aceptaría el llamado de la voz y pediría perdón a Dios por no escucharlo antes.

Nunca volvieron ni la voz ni el aroma. La ilusión desapareció. Hasta un dejo de sonrisa que esbozara el espectro y que le hollara la mente fue desvaneciéndose con el paso del tiempo. Otros fueron los aconteceres de los días y cada uno de los que pasaba le pesaban más en la memoria. Hasta se daba golpes en el pecho por dedicarle tanto tiempo a esos pensamientos inútiles, por levantar la mirada al pasar por donde la voz del iluso la llamara, por caer en tentaciones tan fútiles…

La voz de su madre se debilitaba hundida en la tristeza y en la desesperanza. Había dejado las oraciones y la rutina de la iglesia y era más asidua con los lloriqueos y las inculpaciones a la causante de su viudez. Iba a enloquecerse o a enloquecerla. No bastaban los ruegos al Santísimo ni a María. El licor haría el resto de la desgracia. Los castigos y los golpes le ajaban la piel que la penitencia no dañaba.

Un primer viernes, después de asistir al templo y comulgar, encontró el cuerpo desvanecido de la madre entre heridas y sangre y sin respiros. Los ladrones rompieron botellas y destrozaron todo a su paso. Ni los vecinos ni el cura pudieron resucitarla.

Desde entonces, fue la soledad quien la acompañó. Ni una voz ni un aroma llenaron sus sentidos. Los fantasmas de la noche, con voces estentóreas de borrachines, con rejos sobre la espalda, con reproches infernales, horadaban el sueño. Todo se le parecía al infierno y su impureza le señalaba esa ruta. Las preces y los sacrificios no aplacaban a los dioses ni a los demonios. El templo de Dios convertido en refugio, con las oraciones, los ritos, las devociones. Todos los martes un rosario a María, prometido para los días que iba a vivir. Un puesto en la nave derecha sería el suyo para siempre. Confesarse cada vez que un recuerdo, un pensamiento, por leve que fuera, la atormentara. Castigaba la memoria de aquella voz y de aquel aroma que, como dulce veneno, la empalagaba y al final, la atosigaba. Insoportable pecado.

La vida, alargada noche de embelesos y de rezos, se le había convertido en un camino único, estrecho pero llano, en donde reinaba y disponía de lo suyo y de los demás. Siempre sola en su sitial de semidiosa. Los vecinos en la iglesia solían dejarla sola porque a su alrededor, quizá por la vecindad de la galería de los osarios, se levantaba un confuso hedor como a algo ya muerto o cercano a estarlo. ¿Sería ese el olor a santidad del que hablan de los que están tan cerca de los cielos?

La voz se oyó cercana y el aroma le repitió mensajes en la memoria. Esta vez vinieron con carne y hueso, dentro de un traje juvenil y un cuerpo apuesto. La figura hermosa se le acercó al llegar esa tarde a su martes de rosarios. Golpeada la mente, buscó refugio entre las manos apretadas. El manto se negó a taparla y, suspirando, se arrodilló. El ángel puso las manos sobre su cabeza y le dijo:

-El Señor me ha enviado para hacerte compañía en tu regreso a la casa celestial. Ven conmigo, no temas…
Ella, atemorizada y muda, sintió un frío espantoso. Luego le resplandeció el rostro y, sonriendo, se entregó al enviado.

Un torbellino leve revolcó el polvo del suelo. Los que la vieron desmayarse no pudieron evitar que se golpeara en la cabeza.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

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