Once tras la pelota (Cinco cuentos de fútbol)

Tomado de: https://revistacronopio.com/

Por: Médico asmedista y escritor Emilio Alberto Restrepo Baena (foto)
Integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

(Artículo publicado originalmente el pasado 11 de abril de 2024)

CLÁSICO DE BARRIO

Mi barrio se dividía en sectores, cada cual un universo, muchas veces no se podían ni ver, eran irreconciliables. Los de Granada éramos rockeros, nada de maricaditas como baladas o boleros, los tangos nos resbalaban y de la salsa, ni se diga, estaba prácticamente prohibida. Al otro lado de la quebrada, margen derecha de la canalización, estaba San Bernardo, que era lo contrario: Salseros pesados, dos bares muy tradicionales en donde molían tangos y milongas hasta medianoche, hora en que despachaban a los últimos borrachos a pie, esquivando prostitutas desplumadoras y atracadores callejeros. La mayoría éramos hinchas del Nacional; los de «Sanberna», del Medellín. Ellos estudiaban en el Nariño o en la Carlos Franco, y nosotros en la Céspedes o en Bolivariana. De su lado gustaba más la bareta y nosotros éramos más de «chamber», «colol», trespatadas y hasta del aguardiente, que por entonces era barato. No nos entendíamos ni por equivocación; por el contrario, muchas veces nos trenzábamos en unas batallas campales de bolsas de caca y orines, festival de patadas y riñas a correazo limpio e incluso encuentros con cadenas. Nadie se explica hoy en día cómo nunca resultó un muerto de aquellas trifulcas.

Como muchos de los muchachos queríamos vivir en paz, nos hacíamos los bobos, dábamos largos recodos para evitar pasar por el sector contrario, tratábamos de propiciar una convivencia más bien tranquila, para no tener problemas, aunque eso podía dispararse de un momento a otro en las noches de los viernes o sábados.

Un diciembre, cuando estaba promediando el torneo inter–barrios de fútbol, las eliminatorias iban perfilando a nuestros equipos como los necesarios clasificados, por lo que iba a ser irremediable que se encontraran en el partido final para definir el campeonato. Los párrocos estaban preocupados y citaron a los capitanes para tratar de que transcurriera sin la violencia que se temía iba a generarse, con dos culturas tan antagónicas e intransigentes. Todos temían lo peor. Cada uno creía tener su verdad y el menosprecio por el adversario se agravaba con la arrogancia juvenil y el empoderamiento que daba el sentir colectivo de cada equipo y lo que había detrás de él. Pero se trataba de fútbol, era algo sagrado, y eso era lo más importante en ese momento.

Se llegó a un acuerdo: nada de armas ni objetos peligrosos, nonis de encaletar licor ni marihuana, vigilancia policial de manera preventiva y nada de la música de cada uno: prohibido–el–rock, desterrada–la–salsa. En esos compromisos teníamos que ser muy serios.

Llegó el día del partido. Un clásico, una lucha de gladiadores, pata fuerte, choques bruscos (pero no peleas), sudor, entrega, faltas, ahogo, goles, abrazos, desconsuelo, nuevas esperanzas. Tiempo suplementario. Desafortunadamente, nos ganó Sanbernardo 3×2 en un partido digno de una final europea, gol–agónico incluido. El padre Óscar, eufórico, regaló 3 cajas de cerveza, con permiso del inspector. No hubo broncas. Terminamos bailando con música de Pastor López, La Billo’s y Los Melódicos. Al final la rumba fue de amanecida. Nada que lamentar. El fútbol obró el milagro.

LA GRAN FINAL

Nunca olvidaré la gran final del campeonato que realizó la Alcaldía en el 98. Era diciembre. Se enfrentaban los equipos de 2 barrios que congregaban los más–malos–de–los–malos, pura carne–de–banda–y–de–presidio, con decirle que de esa generación solo quedan cuatro vivos, dos mutilados, uno que terminó en Guatemala y otro reconvertido en pastor protestante.

El secretario de gobierno hizo un pacto con el man que lideraba la parada, el que realmente mandaba en la ciudad, porque no nos digamos mentiras, la Oficina tenía más poder que el alcalde y que todas las autoridades juntas. Se hacía lo que dijera, sin discusiones. Entonces acordaron no agredirse, nada de broncas, nada de armar tropeles y mucho menos armas. De todas maneras, la cancha estaba acordonada, había vigilancia policial, agentes de civil y los muchachos del combo bajo las órdenes del capo, encargados de la seguridad. El capellán del estadio rezó una plegaria, tiró agua bendita a la arena, al balón e hizo el saque de honor.

La gente estaba tensa, pero se veía tranquila, temiendo que en cualquier momento empezara el caos. Era claro que eso podía explotar en cualquier momento, pues uno no sabía cuáles eran más peligrosos, si los escoltas, los jugadores o las fuerzas del Estado, por aquella época completamente infiltradas por la delincuencia. Entre los hinchas, muchos que pasaban por aficionados, eran sapos camuflados que llevaban armas por si algo se salía de control.

Y empezó el partido. Desde el principio pata corrida, empujones, miradas feroces, uno que otro escupitajo, mentadas de madre en voz baja. En realidad, mucha tensión, un ambiente enrarecido que enmudecía ante cada falta, que suspiraba ante cada empellón, que cruzaba los dedos ante cada encontrón.

Entonces, de la nada, apareció un globo que descendía hacia la mitad del campo; detrás de él, una cuarentena de muchachitos que querían atraparlo y se sentían con derecho a cogerlo y quedárselo como trofeo. La algarabía era total, el tumulto de piernitas que corrían levantaba una polvareda y sin consideración alguna, se apoderaron de la cancha, parando el encuentro y pasando por entre los asombrados futbolistas. Entre las voces chillonas, alcancé a escuchar:

—El globo es mío, salió de mi cuadra.
—¡Qué va, yo lo tumbé con mi espejito, vos estabas sentado en un muro, no hiciste nada por bajarlo!
—Entonces si no es para nosotros, no es para nadie —y con una vara procedió a dañarlo, ya a pocos metros del suelo. Dos o tres piedras acabaron de destrozarlo. La candileja, aun encendida, cayó en tierra.

Y así como entraron, salieron. Como una plaga de langostas, como si no hubiera pasado nada, como si no estuvieran en la mitad de un partido que amenazaba violencia y muertos.

Los jugadores, la hinchada y los guardianes no la creían. Se miraban atónitos, hubo un silencio expectante de manos al cinto en espera de alguna orden que nunca se dio y luego de una estruendosa carcajada se reanudó el juego. Las crónicas no reportan ninguna otra novedad.

TODO POR EL FÚTBOL
(Finalista en el concurso «Cuál es tu cuento con el fútbol UPB»)

¿Que cuál es mi cuento con el fútbol? Hombre, todo es todo, estoy así por el fútbol.

Escúcheme. Ahora tengo 23 años. En esa época tenía 17, estaba en las inferiores del Nacional, los fines de semana me volaba al escondido a jugar con un equipo del barrio, pagaban bien, además los muchachos del combo apostaban plata, casi siempre ganábamos buenas propinas y recogía buen billetico pa’ invitar a la niña que me gustaba a tomar gaseosa. Ahí lo importante era el juego, casi siempre, pero cuando venían los duros primaban las apuestas, rumbaba la plata antes que el deporte.

Mi equipo era de los tesos, lo manejaba Zinzonte, jefe del combo de la 92; ya casi nadie quería enfrentarnos, pues era botar el tiempo, todos perdían contra nosotros. Así llegamos a la final del campeonato, había mucha tensión en el ambiente porque habían matado a dos jefazos y el resto estaba escondido. Pero podía pasar lo que fuera, el partido no se suspendía por nada del mundo.

Yo estaba súper contento, iba de goleador, me iba a meter al bolsillo una bonificación, y pa’ acabar de ajustar, preciso ese fin de semana, mi hermano anunció visita con mi abuelita y mis tías, que venían del pueblo exclusivamente a verme jugar y alzar la copa y gozar porque me ganaba el botín de oro, que ya era prácticamente mío, por la ventaja de goles que llevaba. Además, logré que a la peladita le dieran permiso, con la condición de que fuera con unas primas, pues el papá era hincha del Medellín y siempre le daba rabiecita que yo jugara con los verdes, pero qué iba a hacer, yo era serio, tenía futuro y le respetaba la niña. Le tocó dejarla ir, o sea que ese día íbamos a tener la cancha llena pa’ vernos jugar, muchos de ellos iban por mí, y mi familia y mi amorcito en primera fila, todos haciéndome barra.

Con lo que no contaba, era que faltando pocos minutos pa’ jugar nos dimos cuenta que el partido estaba arreglado pa’ perder; como teníamos tanto favoritismo, Zinzonte había apostado un billete largo en contra nuestra; iba a ganar millones esa noche y luego se esfumaría con los jefes. ¡Nos ordenaron que teníamos que perder como fuera!

Yo, con ese público, tenía que lucirme. Pa’ rematar, esa tarde estuve más volador que nunca, metí como tres goles, me anularon uno, sacaba pecho, no me importaba la orden que nos habían dado. Sabía que conmigo no se iban a meter, era el goleador, ellos entenderían.

Al terminar, me pareció raro, los compañeros se dispersaron, nadie me felicitó, quedé solo. Cuando iba a buscar a los otros pa’ celebrar, fue que perdí el sentido por el golpe. Ahí me cambió la vida, ni me enteré. Por lo menos la mamá de Zinzonte me regaló esta silla de ruedas. Ese es mi cuento. Tullido–a–punta–de–totazos, pero guerreando como un crack. ¡Todo por el fútbol!

COBRO FORZADO

Hay cosas en la vida para las cuales uno no se prepara, porque no le interesa o cree que nunca le van a tocar. Eso pensaba de los penaltis, con respecto a cobrarlos, a tener que enfrentarme a un arquero, a tener que fusilarlo con un tiro directo. No era mi problema, yo jugaba siempre como zaguero; no era un virtuoso, ni cañonero, por el contrario, era más bien brusco, mi disparo no era muy potente, mis pies no dominaban la magia de una comba o un chanfle. Por más que practicara no se me daba. Entiéndame, me decían «el muro» y por detrás me definían como bobo–grande–acaba–ropa. A mí no me importaba, no era del todo falso, mi rol era defender, no dejar pasar a nadie y creo que cumplía bien mi misión. Siempre fui titular y, créanme, no chupé banca ni un solo día.

Hasta que llegó la final del campeonato del 94, el interuniversitario nacional, la fecha más importante. Primera vez que llegábamos tan lejos y tenía un especial significado, la pública contra la privada, los pobres contra los ricos, el proletariado contra la burguesía. Había muchas cosas en juego, que trascendían el campeonato mismo, más allá del simple concepto de ganarse una copa.

El partido resultó reñidísimo, una batalla campal de barro–sudor–y–pata. Terminó 2–2, luego del tiempo suplementario. Había que definirlo a disparos desde los 12 pasos. Y empezó el sufrimiento. Bote uno, tape el otro, anote este, desvíe aquel, lo cierto fue que luego de 10 oportunidades de cada equipo, el marcador iba igualado 6–6. Los nervios estaban a punto de estallar, la gente se descocía por dentro, había rabia, angustia, los gritos herían los oídos y un poco la autoestima. Las tribunas eran una bomba de tiempo.

Y lo que nadie tenía en sus cuentas, que me tocara el turno de chutar a mí un penalti. No estaba preparado ni física ni mentalmente, pero no había de otra. Todos habían desfilado uno a uno y de tanto acertar y fallar, era nuestro turno, y me correspondía precisamente a mí. En la oportunidad anterior ellos aventajaron. Faltaba mi cobro. Si anotaba, seguíamos. Si erraba, chao pescao. La verdad fue que me borré. Como que no pensaba, era como una antesala de la muerte, como si deshiciera los pasos, todo como en un túnel, el rugido haciendo ecos en mi cabeza.

Tomé distancia, di 2 pasos como en cámara lenta y preciso: me tropecé y caí como un idiota. En las tribunas, el grito fue unánime:

¡¡¡BOBO… GUEVÓN… INÚTIL… PAQUETE… SÁQUENLOOOOOOO… CÁPENLOOOOO!!!

Entonces, me enceguecí. Me paré, me hice nuevamente detrás del balón.

Silencio absoluto.

Tomé carrera, pateé. Ni duro ni pasito, sin técnica ni plan, casi sin mirar, lo cierto fue que el balón entró. Fue gol. El estadio, mudo.

Yo no celebré, no dejé que me felicitaran, me fui para el camerino y lloré como un niño.

Al final ganamos, pero en ese momento ya no me importaba. Ese año me gradué y nunca más volví a jugar.

AY, PAOLA
(Finalista en el concurso «Cuál es tu cuento con el fútbol UPB»)

¡Jamás volveré a conseguirme un novio futbolista!

Fue la única opción que tuve, pues mi padre trabajaba como masajista y auxiliar del Atlético y todas las tardes, al salir del colegio, nos llevaba a los entrenamientos del equipo. Estábamos rodeados de gente del futbol, el barrio no significaba nada para nosotras, la familia fue reemplazada por el personal corporativo; el ambiente, todo, giraba en torno al balompié. Los fines de semana viajábamos con la comitiva, pues no teníamos con quién quedarnos. Nos convertimos en parte del paisaje.

Mi madre nos había abandonado, se había fugado con un jugador. Mi papá quería fingir que nada había pasado, que todo era normal, que la vida era así, que esas cosas pasaban como si fuera lo más corriente crecer y rodar sin mamá, en poder de un padre muy ocupado, roto por dentro y blindado hacia afuera; éramos unas niñas sin dirección, rodeadas de hombres rudos, sudorosos, preocupados por sus propios asuntos, poseídos por la ambición y las hormonas.

Primero me enamoré del arquero, que más rápido que tarde fue comprado por el equipo de otra ciudad y se esfumó de mi vida de un domingo para otro.

Luego me deslumbró el centrodelantero, pero descubrí que anotaba goles con la misma facilidad con que confortaba a sus admiradoras cuando yo apenas volteaba la espalda.

El capitán resultó un indefinido que en las giras se besaba con el comunicador de la liga. Lo supe por terceros y tuve que escupir de la rabia cuando el propio conductor del autobús me mostró las fotos con la evidencia.

El defensa central era un bello tonto que no sabía qué decirme cuando estábamos solos y se le acababan los argumentos de sus caricias un tanto torpes.

Y así ocurrió con el diez, con otros dos delanteros y con un suplente que se mantenía irritado por la amargura de estar calentando siempre la banca.

Durante varios años compartí todos esos labios, esos brazos fuertes y bruscos, sus olores agrestes, su volatilidad, las lociones penetrantes, sus egos derretidos por la promesa de un futuro lleno de brillo que no siempre estaba a la vuelta de la esquina.

Solo accedí al sosiego de una ilusión que me aterrizó con mis propias expectativas, cuando conocí a Paola, la sicóloga del equipo. Fue mi apoyo cuando me encontraba doblegada por la sucesión de derrotas que me hicieron sentir usada, desplazada, muchas veces sucia. Me hablaba con una reposada sabiduría, con dulzura; me fue llevando de la mano a un entendimiento que se transmutó en gratitud, luego en admiración, más tarde en afecto y finalmente en amor.

Paola se fue convirtiendo en mi eje vital. Me permitió encontrar la ternura y, sobre todo, a mí misma.

Ella es parte del equipo y, ahora, de mi proyecto de vida.

Mi padre nos mira en silencio con un asombro que se le confunde entre la norma y el afecto, pero sabe que ni puede, ni tiene nada qué opinar.


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