Del asistencialismo al desarrollo

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Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Juan Fernando Uribe Duque (foto)
Escritor, poeta

Decir que no se necesita de un asistencialismo urgente en un país donde cuatro millones de sus habitantes viven con dos dólares al día y dos millones con uno, es una falacia. La misión de un Estado solidario y competente es intervenir para impedir que la miseria continúe acechando, y las consecuencias de la desnutrición y el desespero den al traste con la situación vital de estos compatriotas.

Simplemente decir que los subsidios o las ayudas como la renta básica son un distractor para crear ociosos y vagos oportunistas a la espera del subsidio, es un pensamiento contrario a las necesidades de una franja de la población carente de oportunidades laborales dignas. Muchos de estos colombianos han vivido en una situación de exclusión tal que ya tienen la sensación de vivir en un submundo en el que el delito y la muerte campean en cada esquina.

Me preguntarán, entonces, «¿Pero por qué no estudian y salen a buscar trabajo y progresar como lo hacen en Estados Unidos donde tienen dos o tres empleos o, mejor, por qué no se asocian con amigos y emprenden un negocio… o trabajan de noche para salir adelante?». La respuesta es no, porque no es fácil en un país en donde la violencia y la corrupción se han tomado todo, donde el desempleo y la conciencia del «No Futuro» preconizada por el narcotráfico es la que impera haciendo que la juventud odie el trabajo mal remunerado y esté más pendiente de conseguir, por la vía del menor esfuerzo, los objetos que necesitan para aparentar solvencia y «clase».

Los programas asistenciales del gobierno en ningún momento pretenden fortalecer caudas electorales entre los más pobres ni entre las fuerzas militares o de policía a quienes decididamente han favorecido con posibilidades de educación y ascenso en el escalafón independiente de los favores derivados de un exclusivismo clasista.

Programas como la Renta Básica a los adultos mayores, a las madres cabeza de familia o el tan discutido «millón» para los jóvenes que dejen de delinquir, obedece a una política social sustentada en programas de inclusión muy diferentes al mero afán demagógico de «darle plata para que no mate, ni atraque», como muchos creen.

La realidad de la juventud popular colombiana obedece a una serie de tensiones sociales de muy profundo arraigo en un país donde la violencia y el desplazamiento afectan a más de siete millones de la población. La conformación de cordones de miseria en las grandes ciudades, con la correspondiente dinámica social a través del tiempo, ha llevado a que esta franja cada vez más amplia busque un estado de equilibrio que por desgracia se ha dado entre las posibilidades que una economía derivada del delito les ha impuesto. Muy poca, o casi nula, ha sido la presencia de políticas estatales de educación formal y opciones de empleo y, si las hay, son evanescentes o de mala calidad. La oportunidad de sobrevivir y escalar en oficios derivados del microtráfico o el contrabando callejero -chazas y rebusque- fijaron para muchos de estos muchachos una posibilidad de vida que se ha ido consolidando dándole consistencia a comunidades que actualmente -casi cincuenta años después de la aparición del narcotráfico- constituyeron todo un estamento social con características muy propias, de ahí que el interés por encontrar un trabajo formal o el deseo de estudio y superación personal sea mínimo y, de intentarlo, se asume con desgano y desconfianza. Esa es la razón por la que el pequeño empresario que busca trabajadores o el dueño de una finca que requiere un mayordomo o empleados para las faenas del día a día digan: «NADIE QUIERE TRABAJAR PUES NO LES INTERESA Y MENOS CUANDO EL GOBIERNO LES DA TODO».

Las consecuencias sociales de la guerra y la constante actitud de exclusión y rechazo de clase, han creado una juventud resentida y golpeada por la falta de oportunidades, el desarraigo y la miseria. Por ello, la explosión social del 2020 – en plena pandemia- y de allí también el anhelo de un gobierno inteligente que ha sabido leer en el corazón de una nación enferma -conducida con la torpeza que da el odio y la venganza-, que no se puede continuar en los mismos términos y que el viraje hacia otra forma de redención se hace urgente.

La paz pactada inicialmente con treguas y una mesa de diálogo activa con las guerrillas remanentes y las bandas multicrímen, se hacen perentorias para seguir construyendo un estado de paz y justicia. La importancia de asumir con inteligencia y una adaptabilidad consecuente con las diferentes tensiones propias de la economía subterránea, es un reto que tiene que saldar las deudas sociales entre los diferentes actores. El deseo de seguir reprimiendo militarmente el narcotráfico solo trae guerra, exclusión y miseria.

Los índices de progreso derivados del inicio de las reformas agraria y tributaria son evidentes: la producción interna ha aumentado y el dinero para inversión social también, así mismo las reformas para lograr servicios de salud con más proyección social y en la rama judicial – JEP y demás-, son notorias. También ha disminuido el desempleo, el dólar va a la baja y la inflación terminará este año en menos de un dígito; el turismo ha aumentado en un 29% y la entrega de tierras al campesino ya bordea las 100.000 hectáreas fértiles con otro millón en titulación.

La gran herida falsamente saneada en la que se había convertido Colombia empieza a cicatrizar. Ya no es sólo una clase la que tiene la posibilidad de vivir sabroso. ¡Ahora parece que seremos todos!

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

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