La felicidad posible

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Tomado de: www.elcolombiano.com/generacion

Por: Iván Darío Gómez Castaño (foto)
Académico. Interesado en la vida, su desarrollo y niveles de organización.

(Nota: Iván Darío Gómez Castaño es el andidato (principal) que apoya ASMEDAS Antioquia para representante de los Egresados al Consejos Superior de la UdeA)

Esquiva, lejana o tal vez un mito que mucho dista de la sentida alegría, la felicidad se oculta bajo diversas formas y paradigmas. Para algunos se refleja como un pálpito que crece en el vientre, para otros es el éxtasis detrás del éxito. Una especie de júbilo reforzado con esteroides que, a manera de músculo, le agrega cierto sentido a la vida: buscar ser feliz. No se sabe si es efímera o permanente, pues la vida termina siendo corta para lograr saberlo, pero su ausencia se entiende como una debilidad y su falta permanente puede interpretarse como insensibilidad. La naturaleza parece haber democratizado la alegría, pero la felicidad parece guardarla para algo más y, así como la ley Kafkiana, ante la felicidad también se encuentra un guardián. Cada persona guarda un momento, un sueño o un recuerdo que, a manera de mantra, le da forma a su felicidad. El mío es muy simple: haber pasado a la Universidad de Antioquia.

Por los lados del primer noviembre del siglo XXI, en el año 2000, salieron los resultados del examen de admisión de la U de A. Meses atrás había presentado las pruebas de razonamiento lógico y comprensión lectora que definirían si contaba con los conocimientos necesarios para estudiar química farmacéutica. Cursando el grado 11 en el INEM, un martes antes de comenzar clase de química orgánica, llegó apresurado al salón el profesor Chaffer con un periódico en la mano y gritó: ¡Muchachos, salieron los resultados de la Universidad de Antioquia! Los resultados aparecían publicados en El Colombiano y cada aspirante tenía que buscar su código de inscripción en una lista de números que parecía infinita. Inmediatamente todos mis compañeros comenzaron a buscar sus códigos y, con cierta ansiedad, se acercaban a la enorme página doble que entre dígitos ocultaba los sueños de jóvenes y familias. De un salón de 38 estudiantes, solo 5 habían logrado pasar.

La desolación inicial de la mayoría se fue transformando en orgullo por los pocos que habían logrado inclinar la balanza. Yo nunca me acerqué al períodico por temor y vergüenza; en especial esto último pues ante algo tan importante y relevante en la vida, tenía el descaro de cometer el error más simple: no saber ni tener el código de inscripción con el cual me inscribí. Uno de mis compañeros salió feliz del tumulto que rodeaba el periódico y me dijo: “¡Pasé! ¿Vos pasaste?”. Entre los dientes le dije que no sabía mi código y no quería ver el periódico. A él se le ocurrió la gran idea de llamar por teléfono a mi casa y preguntarle el código a mi mamá, cosa que hicimos inmediatamente; pero, nadie contestó. Después de 10 intentos fallidos de que alguien me contestara en casa, regresamos al salón y ya no había nadie, solo quedaban el profesor y su periódico, quien me preguntó si había pasado a la Universidad. Le contesté con la voz quebrada: no sé. Me entregó el periódico y me dijo: “Váyase para la casa y mire, no hay nada más importante hoy”. Recuerdo salir corriendo para montarme en el Circular 303 que me llevaría al centro para tomar el Villa Hermosa 082 que culminaría con 40 minutos de viaje hacia mi casa. Al montarme en el bus, mientras veía el INEM alejarse, sentí que algo quedaba atrás. Llegué a casa y corrí hacia la habitación de mi madre que, en una cartera vieja, guardaba todos los documentos y fotos importantes. Obviamente el código estaba en esa cartera. Lo encontré y procedí a mirar el listado del periódico. Por un segundo sentí un silencio en mi mente, el ruido de la ansiedad había parado: pasé. Levanté la cabeza y grité: ¡Pasé! Corrí inmediatamente hacia el equipo AIWA que estaba en la sala y puse la canción número 7 del CD que de manera permanente mantenía en la bandeja del equipo de sonido, tal vez esperando un momento como este. Sonó Trippin´ on a Hole in a Paper Heart de Stone Temple Pilots a todo taco, abrí el balcón de la casa y me puse a llorar. Hasta ese momento nunca me había sentido verdaderamente bien en mi vida. Las lágrimas que bajaban no lo hacían sobre un rostro caliente por la rabia, eran gotas cálidas que lentamente bajaban mientras pensaba: qué felicidad. Llegó mi mamá y le dije: ¡pasé! Inmediatamente se puso a llorar conmigo y soltó una cometa que me traía como regalo. Ella no lo podía creer, y cuando logró creerlo me dijo: “Yo sabía que ibas a pasar”. En ese momento recordé cuando, siendo apenas un niño de 6 años, me mostraba desde la ventana del bus el campus de la Universidad mientras me decía: “Darío, esta es la Universidad de Antioquia. Es la mejor universidad. Acá es donde vas a estudiar”. Pasábamos al frente dos veces a la semana camino a Robledo, donde mi mamá limpiaba el apartamento de un arquitecto.

Si la felicidad existe, habita donde los sueños se hacen realidad. Pasar a la Universidad fue el resultado de un esfuerzo sostenido en el tiempo para lograr ganarle el pulso a lo imposible e inclinar la balanza. A esa altura entendí también que si no pasaba a la Universidad de Antioquia, simplemente no podría estudiar más. La felicidad también se podría entender como la yuxtaposición a la tristeza, al vacío, al sinsentido. Llenar la vida de sentidos y sueños puede ser una fórmula noble para alimentar la felicidad. Recordé que fui feliz porque hace poco vi que en las tendencias de Twitter estaba U de A, precisamente por la publicación de los resultados del examen de admisión. A todos aquellos que pasaron les entrego mi más humilde admiración, ustedes son la prueba de que la felicidad existe y es posible.

 

Tomado de: www.elcolombiano.com/generacion

 

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