Globalización, crisis de la salud y soberanía sanitaria

Gómez-Arias RD; Villasana P. Globalización, crisis de la salud y soberanía sanitaria
Salud y Bienestar Colectivo. 2022; 1-19.

Resumen

El primer paso para resolver los problemas de salud pública consiste en comprender su dinámica, y esto no se logra desde perspectivas fragmentarias. La humanidad experimenta actualmente un intenso y acelerado proceso de integración forzada que algunos autores denominan globalización, y que ha dado nuevas formas a la existencia, pero también al sufrimiento, la enfermedad y la muerte. En este articulo revisaremos este proceso, sus antecedentes, su conceptualización y sus consecuencias sobre la salud. Tanto la globalización como su conceptualización, pueden considerarse el reflejo de condiciones relativamente recientes, de carácter económico y político, y con una carga elevada de contenidos ideológicos. No debe extrañarnos entonces que sean objeto de debates también ideologizados. Se espera que este artículo permita a académicos y otros agentes sociales avanzar en las discusiones sobre la salud en la globalización, desde una perspectiva crítica que genere prácticas en beneficio de la salud de la población.

Palabras Clave: Salud Global, Soberanía sanitaria, Neoliberalismo, Políticas Públicas, salud pública, crisis sanitaria, Bienestar colectivo, Daños Globales, Buen vivir

Abstract

The first step in solving public health problems is to understand their dynamics, and this cannot be done from piecemeal perspectives. Humanity is currently experiencing an intense and accelerated process of forced integration that some authors call globalization, and that has given new forms to existence, but also to suffering, illness and death. In this article we will review this process, its background, its conceptualization and its consequences on health. Both globalization and its conceptualization can be considered the reflection of relatively recent conditions of an economic and political nature, and with a high load of ideological content. It should not surprise us then that they are also the subject of ideologized debates. It is hoped that this article will allow academics and other social agents to advance in the discussions on health in globalization, from a critical perspective that generates practices that benefit the health of the population.

Keywords: Global Health, Health Sovereignty, Neoliberalism, Public Policies, Public Health, Health Crisis, Collective Wellbeing, Global Damage, Good Living

 

Introducción

El primer paso para resolver los problemas de salud pública consiste en comprender su dinámica, y esto no se logra desde perspectivas fragmentarias. La humanidad experimenta actualmente un intenso y acelerado proceso de integración forzada que algunos autores denominan globalización, y que ha dado nuevas formas a la existencia, pero también al sufrimiento, la enfermedad y la muerte. En este articulo revisaremos este proceso, sus antecedentes, su conceptualización y sus consecuencias sobre la salud. Tanto la globalización como su conceptualización, pueden considerarse el reflejo de condiciones relativamente recientes, de carácter económico y político, y con una carga elevada de contenidos ideológicos. No debe extrañarnos entonces que sean objeto de debates también ideologizados. Se espera que este artículo permita a docentes y estudiantes avanzar en las discusiones de la globalización y la salud, desde una perspectiva crítica que genere prácticas en beneficio de la salud de la población.

El mundo se organiza como sistema fuertemente integrado

Condiciones biológicas obligaron a la especie humana a vivir en sociedad. Pero la sociedad humana no es el producto de un proceso biológico natural; es el producto de procesos de interacción entre las personas y los grupos que no solamente han cambiado a lo largo de la historia, sino que se han fortalecido y acelerado en los últimos años [1], [2]. Es difícil imaginarse la humanidad prescindiendo de su condición social. Toda sociedad se organiza mediante relaciones de interacción entre sus integrantes, las cuales confieren identidad al grupo y definen sus atributos como totalidad; estas relaciones se materializan en la vida cotidiana, y revisten especial importancia en el ámbito económico donde las personas enfrentan sus necesidades de supervivencia y realización personal. Entre estas relaciones, esencialmente políticas, se destaca la cooperación; pero también las formas de dominación, sumisión y resistencia[3]. El crecimiento cuantitativo y los cambios cualitativos de los grupos sociales (algunos de los cuales se han conceptualizado como “desarrollo”) se determinan mutuamente, pero no de forma mecánica ni unidireccional[4]; por el contrario, el cambio permanente que experimenta toda sociedad obedece a procesos especialmente complejos que definen rutas múltiples y con frecuencia impredecibles. Con base en estas premisas generales podríamos analizar los atributos de sociedades que se han venido articulando e integrando en diferentes contextos históricos, desde los grupos nómadas dispersos de la antigüedad, los asentamientos que dieron lugar a las ciudades, la urbanización acelerada de los últimos dos siglos, y el mundo interconectado por el transporte aéreo y las redes de internet. En este documento nos centraremos en comprender los cambios que se vienen dando en el mundo en las últimas décadas y que han dado lugar al concepto de “globalización”.

Antecedentes de los cambios globales

La integración de grupos sociales, diferentes en su origen, estructura, ubicación y dinámica, no es un proceso nuevo; ha ocurrido a lo largo de la historia humana, y frecuentemente por medios violentos. La conformación de los imperios en la antigüedad, las colonizaciones y el origen de los Estados Nación en Europa en el s. XVII son un buen ejemplo del carácter conflictivo de integraciones sociales forzadas cuyas consecuencias persisten hasta hoy. La historia de estos procesos de integración suele contarse desde la perspectiva de los vencedores como éxitos de la humanidad en su conjunto. Desde la segunda mitad del siglo XX, la integración de los grupos humanos en diferentes regiones del mundo se ha acelerado notablemente a partir de tres situaciones convergentes: El fortalecimiento del capitalismo después de la postguerra; el debilitamiento del bloque socialista y los avances tecnológicos, especialmente en comunicaciones y transporte[5].

• Fortalecimiento del capitalismo como el modelo económico a seguir. Entre los siglos XIII y XV, la concentración violenta de la riqueza en Europa que dio origen al capitalismo, generó también la Modernidad como un sistema ideológico, político y económico que fundamenta y expande su modelo de organización social[6]–[9]. Según este modelo, el sentido de la vida humana consiste en conseguir dinero, acumular riquezas, comprar cosas materiales, gastar sin control, tener fama y poder… triunfar… progresar…. y utilizar los recursos naturales y a las demás personas como medios para lograr objetivos individuales. Desde el triunfo político de la Modernidad en la Revolución francesa, las sociedades capitalistas se organizaron como mercados libres, dirigidos por Estados democráticos responsables de asegurar la propiedad, las libertades individuales y el orden público requerido para las transacciones. Este es el modelo de vida y desarrollo humano que nos han enseñado, desde niños los ideólogos oficiales, los grupos políticos, los medios de comunicación y los organismos internacionales. Es el patrón que rige nuestras vidas desde la escuela, desde la educación que recibimos de nuestras familias y aún desde las Universidades. Este modelo experimentó un fuerte revés durante la Segunda Guerra Mundial cuando el capitalismo sufrió la peor crisis de su historia; la producción se centró en el sector militar; la mortalidad, el hambre y el desempleo se expandieron por Europa; la destrucción de la infraestructura y la pobreza generalizada derrumbaron el consumo de bienes y servicios y debilitaron los mercados. La salvación del capitalismo vino de la mano de los gobiernos intervencionistas (gobiernos Keynesianos) que, en menos de 15 años, recuperaron la capacidad de consumo de los países afectados por la guerra, reactivaron los mercados en los países de Occidente y el Pacífico, y fortalecieron las entidades financieras. Nunca antes la riqueza se había concentrado tan rápidamente, y los analistas llamaron a este período “la edad de oro del capitalismo”[10]. Apoyado por los gobiernos keynesianos, el capitalismo parecía ser la salvación del mundo en crisis. Tras bastidores, el modelo keynesiano había fortalecido también al Estado quien había financiado los servicios públicos para responder a las necesidades de la población afectada, y los administraba directamente[11]. En los años 80, y respaldados por la academia, en cabeza de Milton Friedman, los dueños del capital reconocieron en los bienes y servicios públicos administrados por el Estado una fuente de enriquecimiento como no se había descubierto antes; para apropiarse de estos recursos, y con el apoyo del Gobierno norteamericano y de los organismos financieros (el Banco mundial y el Fondo Monetario Internacional) los dueños del capital diseñaron dos estrategias particularmente poderosas que implantaron inicialmente en América Latina y se expandieron posteriormente al resto del mundo, hasta hoy: el debilitamiento del Estado y la privatización de los bienes y servicios que estaban a su cargo. Este modelo, cuyas directrices se resumen muy bien en el Consenso de Washington[12], [13], retoma los principios del capitalismo ortodoxo del s. XVIII y recibe el nombre de neoliberalismo[14]–[16]. En la actualidad, el paradigma neoliberal del capitalismo ha logrado imponerse en el discurso oficial de la mayor parte del mundo, en las decisiones gubernamentales y aún en la academia, como el único modelo legítimo de gestión de la economía y la sociedad.

• Debilitamiento del bloque socialista. Desde el s. XV, el modelo económico liberal que fundamenta el capitalismo se expandió en los países de Europa y en sus colonias. El liberalismo defendía la propiedad privada y la libertad de los mercados, privilegiaba las libertades individuales como derechos humanos, defendía las democracias representativas, y organizaba el Estado moderno alrededor de las tres ramas del poder público: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, las cuales tenían como función asegurar las libertades individuales y mantener el orden público, absteniéndose de regular la dinámica espontánea de los mercados. La independencia estadounidense, la Revolución francesa y las guerras napoleónicas convirtieron este modelo en el estándar de organización de las sociedades civilizadas, y lo expandieron en los países occidentales y sus colonias. Una situación histórica distinta se vivía en Europa oriental donde, a principios del s. XX, la Revolución rusa destronó el régimen zarista e impuso un modelo de Estado diferente, basado en los principios socialistas, el cual supeditaba la propiedad y las libertades individuales al interés público y reconocía la competencia estatal para regular y controlar la economía. Este modelo económico y político, contrario en sus fundamentos al paradigma capitalista, se expandió también por el mundo después de la Segunda Guerra Mundial, con el apoyo de Rusia y los demás países de la Unión soviética. Entre 1945 y 1980, ambos sistemas, capitalismo y socialismo, mantuvieron entre si una relación muy conflictiva que se conoce como la Guerra fría y que arrastró consigo a los demás países. El mundo se dividió entonces en dos bloques que defendían modelos opuestos de organización de la sociedad. En la década de los 80, los países de la Unión soviética se vieron enfrentados a una fuerte presión externa auspiciada por el bloque capitalista, y a una crisis interna generada por la corrupción económica y política, y por profundos errores de liderazgo en la gestión económica. La crisis del bloque socialista terminó en la desintegración de la Unión soviética y dejó sin adversario al régimen capitalista el cual pudo expandirse por el mundo sin contrapeso, como modelo único de sociedad.

• Desarrollo tecnológico. La confluencia de los dos procesos anteriores dio lugar a un desarrollo acelerado de las ciencias y la tecnología, inicialmente al servicio de las armas de destrucción y la expansión militar, pero también en el campo de la información, el transporte y las comunicaciones. A fines de la década de los 50, el desarrollo de los circuitos integrados de alto rendimiento (microchips) revolucionó la electrónica y sentó las bases para el desarrollo de las computadoras, la internet, los teléfonos móviles y la automatización de los equipos y procesos de producción, distribución y transporte[17]. En unas pocas décadas el desarrollo electrónico permitió organizar, sistematizar, difundir y utilizar la mayor parte del conocimiento almacenado por la humanidad durante toda su historia. Los avances en la comunicación, y la reducción del tiempo y el espacio, convirtieron el mundo en una aldea global [18].

Atributos de la mundialización

Es difícil resumir en pocas palabras los atributos de un proceso de organización de la sociedad tan complejo y dinámico; sin embargo, algunos autores consideran que el sistema social expandido por la globalización presenta los siguientes atributos:

1. Subordinación de las economías locales a un modelo de mercado mundial controlado por empresas multinacionales. Cinco grandes monopolios concentran actualmente el poder sobre bienes esenciales para el desarrollo y la supervivencia de la humanidad: las nuevas tecnologías; los flujos financieros; los medios de comunicación y redes sociales; los recursos naturales del planeta; y las armas de destrucción masiva[5].
2. Reestructuración de las fronteras como límites porosos que favorecen la libre circulación de mercancías, capitales y consumidores, y restringen el desplazamiento de los grupos empobrecidos [5] [19][20].
3. Promoción del consumo de mercancías como el indicador del desarrollo humano.
4. Desarrollo de medios de conectividad que facilitan el desplazamiento y transporte de mercancías, de consumidores y de información.
5. Homogenización de creencias, valores y patrones de comportamiento en una cultura unificadora; cultura que McLuhan denominaba aldea global[18] y cuyos cambios obedecen en gran parte al desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, las cuales agilizan la gestión y el control de las diferentes formas del conocimiento. En este proceso homogeneizante predomina la influencia de elementos culturales de las sociedades política y económicamente más fuertes; la occidentalización y “americanización” de la cultura han contribuido a la devaluación del patrimonio cultural de las sociedades de la periferia[5] [19][20].
6. Debilitamiento de los Estados nacionales, fragmentando sus estructuras institucionales y reorganizando sus funciones al servicio de las economías de mercado no regulado [21].

1.1 Los artífices del sistema mundo

La integración acelerada que experimenta la sociedad mundial no es un proceso natural espontáneo. Es el resultado convergente de prácticas sociales complejas, no siempre intencionales; en apariencia sutiles y pacíficas, pero en el fondo violentas e impositivas, las cuales no hubieran ocurrido sin la participación activa de agentes sociales que las promueven y apoyan. Entre ellos las empresas transnacionales, los organismos internacionales gubernamentales y los medios masivos de comunicación.

Las empresas transnacionales. Este término se refiere a conjuntos de empresas predominantemente privadas, que operan en varios países para reducir costos de aranceles y producción, aunque su centro de control suele ubicarse, con fines estratégicos, aquel país donde obtienen mejores garantías. Su origen se remonta al s. XVI, pero su desarrollo se expande desde fines del s. XX con la apertura de los mercados mediante fusiones y adquisiciones. Han adquirido un poder enorme sobre la sociedad mundial, pues su fácil acceso al capital y su presencia en diferentes países les asegura el conocimiento y control de los procesos políticos locales; en tal sentido vencen más fácilmente a los competidores dispersos en las regiones de operación, y acceden a los mejores contratos[22]. Adicionalmente, el afán de los gobiernos por atraer a sus países este tipo empresas transnacionales genera una precarización de las condiciones de los trabajadores locales y abre el camino a la destrucción de los ecosistemas. En última instancia, la enorme riqueza que generan las transnacionales se concentra en un reducido grupo de inversionistas, a expensas de la eliminación de competidores locales, la explotación y vulneración de los derechos de los trabajadores, la explotación irreflexiva de los recursos naturales y el debilitamiento de las democracias mediante presiones económicas tanto legales como corruptas.

Los organismos internacionales gubernamentales. Son organizaciones heterogéneas, con estructura y fines definidos, conformadas por dos o más Estados mediante tratados o acuerdos y regidos por el derecho internacional. Sus raíces se remontan a la antigüedad, pero experimentan un notable desarrollo a partir de la Segunda Guerra Mundial, cuando se crea el Sistema de Naciones Unidas. Aunque estos organismos formalmente son dirigidos por los Estados miembros, en la práctica sus políticas recogen los intereses y la influencia de las élites económicas que controlan los gobiernos de turno. En tal sentido se comportan como agentes políticos que definen las reglas de juego al nivel mundial. Todos los organismos internacionales han jugados su propio papel en la globalización, pero entre ellos se destacan la Organización Mundial de Comercio (OMC), el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La OMC es una organización internacional que reemplazó al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), creado en 1947; surgió a partir de las rondas de Uruguay (1986-1984) y se estableció oficialmente en 1991, con sede en Ginebra, con la función de definir y supervisar las normas que rigen el comercio entre los países; la OMC actúa con base en Acuerdos, negociados y firmados por la gran mayoría de los países que participan en el comercio mundial y ratificados por sus respectivos parlamentos[23]. Sus normas e intervenciones, que con frecuencia restringen los marcos jurídicos de los países, pretenden facilitar a los productores de bienes y servicios, los exportadores y los importadores, la ejecución de sus actividades bajo reglas comunes. Este organismo ha sido objeto de múltiples críticas por su papel en la situación mundial, especialmente en lo que se refiere a la soberanía nacional, la equidad de las transacciones, los derechos humanos, la transparencia de sus acciones y la carencia de sentido democrático de la institución[24], [25].

Aunque se trata de un organismo diferente, la OMC trabaja en estrecha relación con el Fondo Monetario Internacional (FMI), un organismo creado en 1945 para garantizar la estabilidad del sistema financiero y monetario mundial. El FMI también promueve el desarrollo del comercio y adicionalmente regula, mediante acuerdos, los tipos de cambio y los problemas de la balanza de pagos, con la capacidad de imponer sanciones comerciales a algunos países. El FMI ha sido objeto de múltiples críticas que destacan los efectos desfavorables de sus drásticas imposiciones sobre los países pobres mientras actúa de forma benévola con los errores y las responsabilidades de los acreedores y los países industrializados[26]; varios críticos consideran que, como consecuencia de sus medidas, los países pobres financian el consumo de la economía más grande del mundo, lo que constituye una contradicción conceptual y ética que niega los fundamentos del multilateralismo, haciendo del FMI “el brazo extendido de los Estados Unidos”[26][27].

La globalización involucra en el fondo una homogenización forzada de normas comerciales inequitativas que impulsan y favorecen la concentración de la riqueza mundial. Los acuerdos de comercio promovidos por la OMC y el FMI funcionan como un dispositivo político promovido por las élites económicas, que obligan a los países, mediante acuerdos impuestos, a reducir gradualmente sus barreras comerciales y abrir sus cuentas corrientes y de capital a los grupos privados que concentran la riqueza.

Los medios masivos de comunicación. Son también uno de los agentes responsables de la globalización forzada, e imponen a su paso la creencia incuestionable de que la situación mundial es un fenómeno natural, necesario, irreversible y conveniente. Ante la opinión pública los medios se presentan como organismos independientes, neutrales e imparciales, al servicio de la verdad. La realidad tras esta fachada es que los medios son negocios particularmente rentables, propiedad de las mismas élites económicas y políticas que concentran la riqueza. Desde fines del siglo pasado, los medios tradicionales experimentaron una fuerte crisis relacionada con el desarrollo de las redes de internet, la disminución de ingresos por publicidad, el bajón de la prensa en papel y la pérdida de credibilidad ante la ciudadanía[26]. A pesar de ello, los medios de comunicación representan hoy uno de los negocios más poderosos del mundo y su influencia es creciente en la sociedad; los grandes grupos mediáticos dependen cada vez más de una publicidad institucional que los somete al poder político de turno, y de la financiación directa o indirecta de la banca que los somete a los intereses del poder económico vigente. El oligopolio mundial de los medios está en manos de empresas privadas; seis conglomerados con sede en Estados Unidos (Time Warner, Disney, NewsCorp fusionada con 21st Century Fox, NBC Universal, Viacom y CBS) controlan el 70% del negocio global y son dueños de unos 1.500 periódicos, 1.100 revistas, 2.400 editoriales, 9.000 emisoras de radio y 1.500 cadenas de televisión alrededor del mundo[26]. La concentración del negocio también se ha dado en el ámbito digital donde se destacan Google – quien compró el principal canal de videos del mundo, Youtube; Facebook –que adquirió Whatsapp e Instagram–; Amazon; Yahoo; Microsoft y Apple –quien compite con Netflix y HBO[26]. Los nuevos ricos ven en los medios una forma de aumentar su poder económico y político; en 2013 Jeff Bezos, fundador de Amazon, compró el Washington Post; John Henry, propietario del equipo de béisbol Red Sox, adquirió el Boston Globe y Warren Buffet compró, sólo en 2012, 63 periódicos del grupo Media General[26]. En este contexto, los medios independientes capaces de presentar una visión crítica del acontecer mundial, tienen cada vez más dificultades de abrirse camino en la opinión pública plagada de falsas noticias y la propaganda del discurso oficial; la libertad de empresa suele imponerse a la libertad de prensa. Mediante la difusión de información sobre la actualidad política y sobre las negociaciones y acuerdos mantenidos fuera del proceso democrático formal, los propietarios de los medios pueden influir sobre el proceso de elaboración de políticas públicas[26], y su pensamiento homogeneizante convierte la sociedad en una masa que se aferra a la globalización como su único destino y su tabla de salvación.

La globalización como discurso

Desde la segunda mitad del s. XX, los grupos humanos se vienen configurando con base en un modelo mundial – homogeneizante en sus reglas, pero heterogéneo en sus condiciones de aplicación – que desde el discurso oficial se ha denominado “mundialización” o “globalización”. Este término suele referirse a un proceso acelerado de tipo económico, tecnológico, político, social y cultural que se ha expandido a escala mundial, y consiste en la creciente interdependencia, comunicación e influencia entre los individuos y los grupos humanos en la mayor parte del mundo[27]–[29].

Más que un término aislado, la globalización involucra un conjunto de estrategias y un discurso complejo e ideologizado, dirigido a legitimar, mantener y expandir los atributos esenciales de un nuevo modelo de sociedad, y en especial la primacía de los mercados no regulados centrados en la concentración de la riqueza. A semejanza de todo discurso, la globalización actúa como un dispositivo de poder que determina la manera según la cual deben entenderse los procesos sociales, deslegitimando y reprimiendo aquellas interpretaciones y prácticas que cuestionen su legitimidad.

Entre sus contenidos el discurso globalizador defiende:

1. El principio de la escasez de bienes y servicios presentado como una condición absoluta y natural de la humanidad. Este argumento, eje de la teoría económica liberal, se deriva de una concepción errónea de las necesidades humanas, que los ideólogos del modelo definen como deseos. Según su planteamiento, las necesidades humanas son deseos subjetivos, que se materializan en demandas de bienes y servicios; dichos deseos son elaboraciones individuales infinitas y completamente legítimas; pero los recursos para satisfacerlas son finitos y escasos. En consecuencia, estamos eternamente condenados a la escasez pues nunca tendremos recursos suficientes. El principio general de la escasez se considera un axioma incuestionable, sobre el cual se interpretan la dinámica económica, la pobreza y las desigualdades[30][31], [32].

Las desigualdades entre los individuos y los grupos, definidas como condiciones inevitables generadas por la naturaleza y la propia iniciativa de los seres humanos. Este argumento, estrechamente vinculado al principios de escasez, debería debatirse a fondo; es innegable que la escasez de recursos ocurre en múltiples condiciones específicas; pero convertir la escasez relativa en una un principio absoluto e inevitable, es una generalización ideologizada que permite a los economistas liberales justificar la pobreza y la desigualdad y enmascarar la responsabilidad del modelo económico: Siempre tendremos pobres; la pobreza de algunos grupos es una condición natural y no es culpa del modelo económico; como la pobreza es consecuencia de la escasez, para resolverla es necesario aumentar aún más la producción y la riqueza; en tal sentido los empleadores y grandes productores de bienes y servicios nos están haciendo un gran favor y merecen todo nuestro apoyo…

2. La apropiación de los recursos por parte de agentes particulares (propiedad privada) defendida como un derecho absoluto e incuestionable, legítimo y prioritario en cualquier situación. Este planteamiento, que forma parte del ideario liberal desde los orígenes de la Modernidad, asume que la propiedad privada es un derecho natural inalienable, que debe ser protegido por el Estado. La expansión del capitalismo propagó también este ideario por todo el mundo como un principio irrefutable: la propiedad privada es siempre legítima; y la manera como las personas se adueñaron de los bienes que hoy consideran propios se presume también legítima hasta que se demuestre lo contrario. En el marco de la globalización, las reflexiones sobre el origen y la validez del principio de propiedad privada se consideran incómodas, absurdas y políticamente incorrectas, aún en espacios académicos.

3. La competencia se considera la relación óptima entre los seres humanos. El paradigma globalizador considera que una sociedad debe ser justa; y esto no depende de que todos tengan lo mismo, sino que todas las personas tengan las mismas oportunidades para acceder a los bienes sociales y económicos, lo cual se logra estableciendo un sistema de reglas iguales para todos. El hecho de que las personas accedan o no a los bienes disponibles no es problema de las normas de justicia sino de las capacidades de las personas para enfrentar los retos y acceder a las oportunidades. El que es pobre es porque quiere. El mundo globalizado está lleno de oportunidades para cualquiera; ¡la clave entonces es competir con los otros y llegar primero a esas oportunidades! La ideología globalizadora ha convertido la lucha y la competencia en el patrón ético que asegura el éxito, minimizando el valor social de la generosidad y la solidaridad.

4. El Estado regulador, y los dispositivos de control sobre los mercados, se consideran contrarios a los principios de toda sociedad y deben desmontarse. En tal sentido los Estados como instituciones políticas y las demás instancias desde las cuales la sociedad podría controlar el capital, deberían descentralizarse y restringirse, limitando sus funciones a proteger las libertades individuales y el orden público. La desregulación se propone como el ideal de la gestión pública. Este modelo de desarrollo promovido por la Modernidad en sus colonias y expandido por la globalización, es apoyado también por muchos Gobiernos del mundo que promueven y favorecen el enriquecimiento sin límite de unos pocos, y aplican unos impuestos extremadamente bajos a las personas y empresas más ricas, generando a su paso múltiples desigualdades sociales[33]. Por el mismo hecho de aplicar políticas que favorecen la concentración de la riqueza y protegen a los más ricos, los gobiernos que aplican este modelo tampoco obtienen ingresos suficientes para aliviar la pobreza y la desigualdad perpetuando el empobrecimiento [34][33].

A semejanza de todo discurso, la globalización se apoya en otros dispositivos de poder que actúan de manera sinérgica para expandir sus contenidos; entre ellos:

1. La cooptación de la institucionalidad por parte de agentes privados, quienes utilizan su riqueza para controlar los grupos políticos, las democracias, la educación y la comunicación. Esta cooptación que controla no solo micro instituciones como la familia, sino también la academia y las agencias del Estado, se logra mediante estrategias financieras, ideológicas, jurídicas y militares.

2. La privatización de la gestión del conocimiento. Este dispositivo implica el desarrollo, apropiación y control de los medios de comunicación por parte de los agentes que concentran la riqueza: redes de internet, medios masivos de comunicación e inclusive publicaciones académicas y científicas[35]. La privatización reconoce el poder político y económico del conocimiento, e incluye el desarrollo de mecanismos políticos, jurídicos e ideológicos dirigidos a asegurar la apropiación privada de la información, las ciencias y las tecnologías, las cuales se configuran y administran como mercancías de alto valor. Controlar el mercado del conocimiento a través de los medios masivos de comunicación, las instituciones académicas y los centros de investigación y las patentes, asegura a los grupos económicos el poder sobre la ética, los valores y la consciencia social.

3. La creación en diferentes países de espacios y mecanismos amparados en reglas ad hoc que protegen el enriquecimiento, lo sustraen de los controles sociales y ocultan su origen (paraísos fiscales, cláusulas de confidencialidad, exenciones tributarias selectivas, creación de consorcios, criterios de contratación).

4. El fortalecimiento del derecho positivo y formalista en la normatividad interna de los países y en los acuerdos internacionales, con el consecuente debilitamiento de la corriente jurídica que defiende el derecho natural y el espíritu social de la Ley. Esta estrategia permite a los grupos económicos ajustar la estructura jurídica de los países a la formalidad que más convenga a la racionalidad de los mercados, privilegiando la forma sobre el significado de la normatividad.

5. Los acuerdos comerciales. Este mecanismo, cuyo escenario involucra tras bambalinas alianzas, chantajes, presiones y prebendas, constituye un dispositivo especialmente poderoso para forzar la integración en beneficio de los dueños del capital.

La inequidad como atributo del mundo globalizado

A pesar de su pretensión homogeneizante, la sociedad globalizada se caracteriza por profundas desigualdades e inequidades. Es cierto que el modelo colonialista de desarrollo que han adoptado muchos gobiernos ha generado más riqueza que nunca en la historia, pero también ha aumentado la pobreza hasta valores que deberíamos considerar vergonzosos[36]. Varias fuentes coinciden en que la riqueza que genera la población mundial se viene concentrando cada vez más en unas pocas manos. Los estudios de Oxfam revelan que en los últimos años los diez hombres más ricos del mundo duplicaron su riqueza, mientras gran parte de la población mundial debió enfrentarse a una reducción en sus ingresos[37]. Un escaso grupo de 252 personas se han apropiado de una riqueza mayor a la que han logrado conseguir con esfuerzo más de 100 millones de habitantes de África, América latina y el Caribe[37]. Según informes del Banco Mundial, en el año 2017 casi la mitad de la población mundial estaba sumida en condiciones de pobreza; 43,6% de las personas del planeta se veía obligada a sobrevivir con menos de 5,5 dólares al día y la cuarta parte de la humanidad (24,1%) tenía que subsistir con menos de 3,2 dólares; esta situación es aún más grave entre las mujeres y los niños, y en las zonas rurales donde viven 4 de cada 5 pobres[38][39]. La situación de inequidad social es aún más grave en los países del hemisferio sur como los de América Latina. El informe de Oxfam de 2015[40] mostró que el 48% de la riqueza que produce la gente en el mundo es controlada por menos del 1% de la población; en el 99% de la población restante, la concentración también viene avanzando, y al final, el 80% de la gente en el mundo se ve obligada a subsistir y sobrevivir con solo el 5.5% de la riqueza; el estudio advertía que a este ritmo, el 1% de la población que hoy es rica aumentará su control sobre más de la mitad de la riqueza mundial, lo que constituye una amenaza no solamente para quienes hoy son pobres sino también para quienes hoy se consideran ricos en sus países. El grueso de la población más pobre sobrevive en lugares extremadamente pobres y con desigualdades exageradas (África, Asia y Latinoamérica). Sólo 10 familias controlan gran parte de la riqueza producida en el mundo.

Según diferentes estudios consultados por Oxfam, la concentración de la riqueza en una pocas que venía acelerándose desde principios del s. XXI, se aceleró aún más desde la pandemia de Covid-19; este incremento anual en el enriquecimiento de los milmillonarios es el mayor observado desde que se tienen registros[37] y según analistas económicos es el resultado de los aumentos desorbitados en los precios de los mercados de valores, el desarrollo creciente de empresas no reguladas, la privatización de los bienes públicos, el fortalecimiento de monopolios, el deterioro de los salarios y los derechos laborales, y las políticas de impuestos que eximen los grandes negocios y gravan las clases más pobres[37].

La pobreza no se refiere solamente a los bajos ingresos. Existe también una pobreza de conocimientos útiles para la vida diaria; en el mundo, por lo menos, 750 millones de adultos, entre ellos 102 millones de jóvenes (entre 15 y 24 años) carecen de competencias de alfabetización básicas; dos tercios de las personas sometidas al analfabetismo son mujeres[41]; uno de cada cinco niños del mundo no tiene acceso a la escuela[42]. La inequidad también se refiere a la calidad de la educación; el Banco Mundial considera que, al momento de finalizar la escuela primaria, el 53 % de todos los niños de los países de ingreso mediano y bajo no saben leer ni comprenden un relato breve[43]. Acceder a conocimientos que aseguren la supervivencia, la salud y la autonomía es aún más difícil para las mujeres; este hecho es especialmente grave porque en la mayoría de las sociedades las madres son la primera fuente de educación para sus hijos. La brecha en educación es especialmente importante porque las personas impedidas para adquirir los conocimientos necesarios para sobrevivir y apoyar a sus familias se vuelven cada vez más dependientes y agravan el círculo vicioso del empobrecimiento [44].

Las inequidades socioeconómicas que avanzan por todo el mundo no son producto del azar. Son el resultado de una violencia económica, generada por decisiones políticas de tipo estructural que las élites económicas imponen a través de los gobiernos y acuerdos comerciales para favorecer la concentración de la riqueza, perjudicando directamente al conjunto de la población, y en particular a las personas más empobrecidas, las mujeres y minorías étnicas racializadas[37][45].

Las inequidades derivadas del modelo de desarrollo colonialista se han expandido también a la gestión del conocimiento. En la mayoría de los países, los pocos grupos privilegiados que acceden a la educación superior son estimulados a producir conocimientos y tecnologías para responder a las expectativas e intereses del sector privado, más que para resolver los problemas de sus comunidades. En el campo de la salud se considera que los recursos mundiales destinados a investigación son escasos (menos del 1% de fondos utilizados en salud); adicionalmente, estos recursos se distribuyen de manera muy desigual: Los países ricos tienen casi tres veces más investigadores en salud; por su parte, los países pobres hacen menos inversión propia en investigación, tienen 6 veces menos computadoras por institución, menos del 90% de acceso a internet y menos del 40% de proyectos de investigación se orientan a resolver problemas de largo plazo. En el mismo sentido, los investigadores de los países empobrecidos se centran en estudiar los problemas de salud de los países ricos y subestiman la importancia de las enfermedades de las poblaciones pobres; sus investigaciones se concentran (>70%) en estudiar tratamientos para la industria farmacéutica y subvaloran la investigación en políticas sanitarias y programas sociales que son menos del 0,27% de los estudios[12] [13]. Apoyada en leyes y acuerdos de propiedad intelectual, la innovación tecnológica ha sido controlada por el sector privado y sus recursos se concentran en pocas manos respondiendo al interés económico de una élite de empresas y de profesionales bien formados para este nuevo entorno, pero relegando a un segundo plano el bienestar de la sociedad en su conjunto[48]. Según el científico Stephen Hawking, la situación es preocupante porque las innovaciones tecnológicas se están realizado con el propósito de generar productos económicamente rentables para sus propietarios y no para beneficio de la población; de este modo, las investigaciones que se realizan, en lugar de reducir las inequidades las está incrementando[49]; esta situación ocurre con el apoyo de muchos gobiernos que no solo han dejado la innovación en manos del sector privado, sino que apoyan la privatización del conocimiento mediante los acuerdos de propiedad intelectual y libre comercio.

Aunque estas desigualdades han sido ampliamente documentadas y probadas, paradójicamente, el discurso neoliberal no las niega…se apoya en ellas para justificarse. Por eso es tan importante diferenciar las desigualdades de las inequidades, definida como desigualdades injustas y evitables, donde la clave del análisis no es la distribución estadística de las diferencias sino la valoración ética de sus consecuencias.

Crisis de la salud

Desde la década de 1960, la obtención sistemática de información procedente de diferentes países reveló la profunda inequidad en la salud de la población mundial donde los pobres morían tempranamente de enfermedades carenciales, infecciosas y parasitarias, mientras los más ricos sobrevivían por más tiempo y desarrollaban enfermedades crónicas y degenerativas. Los informes anuales de la Organización Mundial de la Salud y otras agencias mostraban que la carga de la morbimortalidad que se reducía en las sociedades industrializadas seguía ensañándose en los grupos empobrecidos[50], [51][52][53]. En 2017 cerca de la mitad de la población mundial no tenía acceso a servicios de salud y diariamente alrededor de 270 000 personas caían en la pobreza porque pagaron de su propio bolsillo los gastos del cuidado médico[37]. Cada año, en todo el mundo, mueren 5,6 millones de personas por falta de acceso a los servicios, 2,1 millones por hambre[37]. Cerca de 3,4 millones de afroamericanos de Estados Unidos estarían vivos hoy si hubieran tenido la esperanza de vida de la población blanca de su país[37]. Las desigualdades cuentan porque contribuyen a la muerte a al menos 21 300 personas cada día: una persona cada cuatro segundos[37].

Las reglas impuestas por el modelo globalizado, no solamente dan forma a los problemas prioritarios que afectan la salud de la población mundial, sino también a sus condiciones determinantes.

La crisis de la salud pública se hizo aún más evidente a partir de 2020 con la expansión de la sindemia de Covid-19[37] que no solamente agravó los problemas previos, sino que reveló también el carácter mercantilista de las políticas sanitarias y el desinterés de los gobiernos y las empresas por proteger la salud de los grupos sin capacidad de pago[37]. Más del 80% de las primeras vacunas fueron acaparadas por los países del G20 y solamente el 1% llegó a los países empobrecidos[37], [54]. En contra de una humanidad necesitada de vacunas accesibles a la población mundial que pudieran salvar tanto las vidas como las economías, las grandes farmacéuticas se opusieron a lo que consideran una violación de sus «derechos de propiedad» de patentes[37], a la luz de las «reglas» impuestas al comercio mundial por los Acuerdos sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual (ADPIC) de la OMC[21][55]. Varias de estas empresas se aferran a sus monopolios y venden sus vacunas a un precio 24 veces superior a su costo de producción[56] con el respaldo tácito de los gobiernos que forman parte de la Organización Internacional del Comercio. Inevitablemente, las muertes que se han generado por la aplicación de estas medidas comerciales constituyen actos de violencia tan graves como las que generan otras guerras.

La pandemia ha agravado aún más la inequidad del modelo de desarrollo. La creciente inequidad social generada por el modelo de desarrollo económico que nos han impuesto violentamente las élites políticas y económicas desde la colonia se ha agravado aún más después de la Covid-19[37]. Durante los primeros 12 meses de la pandemia la pobreza aumentó en el mundo en una cifra que podría ir de 200 a 500 millones de nuevos pobres; las mujeres debieron asumir una carga enorme de cuidado no remunerado a los enfermos, que las sumió aún más profundamente en la pobreza[37]; millones de personas perdieron sus trabajos y más de 1 700 millones de estudiantes dejaron de ir a la escuela[57]. Sin embargo, los ricos se han hecho más ricos; en los últimos 9 meses la fortuna de los multimillonarios se recuperó rápidamente, mientras que para las personas más pobres del mundo esta recuperación podría tardar más de 10 años[57]. Los nuevos pobres generados por la pandemia, muy probablemente se concentrarán en las zonas urbanas donde aumentará la pobreza, abandonarán la agricultura, y se verán obligadas a trabajar en servicios informales y en la manufactura. Esta situación pondrá en mayor riesgo el agro y la seguridad alimentaria, no solo en los países más pobres sino en el mundo entero[38].

El modelo colonialista de desarrollo no solo produce desigualdad: destruye la naturaleza. El modelo de desarrollo que se aplica en nuestros países no solamente ha sido injusto con gran parte de nuestra población, sino también con el ambiente y con las formas de vida en el planeta. Desde 1990 las actividades económicas impulsadas por el modelo colonialista de desarrollo han destruido más de 178 millones de hectáreas de bosque (más de 16 veces la extensión de Colombia)[58]. En el mundo cada minuto se destruye un bosque del tamaño de cinco campos de futbol. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) declaró extintas en la última década al menos 160 especies, tanto animales como vegetales; según sus investigaciones el 21% de los mamíferos conocidos, el 30% de los anfibios conocidos, el 12% de las aves conocidas, y el 28% de los reptiles, el 37% de los peces de agua dulce, el 70% de las plantas y el 35% de los invertebrados evaluados hasta ahora están gravemente amenazados por la explotación acelerada de los recursos naturales[59]. Hemos contaminado el aire que respiramos y las aguas que bebemos y hemos convertido los océanos en basureros. Según los datos del World Resources Institute [60] una cuarta parte de la población mundial se enfrentará a la escasez de agua en los próximos años; actualmente desperdiciamos y contaminamos las fuentes; pero nuestros hijos deberán enfrentarse a guerras sangrientas por el control de las fuentes de agua. Hoy ya no hablamos de un cambio climático sino de una “crisis ambiental” que amenaza la supervivencia de las generaciones más jóvenes. El negocio rentable a corto plazo de combustibles fósiles ha generado una dependencia cada vez mayor de los precios de los alimentos e insumos básicos, frente al valor del petróleo, y sus ideólogos nos presentan la búsqueda de energías limpias como un sueño inalcanzable y como una amenaza al desarrollo social; este análisis superficial e idealizado de la economía mundial nos enfrenta a una disyuntiva falaz: o destruir el planeta o sobrevivir. Adicionalmente, la explotación irracional de los recursos naturales ha acrecentado el circulo vicioso del empobrecimiento. En la actualidad, más de 127 millones de personas viven en zonas de alto riesgo para inundaciones[38]; la crisis ambiental afectará la producción agrícola y pecuaria, y empujará hacia la pobreza y el hambre entre 68 y 135 millones de personas en los próximos años.

La soberanía sanitaria como discurso emergente

Desde la consolidación política del capitalismo en la Revolución francesa, la mayoría de las sociedades se han organizado como Estados modernos, nacionales y autónomos, responsables de su conducción y seguridad. Estas competencias han sido desplazadas por élites económicas que controlan – tras bastidores- tanto el conocimiento y la información, como los grupos políticos y las democracias[61]. “En este contexto los Estados democráticos han perdido su soberanía y su capacidad para asegurar el consumo masivo requerido por los modelos de mercado vigentes, y para enfrentar las demandas sociales de los grupos empobrecidos”[55].

La pérdida de soberanía sanitaria es particularmente crítica en el campo farmacéutico; pero se extiende también a la protección de condiciones esenciales para mantener las formas de vida en el planeta: el acceso de la población a agua y la seguridad alimentaria, el control sobre la explotación irracional de los recursos naturales, la sustitución de fuentes de energía contaminantes por fuentes limpias y la defensa de la biodiversidad [55][58][59][60][38]. La gravedad de esta situación ha sido denunciada desde hace varios años por analistas que insisten en promover la soberanía sanitaria como una prioridad urgente de las agendas[62][63]. La noción de soberanía sanitaria se refiere a “la capacidad de las sociedades democráticas para asegurar, a través de su organización estatal, la equidad en la producción, distribución y acceso a los recursos esenciales para mantener la vida y la salud de las poblaciones… es el objetivo y el soporte de toda sociedad democrática; no puede separarse de la autonomía de los pueblos para gestar sus propias decisiones; y su desarrollo exige defender las democracias participativas, depurándolas de intereses particulares que actúan en contra de intereses colectivos.”[55].

Reflexiones para continuar el debate

Alrededor de la idea de “desarrollo”, el modelo colonialista que aplican actualmente muchos países para organizar la sociedad ha articulado un poderoso sistema de conceptos y prácticas dirigidas a mantener la concentración de la riqueza. Este modelo de desarrollo se ha configurado como un dispositivo de control político, regulador de la vida y los procesos sociales, que privilegia los intereses individuales sobre los colectivos, propone que el sentido de la vida depende del enriquecimiento personal, de la acumulación de poder y de bienes materiales, del consumismo, y de la explotación ilimitada de los recursos naturales, prácticas que se consideran legítimas, aceptables y valiosas, aunque generen daños y sufrimiento para otras personas. La noción de desarrollo expandida por los imperios a las colonias, se ha convertido en el objetivo de toda sociedad civilizada. Para lograrlo, las élites económicas que controlan los gobiernos en la mayoría de los países han dispuesto un conjunto de recursos, presupuestos, estrategias, normas políticas y dispositivos sancionatorios que aseguran su cumplimiento en los niveles nacionales y en el ámbito internacional. Ejemplo de ello son las reglas de cooperación internacional, los tratados de libre comercio, los acuerdos de propiedad intelectual, la Agenda 2020, y los Objetivos de desarrollo sostenible. Desde esta perspectiva el desarrollo de la humanidad se considera un asunto eminentemente económico que se mide según el Producto Interno Bruto y el Ingreso per Cápita, sin tener en cuenta la inequidad, el empobrecimiento, la vulneración de los derechos fundamentales de amplios sectores de la población, ni la protección del medio ambiente. La política de desarrollo que ha definido la forma de enfrentar la vida de nuestros pueblos, se ha extendido con fuerza por el mundo desde hace 500 años, pero especialmente desde 1980. Por esta razón muchas personas han llegado a creer que el desarrollo, como lo entiende el colonialismo, obedece a una ley natural, que siempre ha sido así y que no puede cambiar.

Este es un gran error.

Lo cierto es que la sociedad humana se ha organizado de muchas maneras diferentes a lo largo de la historia, con aciertos y fracasos que hoy conocemos mejor cuando estudiamos sus contextos.

La crisis económica, social y sanitaria que viene generando la integración forzada de los pueblos, bajo las reglas de un mercado no regulado que promueve la concentración de la riqueza en unos pocos y el empobrecimiento de muchos, no es de ninguna forma un fenómeno natural ni una fatalidad inmodificable. Es el resultado de la acción política de las élites económicas con el apoyo de varios gobernantes, sus medios de comunicación y sus electores. Esta situación no representa el finde la historia como lo predijeron algunos de los ideólogos del modelo. Por el contrario, puede y debe revertirse. El esfuerzo será grande; no puede limitarse a frágiles comunicados y podría incluir las siguientes acciones: a) asumir una posición ética personal en favor de la justicia, el interés común y la protección de los más vulnerables; esta es la base de las demás acciones y es lo mínimo que podríamos hacer para resolver la crisis humanitaria, ambiental y sanitaria del mundo globalizado; b) defender la democracia participativa frente a las formas de manipulación y violencia que vienen aplicando los grupos económicos y sus representantes en los gobiernos; c) promover el acceso creciente de la población, especialmente de las mujeres, los niños y los jóvenes, a una educación crítica que les permita comprender su historia y organizarse para la defensa de los intereses sociales; d) fortalecer las sanciones sociales en contra de quienes amenazan los derechos humanos fundamentales, los bienes públicos y el medio ambiente; e) apoyar los esfuerzos de líderes sociales que desde diferentes espacios comunitarios, laborales, sindicales, académicos y políticos luchan por el interés colectivo y la transparencia en la gestión pública; f) exigir de nuestros líderes y gobernantes que soporten en la palestra internacional la soberanía sanitaria, la eliminación de acuerdos de propiedad que atentan contra la salud, la protección del ambiente, y la regulación cuidadosa de mercados esenciales para la salud.

No es difícil compaginar la soberanía sanitaria con los fundamentos éticos, jurídicos y políticos de los Estados sociales de derecho y las democracias participativas, pero sí lo es compatibilizarla con el modelo globalizado que privatiza los bienes, los recursos y los derechos convirtiéndolos en privilegios; cooptados por las elites económicas mundiales, los gobiernos de turno tampoco tendrían interés ni capacidad para contrarrestar estas tendencias en sus países, a menos que cuenten con un respaldo social fuerte que solo se logra expandiendo la democracia participativa. Esta participación podría ser la clave del cambio.

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Lea AQUÍ el pdf de la revista chilena Revista Salud y Bienestar Colectivo

 

Gómez-Arias RD; Villasana P. Globalización, crisis de la salud y soberanía sanitaria
Salud y Bienestar Colectivo. 2022; 1-19.

 

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