De Roux, el imprescindible

«En esta historia del conflicto armado colombiano, que es también una versión de la historia de la infamia, en momentos en que algunos sectores han querido “hacer trizas” los acuerdos de paz con la guerrilla más vieja del continente, se ha erigido una figura clave, una suerte de inteligencia sensible que aboga por la razón y contra la sinrazón de la guerra. Quién sabe cuántas veces habrá trastabillado este sacerdote jesuita, economista, filósofo y humanista, llamado Francisco De Roux. Cuántos dolores habrá mascado, cuántas historias de horror habrá visto y escuchado» – Reinaldo Spitaletta.

Tomado de: www.elespectador.com

Por: Reinaldo Spitaletta (foto)
Periodista, Columnista

En un país en el que la paz ha sido una esquiva aspiración, difícil de asir, con tanta gente interesada en que no se construya, y con otros tantos hastiados del eterno derramamiento de sangre, de las atrocidades cuantiosas, de las cabezas cortadas y los cuerpos atravesados por balas, seccionados por machetes, descuartizados por bombas y motosierras, aparece de pronto una suerte de oasis (también puede ser un espejismo).

Y en esta historia del conflicto armado colombiano, que es también una versión de la historia de la infamia, en momentos en que algunos sectores han querido “hacer trizas” los acuerdos de paz con la guerrilla más vieja del continente, se ha erigido una figura clave, una suerte de inteligencia sensible que aboga por la razón y contra la sinrazón de la guerra. Quién sabe cuántas veces habrá trastabillado este sacerdote jesuita, economista, filósofo y humanista, llamado Francisco De Roux. Cuántos dolores habrá mascado, cuántas historias de horror habrá visto y escuchado.

Y así como algunos patanes lo tratan con desdén, lo insultan, lo acusan de ser un “guerrillero con sotana”, otras personas lo tienen como su “paño de lágrimas”, como un escuchador, como una benévola figura pastoral, capaz de decirle a la comunidad internacional que, tras tantos sufrimientos, hay que hacer de Colombia “un paradigma mundial de reconciliación”.

El presidente de la Comisión de la Verdad, el mismo que hace años fundó el primer laboratorio de paz en Colombia, ha pedido ante las Naciones Unidas que “haya ejército y policía para la paz, no para la guerra”. Es esa una posición valiente y audaz, pero, ante todo, un clamor colectivo; es, en el fondo, la voluntad de tantas víctimas, de tantos desplazados, de tantos despojados en un cuasi eterno conflicto en el que guerrilleros, paramilitares y agentes del Estado han sembrado de horrores los campos y ciudades del país.

El autor del libro La audacia de la paz imperfecta, dijo hace cinco años que Colombia requería cambios profundos “para que haya respeto por la dignidad de todo el mundo, para que haya verdadera democracia, para que dejemos de ser uno de los países más corruptos, inequitativos e impunes del mundo”. Aún no han llegado esos cambios. Al contrario, se ha profundizado en corruptelas, como las del gobierno de Iván Duque frente a los fondos destinados a la paz.

De Roux, un cristiano excepcional por estas geografías de alteraciones bárbaras, tiene, como lo señaló el finado Antonio Caballero, ciertas similitudes filosóficas con quien ha sido considerado como el auténtico (o único) santo de la cristiandad: Francisco de Asís. “Francisco de Roux no tiene en esta paz ni en esta guerra intereses personales, ni políticos ni económicos: no vive de eso”, señaló Caballero en una columna (revista Semana, 28/7/2018).

El padre De Roux, al que una vez el ELN sometió a juicio y lo iba a fusilar, es, a sus 79 años, un paradigma de ecuanimidad y de razonamiento crítico. “Nos duele ver que todo esto (la barbarie de un conflicto que causó enorme mortandad y otras miserias) se conocía en Colombia, lo sabía el mundo, lo vimos en televisión y lo oímos en la radio, pero lo dejamos pasar durante 50 años como si esta barbarie no fuera con nosotros”, dijo hace poco en Nueva York.

El hombre, el sacerdote, el comisionado, que lloró ante todas las desgracias sucedidas al pueblo de Buenaventura, ante las condiciones “tan inhumanas en las que viven miles de sus habitantes”, no se ha quebrado en los cuarenta años de trabajos por la paz y la dignidad de los colombianos. Ni siquiera el asesinato de 24 de sus amigos, entre ellos la pareja formada por Mario Calderón y Elsa Alvarado, investigadores del Cinep, lo ha hecho desistir en su lucha irrefrenable.

Al contrario, los desafueros contra sus colegas, y por supuesto todas las agresiones de distintos actores contra el pueblo y sus líderes, le han servido como combustible para continuar con su indoblegable labor en la construcción de la paz, la justicia y la prosperidad de los abatidos por tantas violencias.

Colombia es —lo dijo alguna vez— “un cuerpo que tiene el rostro destrozado, quemado en Machuca, que tiene el corazón roto en el Chocó, que tiene las piernas quemadas en El Salado, que tiene los brazos arrancados en el Magdalena Medio, que tiene el estómago y el hígado reventado en Nariño, que tiene la vagina destrozada en Tierralta…”. De Roux sabe, desde luego, que si bien hubo paz entre los ejércitos (las Farc y el Estado), la sociedad colombiana quedó agudamente dividida.

Sabe, asimismo, que para lograr la paz se requieren hondas reformas sociales, cambios sustanciales que permitan que los olvidados, los sin tierra, los descamisados de la historia alcancen niveles de dignidad y equidad social. Que, como dice una vieja canción, todos tengan el modo de tener algo más que un pedazo de pan. Hay hombres que luchan toda la vida (decía Brecht): De Roux es de los imprescindibles.

 

Tomado de: www.elespectador.com

 

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