Discoteca COCOBONGO en Cancún, una experiencia de otro orden

Tomado de: www.emiliorestrepo.blogspot.com

En lo personal, no soy muy amigo del baile, no nací muy dotado para el ejercicio de la danza y mas allá de un porro (de los bailables) o una cumbia sencilla, o un clásico del “chucu-chucu” que no precise vueltas ni adornos estilísticos, paso por un bailarín poco menos que del montón. No domino ni las coloraturas ni las coreografías, mucho menos los alardes de los descaderados que parecen flotar sin apenas rozar el piso o asumen el baile como un cortejo que remeda una cópula en su más estética y coqueta aproximación.

Y con las discotecas como sitio de encuentro para el ejercicio del entretenimiento, he tenido una relación ambigua, pues lo que me pudiera atraer, el ambiente festivo y el jolgorio que enmarcan una disposición para la alegría, se me diluye más temprano que tarde por la sobrecarga, el machacamiento de los ritmos modernos que no encuentran receptividad en mis tímpanos un tanto delicados (que hasta el rock setentero lo escuchan a volúmenes moderados), y el abuso de ritmos que van mas allá de mi generación y son poco compatibles con ella, como la música electrónica (el “chispum”) y el reguetón. Ah, y no poder conversar y, si se hace, tener que estar a los gritos.

Por eso quería relatar mi experiencia en la discoteca Coco-Bongo, de Cancún, pues merece un capítulo aparte.

En primer lugar, al principio estaba un tanto reacio a ir. El grupo familiar con que andaba lo tenía claro, sin embargo yo sentía que no me interesaba, que no tenía nada qué hacer allí, pero reconozco que en realidad no lo conocía y que lo que había de puertas para adentro obedecía al concepto tradicional discotequero que se estila en nuestro medio. ERROR, nada que ver con el asunto. Al final me animé a ir, un tanto desganado, algo aburrido ante la perspectiva de quedarme solo en un hotel sin tener mucho con qué entretenerme, y, lo confieso, para no parecer como un amargado aguafiestas ante el animado grupo familiar.

Porque lo que descubrí, me llamó la atención. El concepto de entretenimiento en este sitio es temático, coreografiado, sistemático y obedece a una total programación que no descuida el detalle y tiene una milimetría minuciosa, en función total del entretenimiento. Cada dólar allí pagado se refleja en endorfinas, en adrenalina y en serotonina, que el asistente agradece y disfruta durante cada uno de los minutos que componen las 6 o 7 horas que dura el espectáculo. Nada es improvisado, todo es programado.

Explico brevemente:

Luego de entrar bajo una logística impecable en medio de las medidas de seguridad más rigurosas (en un país fuertemente atacado por la violencia y el desmadre del narcotráfico), ocupamos nuestro palco y de inmediato un mesero diligente y muy amable, que no parece detenerse nunca, lo que me hace pensar que además de la propina, por supuesto, lo que lo motiva es el servicio, el licor ilimitado circula al ritmo de las gargantas de los comensales: “Si quieres mucho se te tiene, mi cuate, si estás medido, estamos para servirte, guey, pues tomar las sodas que quieras.”

Y se cuidan mucho de que no se consuman drogas en los baños, que no ingresen camellos a ofrecer productos no autorizados, que los borrachitos mantengan sus impulsos dentro de lo razonable, sin peleas o desmanes. Todo mundo tranquilo en lo suyo, rumbeado, pero sin desorden que incomode u ofenda al que tiene al lado.

Las luces se apagan, una pantalla gigante se ilumina y aparecen, en un inesperado viaje al pasado, los Rolling Stones a todo volumen, en un collage perfecto de sus mejores riffs, con Jagger más alborotado que nunca y unas escenas sicodélicas que inundan de luces y color el escenario. Por cierto, la estructura es una especie de cuadrado central, rodeado de palcos y graderías y en uno de los lados un escenario gigante. Y luces y laser y confeti por todas partes y humo y explosiones y, pese a la explosión de los decibeles, el sonido es perfecto, se entiende el fraseo de las canciones, ninguna parece durar mucho, casi todas son fragmentos que empatan unas con otros en una onda más bien retro sin dar pausas ni permitir el reposo.

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Después de sus satánicas majestades circulan intercalados los grandes clásicos de los 70s, 80s y 90s (Bon Jovi, AC/DC, Madonna, Guns N’ Roses, Cindy Lauper, todos, uno tras otro, los discotequeros, los reguetoneros, el merengue, Carlos Vives, Shakira, J Balvin, todos hacen su aporte a este mosaico imposible de ritmo, movimiento y amplificación, perfectamente acoplado con las dos pantallas gigantes).  Cada cierto tiempo, una de ellas se enfoca en el público para mostrar a la más linda, a la más caderona, a la más tetona, a la más gorda, a la que mejor se mueve, al más descoordinado, al gringo más tieso, al oriental más frenético, al negrito más alborotado, todos tienen allí su cuarto de hora y son estrellas de la pantalla por unos pocos minutos, en el cual el público los chifla, o los aplaude o los piropea, mientras el espontáneo se da vitrina en un balcón preparado para su lucimiento o en el foso de la infamia, rodeado por una pasarela en donde se muestran las mejores pintas o los bailes más atrevidos. Y no faltan los primeros planos de tangas imposibles o de cuerpos que denotan la ausencia de ellas, en medio de los chiflidos y las risas del respetable.

Pero cada cierto tiempo aparece el arte. Siguiendo la estética del comic, surgen personajes, serios unos (Games of Trones, Batman, Spider man, 300) y bufos otros (The Mask, Bettlejuice y los infaltables enanos, eso sí, histriónicos y bien capacitados para el humor efectivo, no como muchos grotescos esperpentos que hacen el ridículo en muchos antros locales).  Son malabaristas que a la manera del Circo del Sol hacen complejos bailes aéreos, acrobacias extremas que extraen gritos de susto y asombro de la concurrencia, mientras rozan por pocos centímetros las cabezas que minutos antes se movían por la música y ahora permanecen lelas, puestas todos sus sentidos hacia la parte alta, en donde los artistas se juegan la vida en ello. Se queda uno sin palabras, pues en realidad son artistas sincronizados que hacen un bellísimo espectáculo lleno de vértigo y precisión estilística. Todo en ellos es fuerza, armonía y sincronización con columpios que se entrecruzan y telas rojas que amenazan en todo momento con dejarlos caer y volverse trizas, pues no tiene red de seguridad que amortigüe la caída que se espera a cada segundo.

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Y todo lo anterior se alterna con los imitadores que, con un estricto casting y un riguroso sentido de la estética y los manierismos originales, toman el papel, mejor dicho, se personifican en sus representados. Es alucinante reencontrarse con KISS, con Freddy Mercury, con Michael Jackson, Abba, Lady Gaga.

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Ya después de las 5 horas, que se acaba el espectáculo, aparece la música, para los que quieren exclusivamente bailar. Ahí sí se asemeja a una disco convencional y pierde mucho del valor agregado que la convierte en un destino excepcional para turistas. En ese momento decidí retornar al hotel, con una buena dosis de licor en mi cuerpo y los ecos del sonido aun resonando en mis oídos. Pero muy satisfecho por haber conocido una experiencia lúdica de la cual no tenía noticias y que no sabía que tendría la oportunidad de disfrutar. Un buen sueño y al otro día caldo de pollo, frutas, líquido por montones y una siesta a la sombra de la piscina se encargaron de ponerme otra vez en mi punto y animarme a contarles esta experiencia.

Muy recomendada, muy entretenida, cada dólar se disfruta con creces.

 

Tomado de: www.emiliorestrepo.blogspot.com

 

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