Reflexiones en Viernes Santo

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

La playa, que en días recientes estuvo poco visitada, hoy se muestra ocupada por más de un centenar de gente, procedente, en su mayoría, del interior del país, que deseaban acompañar al rito religioso que por años suele repetirse, para conmemorar la crucifixión del Cristo Redentor, en Viernes Santo.

Un joven espigado, cubierto con una túnica carmesí, carga una cruz de madera, imitando el sufrimiento al que fue sometido Jesús en el camino que lo condujo al Gólgota donde, por orden de Caifás y Pilatos, debió ser crucificado. Allí, según los relatos bíblicos y la tradición, contados durante más de dos mil años, expiaría sus pecados y daría la vida para salvar a sus semejantes del fuego eterno.

Empecinado en sostener y divulgar que era el hijo de Dios, rebelándose a los procederes arbitrarios de los representantes del Imperio Romano y difundiendo principios de igualdad, poco a poco fue labrando su condena.

Seguido por un grupo de pescadores, recorrió las aldeas, difundiendo el amor al prójimo, como mandato del Señor. Uno de ellos, llamado Pedro, seguidor y difusor de sus enseñanzas, años después pagó con su vida, en Roma, su lealtad. Las autoridades romanas lo consideraron un enemigo, ya que sus palabras, dirigidas a los fieles, constituían un peligro para la estabilidad del Imperio.

Pero la Iglesia, fundada por Pedro, no siempre siguió las enseñanzas del Cristo Redentor. Aunque su labor evangelizadora es digna de admirar, también es cierto que brumas inquisidoras la han demeritado en varias épocas. La llamada Santa Inquisición, persecutoria de hombres y mujeres que no compartían sus creencias y practicaban otros ritos, alabando a otros dioses y, aún, cristianos renuentes a someterse a los mandatos del Vaticano, fueron víctimas de su intemperancia, de su poder, de su irracionalidad.

Cuando la Iglesia, por boca de sus Jerarcas, pregonaba el respeto por la vida y repetía el “No matarás”, consignado en el decálogo de los Diez Mandamientos, entregado a Moisés durante su peregrinación por el desierto, esa misma Iglesia, en épocas para no recordar, organizaba ejércitos de mercenarios, denominadas “Cruzadas”, para, con el pretexto de recuperar territorios en poder de los “herejes”, arrasar poblaciones que recorrían, dejando tras de sí una estela de dolor y centenares de cadáveres. Todo se hacía “en nombre del Señor”.

Cuando los cátaros cristianos, aferrados a sus costumbres, renegaron del poder de Roma y no se sometieron a los caprichos de los Papas y sus áulicos, fueron incinerados por decenas en las plazas públicas, para escarmiento de las ideas liberales.

Cuando Isabel de Castilla, apodada “La Católica”, agobiada por las deudas del Imperio y la pobreza de sus gentes, constatando la bonanza del pueblo judío, poseedor de Bancos, de empresas que le daban empleo a la población, gracias a su disciplina y compromiso con el trabajo, justificando la existencia de un solo Dios, ordenó su persecución, obligándolos a convertirse al cristianismo, so pena de despojarlos de sus propiedades. Ellos, que habían contribuido con la cultura y con las fuentes de trabajo, tuvieron que emigrar hacia Portugal, Alemania, el norte de África, Rusia y otros países vecinos, para evitar verse despojados de lo que habían adquirido con su trabajo, y continuar siendo fieles a su principios religiosos dictados por la Torá, mas no los que Isabel y Fernando les querían imponer.

Si bien es cierto que la Iglesia Católica ha contribuido a mejorar la cultura, el conocimiento, la tolerancia entre los ciudadanos, también ─ y ello es lamentable ─, con su ancestral rigidez ante las ideas liberales, ha sido causante del retraso de algunos, sometiéndolos a los principios de la fe, acatamiento a los mandatos de la Iglesia y oponiéndose, en diversas ocasiones, a los principios de la razón.

El ocultamiento de los Jerarcas de la Iglesia de los desmanes y conductas reprochables de algunos de sus miembros, como ha sucedido con el caso de la pedofilia, acallado en muchas ocasiones mediante el pago de exorbitantes sumas de dinero a los familiares de los ofendidos, desdice mucho de lo que promulgan desde los púlpitos y en sus encíclicas.

Con la llegada de Bergoglio al solio de San Pedro, parece ser que renovadores aires se respiran en El Vaticano. Este cura humilde como el que más, nacido en un país de la América del Sur, donde muchos de sus ciudadanos son tildados de pedantes, opinión que no comparto, ascendido al Trono de San Pedro, en el primer año de su mandato dio muestras de independencia, tratando de corregir sus falencias, induciendo a los feligreses hacia la tolerancia religiosa, extendiendo sus brazos a los más desposeídos, respetando las diversas ideologías, las tendencias sexuales de cada ser y evitando compartir la esplendorosa ostentación de grandeza de que han hecho gala muchos de sus antecesores.

Ese comportamiento de Francisco, emulando al viejo cura de Asís, más humano y más acorde con la realidad, sin duda alguna viene haciendo más respetable a la Iglesia Católica, y servirá para que muchos fieles descarriados vuelvan al redil que habían abandonado.

¡Loado sea Francisco!.

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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