¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

Aunque han pasado dos años desde que comenzó la pandemia, gran parte de la población sigue aferrada a la idea de que pronto todo volverá a ser como antes (aunque es imposible). Esa inercia al pasado nos impide evolucionar y crear una nueva realidad, afectando directamente a nuestra salud mental

Tomado de: Ethic, periodismo de cambio, de España

Por: Marina Pinilla (foto)
Psicóloga online y presencial

«Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte», reflexionaba Jorge Manrique en una de sus Coplas a la muerte de su padre, obra culmen de la literatura española. Más de cinco siglos después sentimos la misma desazón que el poeta castellano. «¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?», nos preguntamos. Quizá antes del coronavirus éramos más felices, y eso nos ha llevado a convertir nuestra vida en un epílogo de esa antigua normalidad y un prólogo de lo que está por venir.

Nos encontramos en un perpetuo stand-by, presos de las cíclicas medidas sanitarias. Cuando aparece una nueva variante y se elevan los casos de contagio, sentimos indefensión, y cuando mejora la salud colectiva y anuncian la retirada de las mascarillas, recuperamos la esperanza de que lo-de-la-pandemia va a acabar por fin. En ese momento nos encontramos ahora. Y ese es precisamente el problema: llevamos dos años etiquetando nuestro día a día como una situación excepcional que, más tarde o más temprano, tendrá punto y final, lo que nos impide recuperar nuestra rutina y paz mental hasta que todo sea como antes.

Pero ¿y si nada vuelve a ser igual? Tal vez deberíamos dejar de sobrevivir para empezar a vivir de nuevo, construyendo una realidad acorde a las circunstancias. Este planteamiento, si bien es deseable, no resulta especialmente sencillo, en parte, porque nuestro cerebro está programado para preferir lo malo conocido frente a lo bueno por conocer. En otras palabras, nuestra experiencia previa tiene un fuerte peso a la hora de procesar la información, generar expectativas de futuro y adaptar nuestro comportamiento a las exigencias ambientales.

En 1988, William Samuelson y Richard Zeckhauser pusieron nombre a este fenómeno psicológico: sesgo de status quo. Se trata de una tendencia a anclarnos al pasado, bien por comodidad o bien por miedo al cambio. En este proceso, las emociones juegan un papel fundamental ya que otorgamos un valor afectivo positivo a nuestros recuerdos. A la hora de evocar un evento almacenado en la memoria, somos propensos a considerarlo como más agradable de lo que realmente fue. Obviamos lo malo cuando pensamos, por ejemplo, en los años de universidad y afirmamos que fueron los mejores de nuestra vida.

Algo idéntico sucede con el primer amor, las vacaciones durante la niñez o las amistades de la adolescencia. Todo se idealiza por el efecto del paso del tiempo y nada de lo que nos ocurre ahora está a la altura, pero no podemos retroceder para empezar la carrera de nuevo, ni tampoco recuperar las mariposas en el estómago que sentimos con 16 años, las vacaciones con nuestros padres por la costa mediterránea o los campamentos de verano. Estas experiencias en el caso de la pandemia, si bien distorsionadas, no paralizan nuestra conducta actual. En cambio, pensamos que sí es posible recuperar la vida tal y como la conocíamos antes, así que esperamos. Y los meses pasan, y nuestra salud mental se resiente. Acabamos frustrándonos al descubrir que, de forma inconsciente, estamos perdiendo el tiempo.

Para reprogramar nuestro cerebro tras la pandemia y hacer frente al sesgo de status quo es fundamental hacer un ejercicio de autoconocimiento. «¿Qué quiero hacer con mi vida?», «¿Está en mi mano lograrlo?» y «¿Por dónde puedo empezar?» son algunas de las preguntas que conviene hacerse para poder seguir adelante. Evidentemente, no podemos construir una nueva realidad guiados por el optimismo ilusorio; la pandemia provocada por el coronavirus, incluso ahora que la situación es más relajada, ha cambiado las reglas del juego.

Sin embargo, pasar de ese extremo a otro guiado por el pensamiento catastrófico tampoco es recomendable. Debemos adaptar nuestras metas vitales a las circunstancias actuales, pero no renunciar a ellas. Dichas metas no deben considerarse desiderátums inalcanzables como ser feliz o disfrutar de la vida de nuevo, sino pequeños proyectos fácilmente realizables que nos conduzcan a ese objetivo final. Por ejemplo, volver a ir al cine, hacer un pequeño viaje familiar, visitar el nuevo piso de tu amigo u organizar una cena, aunque sea necesario utilizar mascarilla o hacerse un test de antígenos. Estas limitaciones inherentes a la nueva normalidad son tediosas, nadie lo pone en duda, pero no lo suficiente como para obligarnos a renunciar a vivir.

Divagaba Jorge Manrique sobre el peso del pasado y, cuando le recordamos, tendemos a ignorar el resto de la copla. Pues si vemos lo presente como en un tiempo se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado. El poeta también se encontraba inmerso en un clima de desesperanza similar al que se respira hoy en día. Vivía en una España que se recuperaba poco a poco de la pandemia de peste negra mientras se veía inmersa en una retahíla de batallas que culminarían con la guerra de sucesión castellana. Aun así, Manrique dejó constancia de su esperanza en las coplas, permitiéndonos siglos después aprender de ellas. Siendo inteligentes, al menos emocionalmente, nos daremos cuenta de la fugacidad del ahora y de que «lo no venido», es decir, el futuro, importa lo suficiente como para no anclarnos a lo ya vivido.

 

Tomado de: Ethic, periodismo de cambio, de España