Carta a un amigo neoliberal

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Juan Fernando Uribe Duque (foto)
Escritor

Gracias, feliz año para ti y los tuyos.

Quien lea lo que me acabas de enviar añorando el país en que «hemos vivido», pensaría que estás de acuerdo con la realidad actual del terruño que llamamos Colombia: un país donde 22 millones de compatriotas están muriendo de hambre y falta de oportunidades, ya que los derechos básicos fueron convertidos en negocio y solo pueden acceder a ellos quienes tienen dinero; los demás, simplemente deben esperar que la copa rebose y la limosna caiga como una dádiva.  Un país, querido amigo, donde 17 millones viven con tres dólares al día y 5 millones con menos de uno.  Un país donde el ministro de hacienda (un delincuente evasor de impuestos y timador) quiso introducir forzosamente dos reformas tributarias gravando la canasta familiar para solventar el déficit fiscal que él mismo produjo al financiar al sector financiero en tiempos de pandemia, acabando con más de cien mil pequeñas empresas y negociando el agua potable de los poblados más pobres como un negocio particular.  Un país con una deuda externa que ya se acerca a los 300.000 millones de dólares pagando casi 300.000 millones de pesos diarios en intereses.  Un país, supuestamente campesino y agrícola, que importa más de 20 millones de toneladas de alimentos (entre ellos leche y gramíneas que le dieron identidad cultural).  Un país cuya economía depende de las rentas que genera la extracción del petróleo y carbón, que acaba con el agua potable y que también ha condenado el campo convirtiéndolo en un gran latifundio de monocultivos (coca, palma, caña de azúcar y ganadería extensiva) generando deforestación, miseria y violencia.  Un país importador donde cinco clanes se encargan de matar una balbuciente industria nacional. Un país lleno de mafiosos cuyos lavados de activos solventan una economía informal de contrabando, rebusque y urbanizadores insaciables; que permea nombrando presidentes y llena el parlamento de ladrones boquisucios y mentirosas.  Un país donde las élites se roban 55 billones de pesos cada año, donde el presidente es un simple notario, cuya oficina tiene un presupuesto de gastos diarios de 4.500 millones, y en donde el mercado de la Casa de Huéspedes en Cartagena cuesta más de 200 millones cada mes. Un país donde el ejército gasta más de 130.000 millones diarios en una guerra absurda. Un país donde el 60% de los bachilleres no tiene acceso a la educación superior y los 18 millones de hectáreas de tierra fértil pertenecen a menos del 1 % de la población, siendo narcotraficantes más de la mitad de este porcentaje.

En fin, un país en donde la gente que como tú y yo nos pudimos educar y tenemos una vida agradable, sin grandes angustias, un hogar, una familia y que, si mucho, representamos un 15% de todo este gran conglomerado multiétnico y pluricultural que es Colombia… y que NO CONOCEMOS, y peor que eso, NO QUEREMOS conocer, pero que existe, palpita, ríe, canta, llora y muere; sí, querido amigo, llora y muere en una guerra pactada entre los grandes señores de la tierra, una guerra entre las huestes armadas de los grandes señores feudales. Esa es Colombia, un país sin identidad, atrasado, anacrónico, despedazado y saqueado ante los ojos de un mundo en crisis, que está al acecho de robarnos el agua y el oxígeno que aún nos sobra, sin importar que, al lado de la mina de carbón más grande del mundo, mueran de hambre y de miseria los niños y los judíos inventen máquinas para convertir el aire y el sol hermoso en agua para saciarles la sed.  Un país cuyas élites corruptas y perversas lo diseñan para robarlo y construir grandes centros comerciales, avenidas, viaductos hermosos, hidroeléctricas (que también se roban convirtiendo el Cauca en una laguna azul de postal) en medio de la miseria.

Colombia queda más allá de nuestras fincas, queda más allá de la promesa en un «mundo mejor».

¿Sabes una cosa?  Petro es una peligrosa consecuencia de todo esta realidad; un hombre sombrío, que viene de un mundo oscuro, que fue torturado y que ha sido un crítico desde la tribuna política; que, al igual que los viejos caudillos, ha empleado su tiempo solo para destapar ollas podridas, denunciar la corrupción y pelear con sus detractores.  Y lo ha logrado, pero su gobierno sería desastroso para Colombia.  Los enemigos son poderosos y están organizados. La utopía crea distopía, y el país caería en la desgracia de una hambruna por bloqueo o, lo que es peor, en una guerra civil.  Colombia no está preparada para la utopía petrista.

El Pacto Histórico no puede incluir corruptos ni negociar curules.  Necesitamos combatir primero la corrupción y, como dice Hernández (por quien daré mi voto), hay que quitarles la chequera a los bandidos…

Primero se barre y se sacude… luego se trapea, como decía mi abuela.

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia