El hombre de bronce

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

En anteriores ocasiones lo vi tendido, cual largo era, en una de las bancas del parque que bordea la Avenida 80, en los límites con el barrio Laureles.  Su cabeza calva, rodeada por escasos cabellos cenicientos, contrastaba con el abundante bigote y la poblada barba, muy negros, que cubrían gran parte de su cara.

Hoy lo vi caminar con pasos lentos, arrastrando sus enormes pies, por una de las callejuelas del parque, apoyándose en un bastón y mirando al piso, que ahora estaba cubierto de hojas mustias. Cuando se detuvo un instante, con su mirada perdida en la distancia, me pareció la estatua de un gran héroe, de esas que adornan las plazas de pequeños poblados, acariciada por el tiempo, y cuya historia ignoran sus propios habitantes.

Cuando lo observé con mayor detenimiento, descubrí que su pie izquierdo estaba descalzo. En sus manos portaba un zapato, que él observaba con gesto absorto y algo de preocupación. Quizás por eso, cojeaba un poco al andar.

Durante un corto tiempo me alejé del parque y lo perdí de vista.  Cuando retorné, sentado en uno de los bancos que bordeaban las callejuelas del parque, intentaba, infructuosamente, deshacer un nudo del cordón del zapato que tenía en sus manos.

Cuando pasé delante de él, escuché una voz lastimosa que me decía:

—¡Ayúdeme señor! No he podido deshacer este nudo del cordón de mi zapato.

Me detuve. A pesar del desagradable olor que emanaba de sus andrajosas vestimentas, intenté deshacer el nudo, pero éste se resistió. Todo fue inútil.

— Si usted me espera un rato, iré a casa por unas tijeras. No tardaré— le dije, amablemente.

—Si no es una molestia para usted, se lo agradecería —me dijo en tono cordial.

Pocos minutos después regresé al parque. Él seguía intentando deshacer el nudo del cordón del zapato, que le había impedido calzar su pie izquierdo.

Con sus manos templó el cordón y yo lo corté con la tijera. Retiramos el cordón y le entregué uno nuevo que, de inmediato, él empezó a introducir por lo ojales del arrugado zapato.

Sonrió sutilmente y mirándome a los ojos me dijo:

— Gracias, señor. Es usted muy bondadoso.

Cuando me alejé del sitio y viré la cabeza para observarlo, caminaba lentamente, arrastrando sus pies y apoyándose en el burdo cayado de madera, más no cojeaba.

Tuve la impresión de estar observando una estatua de bronce en medio del parque.

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia