Cobro forzado

Cuento

Tomado de: Canal en YouTube de Teledonmatías

Por: Médico asmedista Emilio Alberto Restrepo Baena, ginecoobstetra
Escritor Integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Hay cosas en la vida para las cuales uno no se prepara, porque no le interesa o porque cree que nunca le va a tocar.

Eso pensaba de los penaltis, con respecto a cobrarlos, a tener que enfrentarme a un arquero, a tener que fusilarlo con un tiro directo. No era mi problema, yo jugaba siempre como zaguero, no era un virtuoso ni cañonero; por el contrario, era más bien brusco, mi disparo no era muy potente, mis pies no dominaban la magia de una comba o un chanfle. Por más que practicara no se me daba; entiéndame, me decían ‘el muro’ y por detrás me definían como un bobo grande acaba ropa. A mí no me importaba, no era del todo falso, mi rol era defender, no dejar pasar a nadie, y creo que cumplía bien mi misión. Siempre fui titular y, créanme, no chupé banca ni un solo día.

Hasta que llegó la final del campeonato del 94, el Interuniversitario Nacional, la fecha más importante. Primera vez que llegábamos tan lejos y tenía un especial significado: la pública contra la privada, los pobres contra los ricos, el proletariado contra la burguesía.

Había muchas cosas en juego que trascendían el campeonato mismo, más allá del simple concepto de ganarse una copa.

El partido resultó reñidísimo, una batalla campal de barrio, sudor y pata. Terminó 2 a 2, luego el tiempo suplementario. Había que definirlo a disparos desde los 12 pasos, y empezó el sufrimiento. Vote uno, tape el otro, anote este, desvíe aquel… Lo cierto fue que luego de diez oportunidades de cada equipo, el marcador iba igualado 6 a 6. Los nervios estaban a punto de estallar, la gente se descosía por dentro, había rabia, angustia, los gritos herían los oídos y un poco la autoestima. Las tribunas eran una bomba de tiempo; y lo que nadie tenía en sus cuentas, que me tocara el turno de chutar a mí un penalti; no estaba preparado ni física ni mentalmente, pero no había de otra.

Todos habían desfilado uno a uno y, de tanto acertar y fallar, era nuestro turno, y me correspondía precisamente a mí.

En la oportunidad anterior, ellos aventajaron; faltaba mi cobro. Si anotaba, seguíamos, si erraba chao pescao.

La verdad, fue que me borré, como que no pensaba, era como una antesala de la muerte, como si deshiciera los pasos, todo como en un túnel. El rugido haciendo ecos en mi cabeza.

Tomé distancia, di dos pasos como en cámara lenta y, preciso, me tropecé y caí como un idiota. En las tribunas el grito fue unánime:

– Bobo, huevón, inútil, paquete, sáquenlo, cápenloooo.

Entonces me enceguecí, me paré, me hice nuevamente detrás del balón. Silencio absoluto.

Tomé carrera, pateé, ni duro ni pasito, sin técnica ni plan, casi sin mirar; lo cierto fue que el balón entró, fue gol. El Estadio mudo.

Yo no celebré, no dejé que me felicitaran, me fui para el camerino y lloré como un niño.

Al final ganamos, pero en ese momento ya no me importaba. Ese año me gradué y nunca más volví a jugar.

 

Tomado de: Canal en YouTube de Teledonmatías