El misterio de la gitana

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Con un chal floreado, cubierta su cabeza con una pañoleta carmesí, un par de zarcillos en forma de aros y una larga falda que le llegaba a medias piernas, se le veía pasar, silenciosa, por las calles del barrio, de amplias casas quintas ricamente decoradas con florecidos jardines en su parte frontal.

Poseedora de unos ojos intensamente verdes, nariz aguileña y su piel morena, le hacían parecer a las mujeres de la raza calé, de esas que había visto deambular por las calles de Barranquilla, presagiando el futuro a cambio de unas cuantas monedas.

Por su aspecto físico y sus usuales vestimentas, ricas en arandelas coloreadas, sus amigas solían apodarla “La Gitana”, remoquete que ella aceptaba con cierta complacencia. De gestos delicados y hablar pausado, con fuerte acento costanero, participaba en múltiples campañas de carácter social, destinadas a recoger fondos para los más necesitados. Con alguna frecuencia asistía a los actos religiosos que se realizaban en la iglesia del barrio, en donde era muy apreciada por los sacerdotes y un gran número de feligreses.

Nadie podía imaginar que aquella mujer, con tantos atributos, pudiese cometer falta grave, y menos aún, un asesinato, tal como se lo imputaba el fiscal, que ahora la tenía en el banquillo.

La prensa, con gran despliegue, informaba que era la asesina de su propio esposo, un poco mayor que ella, entregado al licor y a unos negocios ilícitos.

– Nunca pensé que Zorayda pudiera cometer un homicidio, comentó Elisa, una vieja amiga, ampliando sus grandes ojos.

– Ella parecía conservar sus buenas relaciones con Salomón, dijo Raquel, otra vecina, amiga de Zorayda.

Cuando el comerciante no volvió con sus amigos, estos, preocupados e intranquilos, comenzaron a buscarlo. Preguntada Zorayda a cerca de la ausencia de su marido, les comentó que había salido de viaje una semana antes, más nos precisó su destino.

Yamil, uno de los amigos íntimos de Salomón, dudó de las explicaciones dadas por su mujer. Él estaba enterado de que las relaciones de pareja no habían marchado muy cordiales durante los últimos años. Conocía de los celos enfermizos de Zorayda, así como también de las aventuras de Salomón con una joven secretaria de un club de la ciudad. Conocedor de los negocios del comerciante, no tenía información de un viaje reciente de su amigo.

Pasada una semana, Salomón no aparecía. Tampoco se tenían noticias de su destino.

Sin embargo, Zorayda se mostraba tranquila y, tal como tenía por costumbre, asistía a los oficios religiosos y a algunas reuniones de carácter social.

La prologada ausencia de Salomón llevó a sus amigos ante las autoridades policíacas.

Zorayda insistía en el viaje de su esposo, más no precisaba cuál había sido su destino.

– Me dijo que iría de viaje durante varios días, pero no a cuál ciudad –le respondió al inspector cuando éste la interrogó.

– ¿Tampoco le dejó un teléfono donde pudiera localizarlo? Le preguntó el inspector.

– Cuando viaja nunca me informa dónde va. Fue respuesta.

El oficial no alcanzaba a comprender cómo era posible que la mujer ignorara el destino del viaje de su marido. Recordó que años atrás, el comerciante había sido detenido e investigado por sospecha de un embarque de droga hacia los puertos europeos, mas debió ser puesto en libertad por falta de pruebas.

Ninguna de las agencias de viaje tenía en sus registros el nombre de Salomón, en el último mes.

– ¿Tal vez viajó por vía terrestre? Se preguntó el inspector. Pero el automóvil Mercedes Benz del comerciante estaba en el garaje de su residencia y las llaves del encendido fueron halladas en su escritorio.

El teléfono de la Inspección timbró poco antes de las seis de la tarde. A través de la línea se escuchó la voz de un hombre joven:

— Deseo hablar con el Inspector.

— ¿Quién lo solicita? – Preguntó la secretaria.

–¡No puedo decirle mi nombre! Solo quiero hablar con el señor Inspector.

La secretaria se dirigió al Inspector y le entregó el teléfono.

— ¡Es para usted!

— ¿Sí? Habla el Inspector.

— Quiero comunicarles algo que me parece importante –dijo el desconocido.

— ¿Respecto de qué? Lo interrogó el Inspector.

— Tiene relación con el asunto del señor Salomón Bechara, que está desaparecido.

— Y qué tiene que decirme?

— ¡Pues, verá! Hace unos veinte días, un viernes por la noche, llevé a don Salomón a su casa, en mi automóvil de servicio público, Estaba muy pasado de copas.

— ¿Quién es usted? –preguntó el Inspector.

— No es preciso que diga mi nombre, pero quiero que sepa que el hombre estaba borracho y no acertaba a abrir la puerta de su casa –dijo el informante.

— Entonces… ¿cómo pudo entrar? –pregunto el Inspector.

— Una señora, en camisa de dormir, que supongo es su esposa, abrió la puerta.

— ¿Qué horas eran cuando lo dejó en su casa?

— Si mal no recuerdo era un poco más de las once de la noche.

— ¿Puede indicarme dónde lo recogió?

— ¡Si señor! Fue en el Club Jardín de Arabia. Uno de los porteros lo ayudó a subirse al taxi.

— ¿Dijo algo su esposa cuando usted lo llevó a casa? Le preguntó el Inspector.

— No escuché, porque yo me quedé en el taxi, esperando que le abrieran la puerta, -dijo el chofer a través de la línea.

— Agradezco su llamada y su información.

El Inspector, con otro agente investigador, fue esa misma noche al Jardín de Arabia. Con la ayuda del administrador logró identificar al portero que en esa noche de viernes, tres semanas atrás, ayudó a Salomón a subirse al taxi.

— Era un taxi amarillo de la empresa La Nevada –le dijo el joven portero al Inspector.

— ¡Recuerda el número de la placa?

— ¡No, señor! Pero… sí recuerdo muy bien al conductor del taxi. En varias ocasiones ha venido a recoger a algunos clientes. La Estación de servicio está solo a unas cinco cuadras –le informó el muchacho-

— ¿Podría reconocerlo? Preguntó, amablemente, el Inspector.

— ¡Claro que sí! –Creo que le apodan “El Zarco”.

— Le agradezco su información. Volveré a molestarlo si fuese necesario. El joven asintió con la cabeza.

El inspector y el agente investigador se retiraron satisfechos. Habían obtenido informaciones importantes. Esa misma noche ordenó vigilancia permanente de la residencia de Zorayda.

Al siguiente día se produjo el allanamiento de la casa. Un grupo de cuatro agentes acompañó al Inspector para realizar el registro de la vivienda. Llevaban con ellos dos hermoso perros pastores alemanes.

Todo parecía estar en completo orden en aquella amplia y hermosa residencia. El escritorio de Salomón se veía bien organizado. El guardarropa contenía un buen número de vestidos y más de una docena de camisas bien planchadas. Varias maletas, en la parte superior, parecían no haber sido utilizadas desde hacía mucho tiempo.

En el jardín interior de la residencia, sembrado de rosas y azaleas rojas y blancas, uno de los perros husmeaba, afanoso, y con sus patas delanteras intentaba remover el césped, El agente aflojó un poco la cadena y el animal se movió con mayor soltura: ahora cavaba con rapidez, horadando la superficie del terreno.

Cuando el animal cavó más profundo, un olor putrefacto se elevó de la tierra removida. El Inspector y los agentes cubrieron sus narices con pañuelos.

Sorprendidos, vieron cómo el pastor alemán extraía un pedazo de tela del lugar. Eran restos de una camisa que antes fue blanca, pero que ahora se mostraba herrumbrosa. Halándolo de la cadena, el perro fue retirado del jardín.

— ¡Traigan unas palas y un azadón –ordenó el Inspector a sus subalternos

Zorayda, quien permanecía expectante, prorrumpió en llanto, mientras que cubría su cara con sus manos. Señora, le ruego cambiarse de ropa –le dijo el Inspector. Tome sus cosas personales.

¡Debo detenerla! – agregó. Con disimulo hizo señas a dos de los agentes para que la vigilaran.

— Dos hombres musculosos continuaban la labor iniciada por el can. Pronto fueron apareciendo fragmentos de lo que en vida fue un cuerpo humano, guardados en unas bolsas transparentes. El hedor se hizo insoportable.

Luego de una hora de la labor de la exhumación del putrefacto y fraccionado cadáver, las partes fueron trasladadas al anfiteatro municipal, para el examen de rigor por el médico forense.

Zorayda fue llevada a la estación de policía en calidad de detenida. Cubría parcialmente su rostro con una pañoleta gris, para evitar las miradas de las personas que se habían arremolinado al frente de la casa, al notar la presencia de las autoridades.

— La disección del cadáver fue tan bien hecha, que parece haber sido ejecutada por un profesional –opinó el médico legista.

— ¿Cree usted, doctor, que esta mujer fue capaz de realizarla? –pregunto el Inspector.

— Es posible, con la ayuda de una persona que maniobra bien un cuchillo, o quizás, un bisturí. –Dijo el legista, mientras que observaba el cadáver descuartizado que reposaba en la mesa de autopsias.

Un fotógrafo de la fiscalía tomaba fotos de aquel espectáculo dantesco.

— Es necesario encontrar al artista que hizo esto –dijo el inspector, con un gesto de desagrado en su boca.

En esa misma tarde, “El Zarco”, el conductor del taxi que llevó a don Salomón desde el club hasta su casa, fue requerido, para interrogarlo. Sin gesto de sorpresa, se mostró dispuesto a colaborar con las autoridades. Explicó que, cuando llegó a la residencia del comerciante, las luces interiores estaban encendidas. Afirmó que la señora, al asomarse a la puerta, vestía una bata larga, algo transparente.

— Ella tomó al señor por un brazo y rápidamente lo introdujo a la casa. Yo partí de inmediato.

Ante la insistencia de los investigadores, contó que, cuando la señora recibió a su esposo en la puerta, algunas luces del interior de la casa se apagaron.

— Creo que alguien más estaba en esa casa durante la noche del crimen –dijo el Inspector, con un gesto de satisfacción.

A pesar de la insistencia del funcionario y de los demás investigadores, Zorayda se aferraba a negar la participación de otra persona en la ejecución del crimen.

— Estoy casi seguro de que ella encubre a alguien –afirmó uno de los investigadores, con convicción.

Una inspección más exhaustiva a la residencia, permitió a las autoridades encontrar, muy bien guardadas y bajo llave, varias fotos familiares. Había fotos de años pasados, pero también algunas más recientes. En ellas aparecía Zorayda en actitudes cariñosas con un joven de tez morena, de abundante cabellera oscura y patillas largas; lucía, además, un escaso bigote bien acicalado.

Tanto Zorayda como dos de sus parientes reconocieron a Zamyr Teherán como al joven de la foto. Se trataba de un estudiante de medicina, amigo de la familia, quien solía frecuentar, asiduamente, la residencia donde se cometió el crimen.

Las autoridades pudieron comprobar que el joven cursaba el penúltimo año de medicina, en una universidad de la ciudad. Hacía más de quince días que no asistía a clases, aduciendo trastornos de salud.

Sus padres informaron que el joven había viajado, de vacaciones a Venezuela

— Estaba muy cansado y viajó a Maracaibo, a casa de unos parientes –dijo la madre, un poco turbada, cuando se enteró que eran agentes de la fiscalía quienes lo averiguaban.

— ¿De qué se trata? Preguntó el padre de Zamir, con gesto de preocupación.

— Queremos interrogarlo acerca de sus relaciones con la señora Zorayda, esposa del finado, señor Salomón –le dijo el Inspector, en tono pausado.

— Como usted se habrá enterado, el esposo de esta señora fue encontrado muerto en el interior de su propia residencia –agregó el funcionario. Doña Zorayda ha sido detenida para interrogarla más exhaustivamente sobre el caso.

— ¿Pero… mi hijo qué tiene que ver en este asunto? –dijo el padre, mientras que su esposa sollozaba, a su lado, un poco temblorosa.

— Sabemos de fuentes de entera confianza que, entre su hijo y la señora Zorayda existían unas buenas relaciones, que, al parecer, iban más allá de una simple amistad.  Es el motivo de nuestro interés por hablar con su hijo Zamyr.

— Tranquilícese, solo se trata de atar cabos, para aclarar este homicidio –agregó.

A continuación, le dijo:

— Deseo preguntarle a usted: ¿por qué su hijo se fue de vacaciones en época de clases en la Universidad?

— Me manifestó sentirse muy cansado. Me dijo que había solicitado un permiso en la Facultad de Medicina y yo le creí.

— ¿Cuándo regresa de Venezuela? –Preguntó, con voz pausada el funcionario.

— ¡No lo sé! Pero hoy mismo trataré de localizarlo.

— Le agradezco su colaboración. Si tiene noticias del joven, espero que me lo haga conocer –dijo el Inspector y se retiró en compañía de dos agentes.

Cuando ingresaron al carro oficial que les esperaba, el funcionario le comentó a los dos agentes:

— Creo que este joven Zamyr sabe demasiado sobre este escabroso crimen. Debemos localizarlo a como dé lugar.

Zorayda, asistida por un distinguido de la ciudad, fue sometida a un prologado y extenuante interrogatorio. En reiteradas ocasiones argumentó que había dado muerte a su esposo, porque él intento darle muerte con una pistola.

— Cuando llegaba con tragos a casa, solía insultarme con palabras obscenas. En más de una ocasión me golpeó, Hace cosa de dos meses que tuve que ir a una clínica para que me suturaran una herida en la cabeza, que me causó con un pequeño florero que tenía en mi alcoba.

El Inspector comprobó la existencia de una herida en la región parietal izquierda, cuando Zorayda se recogió un poco su abundante cabellera.

Muy nerviosa, continuó su versión:

— Esa noche, cuando llegó a casa, estaba muy borracho. Tuvimos una agria discusión, y amenazó con matarme. Cuando observé que él se dirigió hacia el escritorio, en donde solía guardar el revolver, atemorizada, me fui a la cocina y me armé de un cuchillo –dijo, mientras que sus ojos se anegaban de lágrimas.

Entonces, a petición del abogado, fue necesario suspender el interrogatorio, debido a su estado de ánimo. Por momentos parecía mostrarse serena y el Inspector reiniciaba el interrogatorio. Este le observó:

— Pero el revolver que encontramos, con el cual usted asevera que fue amenazada, no fue disparado.

— Cuando él se me acercó, tambaleándose, pistola en mano, yo hundí el cuchillo en su pecho. El dejó caer el revólver y se llevó las manos al tórax; entonces, yo volví a enterrar el cuchillo en el cuello. Así fue como pasó todo –dijo, prorrumpiendo en llanto.

El interrogatorio fue nuevamente suspendido, a petición del abogado que la asistía.

El informe del médico legista decía que había señales de lesiones cortopunzantes en el corazón, cuello y dos más en la región dorsal, por debajo del omoplato derecho. Decía, además, que se encontró una fractura en la región occipital, “como si el occiso hubiese recibido un fuerte golpe con un objeto pesado”.

Para el Inspector y el Fiscal era inaceptable que aquel horrible crimen hubiese sido cometido por una sola persona. La corpulencia del finado, comparada con la figura delicada de Zorayda, no les permitía convencerse de que ella, y solo ella, hubiese sido capaz de dominar a su marido, un hombre de 1.80 metro de estatura y algo más de 92 kilogramos de peso.

— Alguien debió golpearle en la región posterior del cráneo –aseveró el Inspector, mientras que el Fiscal, con inclinaciones de la cabeza, aprobaba esa opinión.

Pero Zorayda seguía sosteniendo que solo ella, y nadie más, había participado en la ejecución del crimen. El joven Teherán, continuaba desaparecido.

Cuatro meses después, Zorayda fue llevada a juicio. Los argumentos de la defensa se basaron, principalmente, en los antecedentes de maltratos a los cuales fue sometida la acusada por parte de su esposo.

— Su estado mental no era anormal en el momento que atacó a su marido –argumentó el abogado defensor. Los temores represados, de tiempo atrás, la impulsaron a defenderse. Ella obró en legítima defensa.

El juez, luego de escuchar los argumentos de ambas partes, la condenó a doce años de prisión. Las azaleas y las rosas del jardín interior se tornaron mustias.

Zamir Teherán jamás volvió a aparecer por la ciudad.

Medellín, agosto de 2002

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia