Recuerdos

Retazos de existencia #2

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Roberto López Campo (foto)
Neumólogo y escritor
Ex integrante del Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

1. Desde el viejo puente que conducía a la casa, contemplaba el discurrir de las aguas que silenciosas descendían de la montaña.

2. A mis oídos llegaba, como susurros musicales, el surcar de las gélidas aguas en el pedregoso fondo del arroyuelo.

3. El frondoso almendro del frente de la casa, brindaba con sus ramas una extensa sombra que amainaba el sofocante calor del medio día.

4. Ignorante de los secretos de la música, yo no entendía de solfeos, pero de lo que sí estaba seguro era de que aquellas notas llegaban a mis oídos para alegrar las noches en mi alcoba.

5. Con el deseo de plasmar mis recuerdos, escribía sin cesar desde tempranas horas del día. Los personajes los tomaba de la realidad, pero los acontecimientos los transfiguraba por el tamiz de mi espíritu creador.

6. El camino polvoriento que llevaba a casa se veía bordeado por centenarios tamarindos que entrecruzando sus frondosas ramas formaban una bóveda sombría, refrescando la tarde.

7. En el bochorno de la tarde, sentado en una mecedora, el abuelo cabeceaba sin dormirse, mientras que las cigarras clamaban al unísono por unas gotas de agua.

8. Reposando en una hamaca iridiscente, observé cómo azulejos, canarios y colibríes, revoloteaban entre los arbustos y rosales, formando fugaces estelas de colores que hacían más placentera la tarde en la parcela.

9. Luego de una larga caminata, decidimos reposar en unas bancas del parque. El sol se ponía a nuestras espaldas y nuestras sombras se prolongaban, igual que la tristeza que nos embargaba por la reciente muerte del abuelo.

10. Después de muchos meses, una tarde la vi caminar con pasos ligeros, recibiendo el sol de julio, interrumpido por islas de sombras que le brindaban los almendros de la avenida.

11. Se habían separado hacía más de dos años. Sentado en el desván leía plácidamente un texto novelesco, cuando sintió unas pisadas. Volvió la cara
y se enfrentó con la bondad de su mirada.

12. Ella, amiga de presagios y temores, encendió una vela, consumida a medias.  Entonó una oración, en un murmullo, y se hizo la señal de la cruz. La habitación se llenó de sombras danzantes que semejaban figuras deformes.

13. Fue un encuentro casual, después de varios meses de distanciamiento. Se detuvo ante ella. Observó sus grandes ojos como lagos sedientos de calor: miró sus labios, la opulencia de sus pechos, la esbeltez de su cintura, acentuada por el corte del vestido. La estrechó entre sus brazos y unas lágrimas bañaron las mejillas de ambos.

14. Disfrutábamos de nuestras vacaciones navegando por las aguas del caudaloso río. Cuando el barco se deslizaba por las aguas turbulentas, un islote, preñado por el verdor de la arboleda, se veía ceñido por los brazos del río.

15. Cuando regresé aquella tarde a la parcela que fuera de mis abuelos, poco había cambiado. Los pinos estaban espaciados, porque algunos habían muerto. El rumor del arroyo seguía escuchándose como en otrora, trayéndome a la memoria recuerdos de mi adolescencia, cuando correteaba con mis hermanos, disfrutando de las caricias que nos brindaban las frías aguas que descendían de la montaña.

16. Había tenido la voluntad de pensar lo menos posible en los acontecimientos pretéritos que habían agobiado su existencia. Disfrutar de lo inmediato, vivir de lo patente, de lo tangible, había sido su propósito, pero le era imposible.  Muchas vivencias del pasado le habían dejado profundas huellas que, en ocasiones, arrastraba como cadenas.

17. El destino los había separado durante varios meses. Cuando descendió del barco, emocionado corrió hacia ella una vez que descubrió su presencia desde la distancia. La estrechó entre sus brazos y unió sus labios a los de ella.  Indiferentes al entorno, permanecieron así por largo rato.

18. Sentado en una mecedora, he visto al viejo Juan en el corredor de su casa. La acera se ensombrece por los almendros que adornan el frente. El calor se ha mitigado un poco y la modorra hace cabecear al anciano; el periódico que ojeaba ha caído al suelo, cuando la voluntad fue vencida por el sueño.

19. El silencio reinante se interrumpe por el roce de las hojas secas del almendro, que impulsadas por el viento se desplazan, raudas, calle abajo. Cuando el viento se agita los árboles se estremecen y sus ramas danzan como si participaran en un jolgorio carnavalesco.

20. Preocupada como estaba por la cercanía del viaje a un país extraño, no podía conciliar el sueño, en esa noche estival de julio. En ocasiones, el viento suave que circulaba por la avenida movía las hojas de los árboles, simulando unos pasos. Expectante, se asomaba por la ventana sin notar la presencia de un ser humano. Volvió a correr la persiana y se tiró en la cama, tratando de llamar al sueño, que se había mostrado esquivo durante las últimas noches.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia