El poeta de Arenales

Semblanza de un educador

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Roberto López Campo
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Reposando en una mecedora de madera, bellamente tejida con mimbre, leía, con sumo deleite e interés, un texto de historia en el cual se narraban fascinantes acontecimientos de las guerras napoleónicas.

La mañana transcurría placentera en aquel pequeño poblado, cuyas seis dilatadas calles, polvorientas hasta la saciedad, terminaban sumergiéndose en unos pequeños lagos pantanosos, cercanos al caudaloso río, que, indiferente, cruzaba por el frente, para pocos kilómetros más adelante ir a adormecerse en el Río de la Magdalena.

Pueblo de pescadores y artesanos, donde todas las gentes se conocían, los compadrazgos eran abundantes, como abundantes eran los párvulos –de torsos semidesnudos–, que recorrían sus ardientes calles, caldeadas por el inclemente sol tropical.

Absorto en su lectura, bajo un frondoso almendro que refrescaba el frente de su casa, el Maestro Goyo, ocasionalmente suspendía su labor para saludar a alguien que pasaba: –¡Buen día Maestro Goyo! –¡Buen día, niña Juana!, respondía con amabilidad.

Don Gregorio Sotomayor, que ahora sobrepasaba los setenta años, había sido maestro de escuela, director de la Biblioteca Pública Municipal y educador de varias generaciones. Disfrutaba de una pequeña pensión que le permitía vivir decentemente y dedicarse a la lectura de obras literarias, especialmente de contenido histórico que, luego con una facilidad extraordinaria, solía relatar en las tertulias semanales que se verificaban en la Casa de la Cultura. Era un invitado obligado a los festejos de las fiestas patrias y acontecimientos sociales que se llevaban a cabo en aquella población.

Casado con doña Rosalía Martínez del Corral, por su condición de educadora en la Escuela Normal Superior, ella pudo disfrutar –al lado de don Gregorio– de aquellas apetencias literarias de su marido y acompañarlo a muchos de los actos sociales a los cuales él acostumbraba asistir. Católica ferviente, se le veía con frecuencia en la iglesia del pueblo, cubriendo su cabeza con una vaporosa mantilla blanca, de preciosos tejidos arabescos, que uno de sus hijos le había traído de la lejana España. Ella, al igual que su marido, participaba en muchas de las tertulias literarias y actividades sociales que solían realizarse en aquella pequeña población, que, acalorada, dormía a la orilla del apacible río.

Enjuto, de rostro cadavérico, de mediana estatura, con unos poblados mostachos, lucía una melena con matices blanquecinos, que caía desordenadamente sobre sus espaldas, dándole la apariencia de uno de aquellos íconos que adornaban los altares de la iglesia. Con cierta sorna, algunos le llamaban «El Poeta», apodo que el recibía con una forzada sonrisa, sin exteriorizar disgusto. Se diría que más bien aceptaba ese mote con cierto engreimiento.

Sus padres, inmigrantes españoles, que habían llegado a nuestro país a finales del pasado siglo, formaron una familia muy apreciada en la región; poseedora de unas cuantas hectáreas de tierra cultivadas de jugosos cítricos que, a través del río,eran llevados a los mercados de la metrópoli, tuvieron los medios suficientes para enviar a sus hijos a estudiar a la capital. El mayor de los hermanos se tituló de abogado y más tarde viajó a España, en donde estableció su residencia definitiva. El tercero de los hermanos –ya que don Gregorio fue el segundo–, se graduó como médico y cirujano, y se estableció en la ciudad de Bogotá.

Don Goyo quería ser educador y, gracias a una beca, realizó sus estudios en la Normal Superior de Santa Marta. Más tarde, cursó una licenciatura en Historia y Literatura en la gélida ciudad de Bogotá. Luego de ejercer, durante varios años como educador, en varios colegios de bachillerato en la ciudad de Barranquilla, cuando se hubo jubilado, regresó a aquel pequeño poblado a disfrutar de la tranquilidad que le exigían sus otoñales años.

Como Director de la Biblioteca Pública, se interesó por enriquecerla con numerosos textos de orden filosófico, histórico, novelesco y poético, de gran valor universal, que beneficiaron a aquella pueblerina biblioteca y a sus asiduos lectores. Creó un salón exclusivo para los pequeñitos, «para educarlos en el hábito de la lectura y despertarles sus sueños infantiles», según sus propias expresiones. Impulsó la presentación, en el Casa de la Cultura, de poetas y literatos, exposición de pinturas y otras actividades culturales que le hicieron merecedor del respeto y admiración de la gente del lugar.

Cuando el astro sol enardecía y proyectaba sus candentes rayos sobre el poblado, el maestro Goyo continuaba, bajo el frondoso almendro, escudriñando en las numerosas páginas del texto que tenía entre sus manos, los fascinantes relatos sobre la vida y aventuras del famoso corzo.

Solía tomar notas en unas tarjetas rectangulares que él mismo elaboraba, las cuales guardaba -bien organizadas-, en unas cajas de cartón, a manera de archivadores. Les servirían, más tarde, para revisar sus temas de lectura y preparar sus frecuentes charlas, con las que acostumbraba deleitar a los asistentes de la Casa de la Cultura.

Por las tardes, cuando la tenue brisa del norte refrescaba el ambiente, el maestro Goyo solía disfrutar de sus cortos paseos por la Avenida del Río. En ocasiones lo hacía acompañado de doña Rosalía, su compañera de más de cuatro décadas, con quien concibió tres hijos, un hombre y dos mujeres, quienes también alcanzaron títulos profesionales y destacadas posiciones en su vida personal. Ocasionalmente, cuando sus ocupaciones se lo permitían, aquellos agradecidos hijos visitaban a sus ancianos padres en aquel sosegado pueblito.

Durante sus recorridos por la orilla del río se deleitaba conversando con los paisanos del lugar o con los esporádicos visitantes de aquel pequeño puerto fluvial. Como para no perder la costumbre y alimentar su espíritu, algunas tardes gustaba visitar la Biblioteca Pública, en donde había hincado profundamente sus raíces. Era volver a aquellos sitios en donde había sembrado sus sueños e ilusiones, en el declinar de su existencia.

A pesar del cúmulo de años, que le había hecho inclinar un poco sus espaldas, la mente de “El Poeta” lucía despierta e interesada por los asuntos que tenían que ver con la vida de aquel terruño. Sugirió y propició la creación de una Cooperativa de pescadores, mediante la cual los hombres dedicados a aquellas labores pudieran ofrecer el producto de su trabajo con mayores garantías y mejores ganancias.

El marco de la plaza era el sitio ideal para el encuentro vespertino de los pobladores de aquel remanso de paz, pero se volvió insuficiente. El maestro Goyo impulsó, apoyado por las autoridades municipales, la construcción de una avenida, paralela al caudaloso río, -adornada por una rica arboleda-, con silletas de cemento, a lo largo de la cual los habitantes podían recrearse caminando y descansar, luego de sus habituales quehaceres. La avenida se convirtió en un agradable sitio de encuentro y de tertulia para los más jóvenes, en horas de la noche.

El maestro Gregorio de Arenales, cariñosamente apodado “El Poeta”, fue, en el otoño de su existencia, alma y motor de aquel pequeño poblado, recostado en la margen derecha del apacible río. Pocos años después volví a visitar aquel lugar. La avenida del río lucía su nombre: «Gregorio Sotomayor». La Casa de la Cultura ostentaba en su portada el nombre del insigne maestro y una foto suya adornaba el salón principal. En el cementerio, una placa, que adornaba su sepultura, reflejaba -con justicia-, el sentimiento de sus habitantes hacia aquel personaje que tanto aportó para el engrandecimiento de su pueblo: “Aquí yace Don Gregorio Sotomayor, “Maestro de Arenales”, quien siempre se preocupó por la educación y el engrandecimiento del poblado”.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia