Las minas “quiebra patas”: ¡Qué vergüenza!

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo y escritor
Ex integrante del Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Un domingo, mientras paseaba por el parque, contemplé varios grupos de niños, que alegres se divertían, saltando, deslizándote por un pequeño tobogán, colgándose de un par de argollas o, simplemente, haciendo cabriolas sobre el césped. Sus rostros rebosantes de alegría y sus gritos inocentes contagiaban a los mayores que los vigilaban.

Más tarde, frente al televisor, observé con tristeza y un poco de coraje, cómo desfilaban ante mis ojos, hombres y mujeres, y un gran número de niños, con diversas mutilaciones: manos, brazos, piernas. Algunos mostraban deformidades en sus rostros o habían perdido un ojo. Apoyados en muletas o llevando como pierna un rústico pedazo de palo, sonreían ante las cámaras de los reporteros como si el hecho de seguir con vida les bastara para ser felices. Eran algunas de las miles de víctimas que han causado las minas antipersonales.

En el año 2002, según muestran las estadísticas, once mil setecientas personas murieron por causa de estos destructores artefactos. De ellas, dos mil seiscientos cuarenta y nueve fueron niños. No eran soldados.

Se calcula que en todo el mundo hay sembradas unas ciento diez millones de minas antipersonales y que su período de vida útil es de 50 años. Para eliminarlas, se necesitarían más de 300 años. La fabricación de una mina cuesta, aproximadamente, entre US $3 y US $5, mientras que desactivarla, alrededor de los US $1.000 y muchas vidas al intentar hacerlo.

Existen más de cien (100) variedades de minas antipersonales, ocultas en zonas rurales, veredas, campos de siembra, y, aún, en la periferia de pequeños poblados, por lo cual puede explicarse que la mayoría de las víctimas sean mujeres y niños quienes, por simple curiosidad o ignorancia, las detonan, pagando con sus vidas o sufriendo grandes mutilaciones o, cuando menos, alteraciones psíquicas difíciles de remediar.

Afganistán, Angola y Camboya reúnen el 85% de los muertos por causa de las minas antipersonales. En Bosnia, años después de terminada la lucha fratricida, aún siguen causando víctimas. En Centro América, durante las guerras de la década del 80, se sembraron cientos de estos artefactos que aún siguen lacerando miembros de campesinos y destruyendo vidas inocentes.

Colombia no está excluida de esta desgracia; el conflicto armado, por más de tres décadas, ha dejado cientos de lisiados entre la población civil, las fuerzas armadas y los mismos guerrilleros. La mayoría de los civiles afectados ha sido niños. Los niños que, ignorantes del peligro que representan, las han tomado entre sus manos en la creencia de que era un juguete. Los niños que, inocentes, transitan por las veredas de nuestros campos, las han pisado por simple casualidad. Los niños, seres en proceso de crecimiento, se ven expuestos a una rehabilitación dispendiosa y muy costosa, si el Estado no les proporciona los medios necesarios, considerando que, en su gran mayoría, proceden de estratos sociales bajos. Las minas antipersonales, por sus fatales daños, les impide su sano desarrollo y les dificulta su adaptación al entorno y su acceso a una plena educación.

Colombia, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia “UNICEF”, es el único país de Sudamérica en donde aún persiste la instalación de minas antipersonales. Uno de cada 3 soldados muertos este año en nuestro país ha sido víctima de las minas antipersonales. Su siembra es una táctica silenciosa, infame, perversa y muy letal.

Álvaro Jiménez, Coordinador de la Campaña “Colombia contra las minas antipersonales“, sostuvo que 537 municipios del país están sembrados de minas antipersonales. En los últimos años se han reportado 609 personas muertas a causa de estos peligrosos artefactos.

La Asamblea General de las Naciones Unidas celebrada en diciembre de 1996, adoptó una Resolución por 156 votos a favor, ninguno en contra y diez (10) abstenciones, que instaba a los gobiernos del mundo a que buscasen, de manera perentoria, un acuerdo internacional para la prohibición absoluta de las minas antipersonales. Este llamado tuvo eco más tarde en la Convención de Ottawa (Canadá), cuando declaró: 1. Deberán destruirse las reservas de minas antipersonales en un plazo de cuatro (4) años, desde el momento de la firma del tratado. 2. A partir de su adhesión al acuerdo, los países comprometidos deberán entregar un informe en el cual hagan constar su total existencia y la localización exacta de aquellas zonas sembradas con estas armas destructoras. Los países comprometidos deberán dar asistencia tanto de información y prevención, como en rehabilitación a la población civil.

Veintinueve (29) países de América firmaron el convenio, entre ellos Colombia –que padece este flagelo-, mediante el cual queda rotundamente prohibido el uso de las minas antipersonales.

Pero, los Estados Unidos de América, así como Rusia y la China, se abstuvieron de firmarlo. Ellos las fabrican y las suministran a los países en vía de desarrollo. Es un vil y repugnante negocio. Es un menosprecio al derecho a la vida y a los derechos humanos, que tanto dice defender el país del Norte.

Actualmente se reúnen en Nairobi (Kenia), en el África Oriental, más de 140 países que pretenden darle más fuerza a la prohibición del uso de las minas antipersonales, pero ni los Estados Unidos de América, invasor por excelencia, ni Rusia, ni la China, harán acto de presencia. Su poder reside en las armas, no en el raciocinio, y no desean dañar un negocio tan fructífero.

Medellín, 30 de noviembre de 2004

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia