Un país agrietado

Tomado de: www.elespectador.com

Por: Saúl Franco Agudelo
Médico Social

(Artículo publicado originalmente el 18 de mayo de 2021)

Vivíamos en medio de grandes tensiones. Inclusive hablábamos de polarización política. Pero el paro nacional ha significado un salto de la tensión a la ruptura. Hoy en Colombia debemos reconocernos como un país agrietado, roto. Siguiendo de cerca el desarrollo del paro, he ido identificando algunos puntos de ruptura, que pueden ayudar a entender lo que nos pasa como país.

La ruptura más importante es la de la juventud con el modelo de sociedad que tenemos. Sin duda los protagonistas de estas masivas movilizaciones han sido los y las jóvenes. Y no sólo los estudiantes de secundaria y universidades, como en otros casos recientes, sino toda la juventud, en especial la de los barrios populares y de las clases medias y de menores ingresos que han estudiado con enormes esfuerzos y no consiguen trabajo ni formas de aplicar lo aprendido. Más allá de la pandemia, que ha agravado pero no producido la inequidad y la marginación, y del proyecto de reforma tributaria, que fue el detonante pero no la causa de las protestas, se trata de un grito juvenil de desesperanza porque no encuentran espacio en la sociedad, porque se sienten excluidos y, además, en desacuerdo con muchos de los valores dominantes y de las formas de organización y participación política, económica y social. No es sólo el desempleo o el hambre, es el no futuro. Y como el desespero ha desbordado la protesta y esta se ha exacerbado por una respuesta lenta e inadecuada por parte del gobierno y desproporcionada por parte de la fuerza púbica, hemos llegado a unos niveles de agresividad e irracionalidad que oscurecen el horizonte y hacen casi imposible la interlocución.

La segunda ruptura es de tipo clasista y racista. Ha estado latente desde la Conquista, pero poco a poco se ha ido haciendo inocultable. Y con el paro explotó. Es nacional, pero se evidenció en Cali hace un poco más de una semana cuando civiles “de bien y de blanco” de los barrios más ricos del sur de la ciudad dispararon sus armas contra la minga indígena, ante la mirada tolerante o complaciente de miembros de la fuerza pública. Se evidenció también en el trato dado a los jóvenes del barrio Siloé. Y alcanzó un pico emblemático en el chat de una colega caleña averiguando dónde había que ir a consignar dinero para que las autodefensas maten mil indios. Padecemos una mezcla de elitismo y racismo fermentada durante 500 años al calor de las luchas por la tierra, por la lengua, por los símbolos, por el poder, que sigue animando las confrontaciones y que ahora nos explota en la cara y nos interpela implacable. Empeora el panorama la ligereza del gobernante de pedirle a la minga indígena que regrese a sus resguardos, como si se tratara de niños desobedientes que invaden a deshoras las calles de los adultos. Esta grieta elitista-racista, profunda, dolorosa e intencionalmente encubierta, está reclamando con este paro un tratamiento etiológico, de fondo, sin más paños de agua tibia ni aplazamientos irresponsables.

Y la tercera ruptura que el paro está agravando es la existente entre el gobierno y la sociedad. No sólo se supone, sino que se espera que los gobiernos interpreten los intereses mayoritarios de la sociedad y canalicen sus esfuerzos hacia la garantía de los derechos, en especial a la vida y el bienestar. En los momentos de crisis se hace más urgente y necesaria esa función de captar lo esencial-común y de timonear el barco en la dirección correcta. La incapacidad para escuchar y entender a tiempo el clamor de la protesta, para anteponer los intereses colectivos a los personales o de los grupos cerrados del poder, y para aplicar los tratamientos requeridos y no las descalificaciones que estigmatizan o la fuerza que mata y desencadena mayor violencia, está llevando a que esta grieta en lugar de cerrarse se profundice y se haga más dolorosa cada día. Con el agravante de aumentar tanto la desesperanza colectiva como la deslegitimación institucional. Un diálogo de sordos o unos acuerdos sin dientes ni agallas para hacerse realidad en campos esenciales y en plazos razonables serían sólo un sedante pasajero o un parche en una grieta que de inmediato volverá a aparecer y a propiciar la caída total de la estructura.

Las grietas son señales de alarma. Y cualquiera, por pequeña que sea, requiere atención inmediata. En Colombia no estamos ante una pequeña grieta. Este paro nos está evidenciando un país agrietado, y con grietas estructurales, no superficiales. Sería tan torpe desconocerlo como pretender disimular sin ir al fondo. Teniendo claro, además, que en una casa agrietada nadie está a salvo y todos estamos en riesgo. Es hora de sacudirnos y reaccionar todos antes de que la casa se nos venga encima.

Tomado de: www.elespectador.com