Retrato de Margot

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico asmedista Roberto López Campo (foto)
Neumólogo, Escritor
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Solterona obligada, desde cuando se dedicó a cuidar a una tía, su madre adoptiva, bajo cuyos principios católicos y moralistas se hizo imposible que se le acercara un pretendiente, Margot vivió su apropio infierno y digirió su frustración, hasta cuando el tiempo comenzó a mostrarle en sus sienes unos mechones cenicientos, que ella trataba de ocultar con tinturas y mejunjes diferentes.

A falta de un consorte o de un amante encubierto y, por supuesto de hijos, volcó todos sus sentimientos de madre frustrada hacia un buen número de sobrinos quienes, a pesar de sus manifestaciones de cariño, solían tomarle el pelo con suma frecuencia y alterarle el genio, que la llevaban a la angustia y a la desesperación.

Recelosa para manifestar sus años, solía ocultar su verdadera edad, a pesar de los insistentes requerimientos de aquellas indomables fierecillas, que en más de una ocasión le hicieron derramar puñados de lágrimas.  Pero su corazón y su bondad, tan grandes como un inmenso mar, no le permitieron engendrar el rencor y aplicar la venganza para quienes la fastidiaban y alteraban su cotidiana labor hogareña. Antes, por el contrario, servicial y amable solía mostrarse con todos los que le acompañaban en casa.

¿Y qué decir de aquellos chiquillos inquietos que, para toda ocasión, recurrían a sus favores? Ella los consentía hasta la saciedad y durante muchas noches dormían en su regazo.  Cuando viajaba la capital, retornaba con un costal lleno de regalos y golosinas, que ella repartía con espontánea alegría entre sus pequeños verdugos.  Durante muchas tardes la vi sentada a la orilla del arroyo, de aguas transparentes, cuidando a los sobrinos, que alegres chapuzaban en un pequeño charco de aguas apacibles. Se deleitaban lanzándole puñados de agua a la cara, que ella aceptaba con cierta complacencia.

Enjuta y de rostro seco, en su cuello y en sus manos, unas manchas blanquecinas de carate contrastaban con el cobrizo de su piel, requemada por el sol que debía soportar en sus faenas diarias en aquella parcela en donde había transcurrido la mayor parte de su existencia.

Montaba a caballo con gran habilidad y manejaba la fusta con elegancia y delicadeza evitando maltratar los animales que ella gustaba cuidar con sumo empeño. Ellos parecían comprenderle las palabras que gustaba susurrarles al oído. Con relinchos alegres la recibían, cuando en las mañanas se acercaba para llevarles el pienso y la melaza, que ella vaciaba en un par de canecas de madera, situadas bajo un techo de zinc, en el centro del corral impregnado de un aroma de boñiga.

Cuando el sol caía sobre el horizonte y la tarde refrescaba, Margot formaba corrillos con los pequeños, leyéndoles historias y aventuras que enriquecían su imaginación. En ocasiones, entonaba canciones infantiles que los niños coreaban y aprendían con suma facilidad.

No era raro verla corretear, a la par de los muchachos, compitiendo, con gran desventaja, para llegar a la meta que se habían fijado y que casi siempre ellos alcanzaban de primeros. Fatigada por el esfuerzo, descansaba en una roca que adornaba la entrada de la parcela, sombreada por las ramas de un inmenso roble, mientras que los chicos, alborozados, reían a carcajadas. Ella, con la respiración jadeante, inclinando su cuerpo y apoyando sus manos en las rodillas, mientras que el sudor bañaba su rostro, sonreía satisfecha soportando la burla cariñosa de los chiquillos.

Una de las niñas, con gesto afable se acercaba a Margot para enjugar su rostro, ahora enrojecido por el esfuerzo, mientras que Manuel, el mayor de los niños, la tomaba de los brazos, agitándola, con el pretexto de mejorar su respiración. Entonces, el jolgorio no se hacía esperar y todos reían alborozados, acompañando sus bufonadas con gestos burlescos, a los cuales Margot se unía jubilosamente.

Por las noches, cuando el gramófono, con el perrito de la Víctor en su portada dejaba escapar las notas melodiosas de un vals o de una tonada española, los niños, entusiastas, formaban un corrillo y danzaban al compás de las notas emitidas por el fonógrafo. Margot dirigía la función, animándoles con las palmadas.  Cuando exhaustos y rendidos por el sueño se acurrucaban en los sillones de la sala, Margot los tomaba en sus brazos para llevarlos a la cama, diciendo una oración a nombre de ellos.

Cuando crecieron y sus obligaciones estudiantiles no les permitieron ir con mayor frecuencia a la parcela, los encuentros con Margot se hicieron más esporádicos, pero ellos siguieron recordando las aventuras compartidas con aquella compasiva mujer quien, a pesar de los agravios recibidos, siempre tuvo manifestaciones de cariño para ellos.

Margot no tuvo hijos… pero… aquellos niños hallaron en esa bondadosa mujer, una amiga y una madre.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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