Ana «demente»

Cumplir treinta

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médica Ana María Medina H.
Anestesióloga U. CES

Algo que agradezco mucho de mi formación médica es que pude disfrutar espacios en los que se hablaba de todo menos de medicina. Qué aburrido y peligroso hubiera sido pasar nueve años sin estos espacios.

La semana pasada recordé la rotación de anestesia obstétrica en el Hospital General de Medellín y al profe Pérez cuando me hablaba de Wittgenstein y decía “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

Todo lo que estoy escribiendo, empezó a darme vueltas en la cabeza cuando vi esta imagen de una marcha.

No entendía por qué era necesario decir algo tan obvio, hasta que conocí el contexto.

La imagen respondía a un comentario que hizo un estudiante de una universidad privada de Bogotá, que se había vuelto viral en Twitter: “El día que una persona de música valga más que una de medicina aceptaré perder clases por la muerte de un ñero sin relevancia alguna en nuestra sociedad.”

Creer que una vida vale más que otra es lo que hace posible ignorar masacres.  Es lo que hace posible que, para muchos, las 6.402 víctimas de falsos positivos sean solo un número sin trascendencia.

Hoy, a mis 30 años, después de haber crecido en condiciones dignas, después de haber tenido acceso a la educación que muchos no tienen, me reviso, y veo que ese impulso de llevar la contraria y de no tragar entero, que se despertó en mí cuando era adolescente, persiste.

También me doy cuenta de lo mucho que he cambiado. Por varios años fui más rígida, no veía la escala de grises. Pensaba que había personas buenas y personas malas. Que los malos eran monstruos, los deshumanizaba. Decía que parte de la solución a los problemas de la sociedad era meter a “los malos” a la cárcel, porque así quedaríamos solo los “buenos”.

Hoy, hago el ejercicio de cuestionarme e intento no ser implacable cuando me equivoco, ni cuando lo hacen los demás porque, al fin y al cabo, nada es más humano que cometer errores. Me esfuerzo en tratar de entender por qué el otro piensa distinto, y en ese proceso reflexiono sobre la importancia del lenguaje.

Creía que las certezas eran más que las dudas, y hoy sé que no es así.

Me intriga el significado de la frase “somos gente de bien”, cuando los que la dicen no consideran que los derechos humanos sean fundamentales, sino más bien negociables. Si eso es ser “gente de bien”, no soy ni quiero serlo.

Me permito dudar de los que dicen ser apolíticos. El silencio es político. Querer que las cosas sigan como están, porque para mí es más cómodo, es político. Si ante una situación de injusticia no alzo la voz, me estoy parando del lado opresor.

Me hago preguntas de ese consejo que nos repiten desde niños: “Estudie algo que sea útil para la sociedad”.  ¿En qué medida soy útil para la sociedad?  ¿La utilidad es crecer el capital?  ¿Ser una mujer profesional me hace más útil?  Nuestro sistema funciona por las mujeres que hacen el trabajo del cuidado no remunerado, que no se nos olvide nunca que son ellas las que nos sostienen.

Siento malestar cuando oigo frases como: “El pobre es pobre porque quiere” y “salir de la pobreza es solo cuestión de actitud y de ganas”, y pienso que quizás, si las replanteo de otra forma, la gente se daría cuenta de lo que está diciendo: “el que no se gana la lotería es porque no quiere” y “ganarse la lotería es solo cuestión de actitud y de ganas”.

Me pregunto cómo quebrar un vidrio hace que alguien merezca ser asesinado. Busco en el diccionario el significado de vándalo: “1. adj. Dicho de una persona: que comete acciones propias de gente salvaje y destructiva.».  ¿Cuántos señores encorbatados, ajenos a las calles, cumplen con esta descripción?  Por ejemplo, según la definición, los promotores de la ganadería extensiva son vándalos, pues ¿Qué es más salvaje y destructivo que acabar con los bosques?

Vuelvo a la imagen del principio y concluyo que es necesario decir que mi vida vale lo mismo que la de un estudiante de música, vale lo mismo que la de un ñero, vale lo mismo que la de un policía y vale lo mismo que la de un vándalo.

30 años y sigo estallando burbujitas, de esas que forman el plástico con el que empacan las cosas frágiles, porque lo disfruto, aunque algunas sean más satisfactorias de estallar que otras. Y así parezca que no quedan burbujas y me sienta cansada, seguiré buscando hasta que encuentre otra intacta, corriendo el riesgo de quedar desprotegida y quebrarme. Porque decidí resistir, como nos enseñó Fernando González, viviendo a la enemiga.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia