Los presagios de Brunilda

Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Hacía más de dos semanas que disfrutábamos de nuestras vacaciones del mes de agosto. Pronto habríamos de retornar a los estudios en la Escuela Pública. Un grupo de niños se divertía, escondiéndose tras la arboleda cercana al rancho, y sus gritos llenaban el ambiente rompiendo la quietud de la tarde veraniega.

El sol de agosto había recalentado el día y ráfagas de calor laceraban sus cuerpos y empapaban de sudor sus camisetas. Llenos de energía, no parecían fatigarse, y se dedicaban a encantadoras travesuras, que provocaban carcajadas a los mayores que reposaban en hamacas y mecedoras en el corredor de la casa.

La tarde resplandecía, cuando súbitamente el cielo empezó a oscurecerse. Unos nubarrones grises encapotaron el firmamento y un estruendo repetido se deslizó sobre sus cabezas, llenándolos de temor y anunciándoles la llegada de un torrencial aguacero. Con apremio, aquel grupo de chiquillos corrió a guarecerse bajo la techumbre de zinc que protegía al establo. Dos caballos y una yegua, allí encerrados, se mostraban intranquilos.

Cuando la lluvia, acompañada de granizos, se precipitó sobre la tierra recalentada, nubes vaporosas ascendieron en torbellinos. La lluvia de granizos martillaba, en forma persistente, el techo de la caballeriza y los animales se encabritaron tratando de salir de su guarida, que ahora también servía de refugio a los niños. Atemorizados por los truenos y los relámpagos, habían querido protegerse en aquel sitio. El establo, situado a unos sesenta metros de la casa, no brindaba verdadera protección a los pequeños. El peligro era mayor, dado el estado de agitación de los animales.

El viejo Fruto, mayordomo fiel de aquella familia, con el terror pintado en su rostro, se dirigió hacia la caballeriza al rescate de los niños, portando una gruesa lona. En compañía de Miguel, un joven trabajador de la finca, formó una especie de carpa, bajo la cual llevaron a la casa a Samuel y Carmela, los más pequeños, que lloraban atemorizados. Los otros, de mayor edad, reían nerviosamente. Sus padres y sus abuelos, con toallas y frazadas corrieron a protegerlos.

El aguacero se había convertido en un verdadero vendaval. El viento arreciaba con mayor fuerza y las láminas de zinc del techo del corral se agitaban con deseos de volar; una de ellas, en el sitio donde antes estuvieron los pequeños, se elevó y viajó varios metros lejos de la caballeriza. «Azabache», un fornido caballo del color del ébano, juntó todas sus fuerzas y rompió la baranda de protección de la cuadra y escapó raudo hacia la dehesa, ahora cubierta por el agua y los trocitos de hielo, que habían caído cuando el cielo se desgarró.

Las araucarias, que majestuosas dominaban el frente de la casa, se balanceaban ante la fuerza del vendaval, desafiando su fiereza. El bramido de la quebrada, que corría cercana a la casa, llegaba a nuestros oídos con un rumor de muerte. Temíamos que se desbordara y sus aguas, enloquecidas, arrastraran el rancho.

–¡No teman! –dijo el abuelo. –La casa fue levantada en esta pequeña colina previendo situaciones semejantes.

Por no asustar a los presentes, el abuelo no se atrevió a rememorar aquella noche de octubre, treinta años atrás, cuando una borrasca semejante o más violenta que la de ese día, arrasó la casita donde tranquilamente convivía con Isabel y sus pequeños hijos. Estuvieron a punto de perecer. Ese acontecimiento fatal le obligó a trasladar su casa a un sitio diferente. En esa ocasión la porqueriza fue asolada por la corriente y los troncos, que enloquecidos viajaban ocasionando muerte y destrucción. La platanera y el yucal se inclinaron ante la fuerza del agua, y sólo tristeza y desolación quedaron, como fieles testigos de aquella noche tenebrosa.

Pero el abuelo era joven y lleno de energías –que aún conservaba en gran parte–, y con tenacidad y dedicación reconstruyó su vivienda en esta pequeña colina, donde confiaba que no se repetiría la tragedia de antaño.

Brunilda, solterona protegida de los abuelos, con sus manchas blanquecinas, como sello indeleble que el carate había dejado en su cara, extremidades y… vaya uno a saber en qué otros sitios de su enjuto cuerpecillo, supersticiosa a morir y llena de prejuicios; poseedora de mil historias sobre brujas y hechiceros, con un rosario en la mano hacía rogativas a los dioses y a una docena de coloreadas estampas de santos que adornaban –silenciosamente–, un pequeño altar fijado a la pared de su dormitorio, para que cesara la tempestad..

Entonces, como si le hubiese llegado un mensaje del más allá, con gesto adusto sentenció: –¡Y mañana puede ser peor! –¡No olviden que es veinticinco de agosto y el Diablo estará suelto!

Los pequeños, atemorizados, buscaron protección entre los brazos y las faldas de sus abuelos y de sus madres. El abuelo le lanzó una mirada acusatoria y recriminó su actitud: –¡Brunilda, por favor! – ¡Deje de inventar historias que atemoriza a los niños!

Brunilda, con su mente envenenada de ángeles y demonios, se sostuvo en su afirmación y dejó escapar una caustica sonrisa. Tales historias las había escuchado de una vieja tía, que a su vez había recibido esa información de su madrastra, «hace muchos años». No satisfecha con su diabólica aseveración, sostuvo que Lucifer vendría el veinticinco de agosto, por un alma joven, para cobrar el pacto que había establecido con algún ser humano acá en la tierra.

Entonces, los niños estallaron en llanto, y el temor infundido por los presagios horrorosos de la fastidiosa solterona obligó a padres y abuelos a dormir con los pequeños. Brunilda, reprendida severamente por el abuelo, refunfuñando se dirigió a su dormitorio, llevando en sus manos el rosario que nerviosamente hacía correr entre sus esqueléticos dedos.

La lluvia había amainado. El cielo estaba en calma y menos denso, pero la quebrada seguía dejando escuchar sus bramidos, en su loca carrera hacia el ancho río. Los animales, que antes estuvieron excitados, ahora estaban tranquilos. Tan sólo se escuchaba el aullido doloroso de un perro, posiblemente herido, allá a lo lejos. El abuelo comentó:

–No escucho a los animales; menos mal que están bien protegidos… esa borrasca hizo mucho daño. ¡Mañana veremos!

Continuó lloviendo gran parte de la noche, de manera pausada. El ronquido de la quebrada fue disminuyendo paulatinamente, pero fue difícil conciliar el sueño. En ese nervioso insomnio, en varias ocasiones escuché los delicados pasos del abuelo que rondaba la casa sin poder dormir. No cabe la menor duda de que su preocupación era grande; presentía que el vendaval y la borrasca habían causado mucho daño.

Al amanecer, la llovizna había cesado. La mañana era muy lúcida y el sol empezaba a insinuarse en medio de los pequeños cerros, al este de aquel valle. El riachuelo, que anoche bramaba por la furia de las aguas, hoy se mostraba plácido y transparente, dejando apreciar algunos pececillos de colores.

Pero el abuelo, que muy temprano había salido a recorrer la parcela, regresó con el rostro compungido. La potencia de las aguas, que habían desbordado la quebrada, y el vendaval del día anterior, arrasaron la platanera y el yucal. El sendero que conducía al camino principal era un lodazal, difícil de transitar.

«Azabache», el precioso corcel, que durante la borrasca había escapado de la cuadra, con paso lento se acercó a la casa, rengueando de su remo delantero derecho.

El abuelo le acarició con terneza y el potro pareció comprender el gesto afable; le revisó detenidamente, buscando detectarle una lesión.

–¡No parece haber fractura!… sólo un golpe, dijo, satisfecho. ¡Le aplicaré hielo y caraña! –En pocos días sanará. ¡Él sabía de caballos! Su vida había transcurrido entre ellos.

En el gallinero, algunas aves habían perecido ateridas por la granizada. Varios pollos, sin vida, aparecían regados en el suelo. El desolador panorama era impresionante. Muchas horas, muchos días de trabajo, de dedicación a la parcela, ahora se veían menoscabados por aquel imprevisto vendaval. El anciano, cabizbajo y taciturno, murmuró algunas frases poco comprensibles, y luego, dirigiéndose a Isabel, le dijo:

–¡Sírveme un café caliente!… Mañana será otro día para empezar de nuevo.

Una pestilencia, muy tenue, enrarecía el ambiente. Un enjambre de gallinazos danzaba, muy bajo, en un sitio cercano a la quebrada. Era una danza de muerte, silenciosa. Algo rígida, con su vientre hinchado, una vaca yacía en la orilla del riachuelo, atrapada en medio de unos rollizos troncos. Pronto, muy pronto, aquellas hambrientas aves descenderían a alimentarse y harían su sanitaria limpieza.

Los chicos, no alcanzando a comprender la penosa situación del momento, se mostraban alegres y vivarachos. Correteaban por el frente fangoso de la casa, salpicando sus vestidos. Elías, uno de los pequeños, perdió el equilibrio, resbaló y quedó convertido en un verdadero muñeco de barro; los otros chicos estallaron en risa y aquél debió irse al baño, de inmediato.

Llegan noticias del vecindario. Dicen que durante la creciente del río, cuando se bañaba en la orilla, se ahogó Juanita.

–¿Cuál Juanita? – preguntó Isabel, sorprendida.

–Pues… Juanita, la hija del señor Horacio y la señora Carmen, los que trabajan en la finca del señor Varela. –aclaró José Manuel, portador de la infausta noticia.

–¿Varela, el negro grandote?… ¿el que tiene un pacto con el Diablo? – preguntó Brunilda.

–¿Vuelve usted con sus historias? –la reprendió Isabel.

Pero Brunilda, más apasionada, por efecto de la noticia, comentó:

— Dicen que los hombres o las mujeres que tienen pacto con el diablo, deben ofrecerle un ser humano en cada año. –¿Qué mejor día que el de hoy, 25 de agosto, cuando está suelto?

De tiempo atrás corrían los chismes de los pactos diabólicos del «Negro” Varela. Enorme, semejando a un gigantesco jugador de baloncesto, el viejo Varela solía sentarse al frente de su hacienda, que lindaba con el ancho y caudaloso río, plagado de peces y unos saurios, de mediano tamaño, que los poblanos llamaban babillas, a contemplar su ganado, que pastaba en la dehesa. Muchas personas sostenían que era una estrategia del mismo Varela, para mantener alejadas a las gentes del lugar, de su extensa finca rica en frutales. Otras, fieles creyentes de demonios y brujas, como Brunilda, temían su presencia y daban crédito a aquellas fantasiosas habladurías.

El cadáver de Juanita no había sido hallado; un grupo de vecinos lo buscaba río abajo. Durante el resto del día fueron llegando noticias desagradables: el puente de madera, que servía de paso hacía la estación del ferrocarril, sufrió severas averías en varios de sus pilotes y se había inclinado un poco, comentó don Tomás, quien acababa de llegar del pueblo.

–Varias casas fueron arrasadas por la corriente, allá, en la parte baja del poblado –agregó Joaquín, el hijo de don Tomás.

El abuelo, con Miguel y el viejo Fruto, limpiaban los alrededores de la casa, invadidos de troncos, hojas de plátano y ramos diversos, arrancados por la fuerza del vendaval. Los peones arrumaban la basura, esperando que el ardiente sol de aquel verano la resecara y pudiera arder mejor.

Para el medio día, cuando el sol calentó con fuerza, la tierra pantanosa empezó a acartonarse. La quebrada, más calmada, apenas sí dejaba escuchar un murmullo muy leve. La corriente lentamente se escurría entre las peñas, blancas y grisáceas, que cubrían su fondo, formando un rosario de burbujas que se perdía en el caudal del riachuelo.

En un remanso de la quebrada, los niños, vigilados por los mayores, disfrutaban de las tibias aguas, saltando e intentando dar brazadas. Se correteaban unos tras otros y con sus manos salpicaban los rostros de las madres y tías, que desde la orilla observaban sus travesuras. Era una tarde esplendorosa. El sol, cercano al horizonte, descendía como una bola de fuego –de un rojo anaranjado-, desprendida del firmamento. A poca distancia, una multitud de garzas, de penachos grises, se balanceaba en las ramas esparcidas por la llanura.

Empezó a oscurecer y el cielo se tornó de un azul profundo, salpicado de titilantes estrellas. La luna, con su azulino resplandor, apareció tímidamente en el horizonte para hermosear mucho más aquella noche de agosto.

Se escucharon rumores, a baja voz para no asustar a los niños.

–El cadáver de Juanita fue hallado, unos tres kilómetros más abajo del sitio donde se bañaba… cerca de la finca de los Martínez. –Dicen que estaba incompleto, como si la hubiese mordido un caimán… ó…, tal vez una babilla –comentó Miguel.

Al escuchar la noticia, Brunilda, con una expresión de triunfo, en tono discreto, como se lo exigían las circunstancias, manifestó:

–¡Se los dije, que el Diablo estaría suelto! ¡Ese negro Varela se la ofreció como pago de sus deudas!

Con una sonrisa en sus labios se dirigió a su alcoba.

Mayo de 2001

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia