Nostalgia de un viernes

Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de escritores ASMEDAS Antioquia

Sábado por la tarde; amenazaba lluvia. El cielo se cubría de algunos nubarrones y a lo lejos se escuchaba el fragor de los truenos, presagio de una tarde emparamada. Mi tristeza era inmensa. Revoloteaba por mi mente la escena de la tarde anterior, cuando la vi salir de la fábrica de hilados, en donde ella laboraba como secretaria.

Es verdad que no habíamos concertado una previa cita, pero yo ansiaba encontrarme con ella, estar con ella, cuya imagen perturbaba mis cotidianos quehaceres desde hacía algunos meses.

Tal vez me había ilusionado demasiado: mis encuentros con ella, nuestras idas al cine, los paseos por aquel bosquecillo, en el que nos deleitábamos escuchando el canto de los pájaros y admirando el verdor de la naturaleza, habían despertado en mí la sensación, casi la certeza, de un real acercamiento entre ambos.

¡Se le veía tan seria, tan responsable! A su elegante figura y a su rostro juvenil, sumaba una sonrisa encantadora. Había causado tal impresión en mí, que deseaba verla con suma frecuencia. Su aroma me embriagaba y, aún, horas después, distante de ella, seguía ocupando los rincones de mi habitación.

Muchas tardes fui a esperarla a la salida de la fábrica. En ocasiones, el portero me informaba que había partido.

–“Mañana debo llegar más temprano” –me decía, esperanzado.

Las primeras gotas de la lluvia vespertina de aquel sábado, empezaron a desgajarse del cielo emborrascado. Aceleré el paso. Casi corría, como lo hacía mucha gente en la Avenida Junín, que en esa tarde lucía atestada. Recordé a Maggi, la pequeña mesera del Café Latino; me dirigí hacia allá. Sólo dos cuadras más tendría que caminar. La lluvia había arreciado, así que cuando llegué al café estaba empapado.

A media luz, adornado con algunas bombillas amarillentas, el ambiente del Café Latino era un poco lúgubre. Un bolero, entonado por una bella voz femenina, matizaba aquel salón, sitio de encuentro de hombres solitarios o amigos rutinarios que allí solían encontrarse para hablar de vaguedades y matar el tiempo. Fueron necesarios algunos segundos para que pudiera adaptarme al penumbroso escenario. Una vez que lo hube logrado, con mi mirada escrutadora recorrí todos los rincones del lugar, pero no pude encontrar a Maggi.

En ocasiones anteriores había frecuentado el cafetín. Allí conocí a la pequeña y acanelada Maggi, quien, por causa de la violencia en el Valle, había emigrado, con su madre y dos hermanos hacia Medellín. Con escasos estudios, apenas la primaria y dos años de bachillerato, debió emplearse, para desempeñar varios oficios, en una casa de familia. Como producto de un fugaz amorío, le quedó una niña que apenas contaba con cuatro años. De tez morena y redondeada, ojos achinados, labios horizontales y delgados, Maggi era una joven de maneras delicadas y de buen hablar, a pesar de su poca instrucción. Laboraba en ese bar para educar a su hija y ayudar a su madre, quien cuidaba de la pequeña durante sus ausencias

Pregunté por ella a una de las jóvenes meseras del café.

–Viene a partir de las cuatro de la tarde –me dijo, con gesto amable.

El reloj de pared marcaba las tres y veinticinco. Le pedí que me sirviera un aguardiente, luego de ocupar una mesa solitaria en un rincón del bar, mientras que escuchaba la voz de María Luisa Landín, interpretando un bolero muy cadencioso. Contenía versos que narraban ilusiones y desengaños; entonces, mi tristeza fue mayor al recordar los acontecimientos de la tarde del viernes.

Intentaba leer un texto que llevaba conmigo, pero la pobre iluminación y mi estado de ánimo no me permitían avanzar en mis propósitos. Saboreaba el aguardiente, bebiéndolo a sorbos. Con alguna frecuencia dirigía la mirada hacia la entrada del café, con la esperanza de encontrar a Maggi.

Poco antes de las cuatro, a contraluz, le vi ingresar al cafetín, sacudiendo lateralmente su cabeza para deshacerse de algunas gotas de agua que habían mojado su cabellera. Me descubrió en aquel rincón, en donde ahora mascullaba mis penas y la esperaba un poco ansioso.

–¡Hola! –me dijo, con una alegre sonrisa, que me permitió observarle su blanca dentadura y dos hoyuelos en sus mejillas. – ¡Ya regreso, voy a cambiarme! –agregó, con voz muy queda. Le tendí mi mano y con un movimiento de cabeza asentí. Yo pedí otro aguardiente; creo que fue el tercero.

Pocos minutos más tarde vi acercarse a Maggi. Lucía un delantal a rayas verticales, verdes y blancas, encima de un vestido verde oscuro, y una cofia, sostenida en sus laterales por dos hebillas en forma de pequeñas mariposas, de alas azuladas con visos negros, que hacían un bello contraste con el tinte azabache de su pelo. Parecía más juvenil que de costumbre. Me recordó a una joven auxiliar de enfermería del hospital o tal vez a una simpática niñera –así menuda como Maggi–, que había visto recientemente en una película, en el Teatro Junín.

No pude evitar reírme cuando se me acercó a la mesa.

–¿Te burlas de mí? –me preguntó, con gesto serio.

–¡No, estás encantadora! –le respondí. Volvió a sonreír y se retiró hacía otra mesa del bar.

Así, entre lecturas fragmentadas, boleros, rancheras y uno que otro aguardiente, transcurrió el resto de la tarde en aquel cafetín, que ahora me servía de refugio para olvidar –o tal vez acrecentar– los recuerdos de la tarde anterior. De vez en cuando, por escasos instantes, Maggi me hacía compañía en la mesa del café. Debía atender a otros clientes ocasionales o a comerciantes que allí daban palabra a sus negocios. Intentó interrogarme sobre la causa de mi preocupación, pero yo eludía, con una sonrisa y una mueca de mis labios, la respuesta.

–¡No vale la pena! –le decía, esquivando un poco su mirada. Ella, prudente, le daba un giro diferente a la conversación.

Había dejado de llover, pero algunas gotas que caían de las tejas rojizas del techo, salpicaban la acera. Me sentí un poco mareado. Los aguardientes empezaban a hacer sus efectos deletéreos, pero no habían conseguido borrar de mi mente la imagen de Adela, quien la tarde anterior me había causado una profunda herida y una gran desilusión.

-¡Quiero hablar contigo! –le dije a Maggi, en algún momento que se acercó.

–Salgo a las diez… ¿viene por mí?

¡Te esperaré! –le respondí. -¡No! ¡No debería tomar más! –¡Es mejor que vaya a casa, repose un rato y regrese más tarde! –añadió.

Poco antes de las diez de la noche regresé al Café Latino. Maggi aún llevaba su uniforme verde y su delantal a rayas; atendía a varios clientes del lugar. Volví a ocupar un rincón de aquel cafetín de Junín. Sonaba un triste tango que narraba infidelidades y desuniones de parejas.

Por efecto del licor los presentes habían aumentado el tono de la voz, para hacerse oír entre sí. El humo de los cigarros invadía el salón, deformando el rostro de los parroquianos e impregnando con su aroma el bullicioso lugar. El alboroto de ahora hacía menos agradable la estancia en el sitio. Pedí una Bretaña para calmar un poco la sed,que me habían causado los aguardientes de la tarde.

En aquellos instantes, esperando a Maggi, vino a mi memoria la imagen de Adela, cuando, desde un bar cercano a la puerta de la fábrica de hilados, aguardaba su salida, aquel funesto viernes; un hombre mayor, de pelos entrecanos, quien pocos minutos antes había parqueado su automóvil en las proximidades de la empresa, partió con ella. Absorto, vi alejarse el vehículo, que raudo se perdió por la avenida, llevándose parte de mis ingenuos sueños. Como clavado a la silla de aquel bar permanecí durante varias horas, libando algunas copas con las cuales pretendía disipar un poco mi frustración.

Ahora estoy en el Café Latino esperando la salida de Maggi. Necesitaba compartir mi amargura con alguien en quien yo pudiera confiar, y Maggi era una buena muchacha; a pesar de su posición social y de la labor desempeñada, poseía sentimientos muy nobles. Residía, en compañía de su madre, una hermana menor y su hija, en una humilde pero limpia casa del barrio Manrique, a donde llegamos poco después de salir del café.

Departí amablemente con aquella sencilla y amable familia, que ahora me permitía olvidar –parcialmente–, los acontecimientos de la tarde anterior.
No fui capaz de narrarle a Maggi los motivos de mi tristeza, que ella comprendió, con disimulo. Conversamos largamente hasta la media noche, cuando partí hacia el hospital. Debía ocuparme de mis pacientes ese domingo.

Mayo de 2001

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia