Tiempo de pandemia

Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex Integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Fue a finales de la década del sesenta, cuando Carmen Sofía Jiménez Cano debió abandonar, junto con sus padres y un hermano menor, una pequeña parcela en los Montes de María, a causa de la violencia desatada entre miembros del ELN y las autodefensas, y radicarse en la ciudad de Barranquilla. Cuando el padre consiguió trabajo en los astilleros del puerto Marítimo, las dificultades económicas disminuyeron para la familia.

Carmen Sofía contaba, para ese entonces, con doce años de edad. Su hermano Juan Gabriel, nueve. Pero ambos, apoyados por los padres, pudieron estudiar en un colegio público. Carmen Sofía, con la ayuda de un pariente de la madre ingresó a un Instituto de enseñanza media, donde aprendió redacción, mecanografía y principios de contabilidad.  Con tales conocimientos, logró colocarse en una empresa dedicada a la importación de repuestos de automóviles y compra y venta de carros usados. Su propietario, un inmigrante italiano, cuyo nombre era Giorgio Rossini, tenía como administrador de la empresa a su hijo Paolo, un joven que había estudiado Economía y Administración en la ciudad de Milán.

En calidad de ayudante de Contaduría, Carmen Sofía, permaneció cerca de dos años, cuando, dadas sus cualidades y sus capacidades en el desempeño de sus funciones, fue nombrada secretaria de la Administración. Paolo tendría 34 años de edad, cuando Carmen Sofía había cumplido los 23. Paolo, casado con una joven barranquillera, era padre de dos pequeños niños.

Las relaciones de Carmen Sofía y Paolo fueron haciéndose más íntimas, a tal grado que ella resultó embarazada. Paolo siempre estuvo atento a las necesidades de la joven, entre ellas la atención médica, y cubrió los gastos que demandaron su estadía en la clínica cuando ella tuvo el hijo.

Sin embargo, advirtió a la joven que no dijera quién era el padre del niño, porque ello podría alterar las relaciones con su esposa.

Consternada y decepcionada ante la actitud de Paolo, renunció a la empresa y se dedicó, con la ayuda de los padres, a criar a su hijo, que a los tres meses fue llevado a la pila bautismal y bautizado con el nombre de Juan Esteban Jiménez Cano. Prefirió darle los apellidos de ella que rogarle a Paolo que le diera el de él.

Cuando el niño cumplió los seis meses de edad, Carmen Sofía, logró colocarse como secretaria en una librería del centro de la ciudad.

Juan Esteban fue creciendo bajo los afectos de los abuelos, del tío Juan Gabriel y de su madre. Travieso y muy entendido, tenía algunos rasgos propios de su padre.

Cuando preguntó a su madre por su padre, ella le mintió diciéndole que había muerto en un accidente cuando él tenía pocos meses de nacido. No
podía entender el hecho de llevar los mismos apellidos de su madre.

Han pasado más de treinta años de esos acontecimientos y Juan Esteban, con el apoyo de la madre y del tío Juan Gabriel, pudo estudiar medicina en la Universidad Nacional de la capital. Ejerció su año de servicio rural en la población de Campo de la Cruz, en el Departamento del Atlántico, y un postgrado sobre Anestesiología en la Universidad de Antioquia, en la ciudad de Medellín.

Luego de trabajar en una clínica, en Barranquilla, durante más de un año, uno de los médicos de la clínica, mayor que él, le aconsejó que hiciera una especialización en Cuidados Intensivos. Fue así como viajó a la ciudad de Los Ángeles, California donde obtuvo el título de Médico Intensivista.

Ahora prestaba sus servicios en varias clínicas de Barranquilla. Gracias a sus ingresos pudo adquirir un apartamento, muy amplio, en la parte norte de la ciudad, a donde llevó a vivir a su madre y a su tío Juan Gabriel.

A principio del año 2020, cuando se detectaron los primeros casos de pacientes con complicaciones pulmonares a causa del coronavirus (COVID-19), la clínica donde trabajaba Juan Esteban de tiempo atrás, amplió el número de camas en el Servicio de Cuidados Intensivos (UCI).

Transcurría el mes de noviembre, cuando el número de infectados había crecido notoriamente en la ciudad de Barranquilla y en la clínica permanecían seis pacientes ocupando ese servicio.

Serían las diez de la noche, de un viernes, cuando reposando con otro colega en el cafetín escuchó, por los altavoces, que era solicitado en el Servicio de Urgencias. Presto, se dirigió a la sala. Un médico y dos enfermeras, atendían a un señor, de aproximadamente 62 años, de cabellos canos, con notoria dificultad respiratoria y tos intermitente, sudoroso y algo confuso. Recibía oxígeno mediante una cánula nasal y en su antebrazo izquierdo tenía canalizada una vena por la cual recibía un medicamento proveniente de una botella. Su nombre era Paolo Rossini.

Luego de evaluar al paciente y viendo el grado dificultad respiratoria que presentaba, así como una radiografía de tórax, Juan Esteban ordenó su traslado a la Unidad de Cuidados Intensivos. Con la colaboración de los colegas que conformaban el cuerpo médico, el paciente fue sedado e intubado, previa autorización de los dos hijos que lo llevaron a la clínica.

Cuando Juan Esteban volvió a repasar la historia clínica, reparó en el nombre del paciente. Recordó que, años atrás, cuando él aún era un adolescente, le escuchó a su abuela pronunciar ese nombre, con un gesto de desagrado, mas ignoraba el motivo de tal actitud.

Tres semanas permaneció intubado el señor Rossini, antes de que los médicos, dirigidos por Juan Esteban, decidieran retirarle el respirador. Una semana después consideraron darle de alta. Cuando la esposa y los dos hijos fueron a recibirlo, Juan Esteban conversó con ellos. Les advirtió acerca de algunas molestias que podría presentar, de los cuidados necesarios prestados en casa y de la necesidad de controles periódicos por parte de un médico.

─Si llegase a presentar alguna molestia severa, acá en la clínica podemos atenderlo.

Tanto la esposa como los dos hijos agradecieron a Juan Esteban, como al personal médico, los cuidados prestados al señor Rossini.

Pocas semanas después, una tarde que Juan Esteban departía con Carmen Sofía en su residencia, le preguntó: ─Madre, tú conoces al señor Paolo Rossini, propietario del almacén que vende repuestos para automóviles y compra venta de carros usados, que está situado en la Avenida 20 de julio?

─ ¿Qué sucede con ese señor? Le preguntó, frunciendo su rostro.

─ Nada especial. Sólo que recordé que una noche, cuando yo era un muchacho, escuché a la abuela Elisa mencionar ese nombre, haciendo un gesto de desagrado y da la casualidad de que en la clínica tuvimos a un señor, de unos sesenta años, en la Unidad de Cuidados Intensivos, intubado, durante tres semanas. Mis compañeros y yo luchamos mucho para evitar su deceso. Ese señor se llama Paolo Rossini.

La madre, con el rostro desencajado, cubriendo su rostro con las manos, empezó a llorar. Juan Esteban acercó la silla, donde estaba sentado, a la de ella y la abrazó con fuerza,

─¿Qué te pasa? No comprendo el porqué de tu reacción.

─ Así es la vida… tu hiciste lo posible por evitar su deceso y él te negó su protección. ¡Él es tu padre!

El rostro de Juan Esteban se transformó; no sabía qué responderle a la madre. La abrazó fuertemente diciéndole: ─Tu eres una mujer muy valiente, Todos mis logros te los debo a ti y a mis abuelos, que en paz descansen.

─ En cuanto a mi actuación para salvarle la vida a ese señor, hice lo correcto. Cuando me otorgaron el título de Médico-Cirujano, ese fue el juramento que hice. Si yo hubiese sabido que él era mi padre, por culpa del cual tu padeciste tanto y yo no tuve la fortuna de tenerlo a mi lado y recibir sus caricias y cuidados, hubiese actuado en igual forma; estudié para salvar vidas.

 

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia