Vacunas: proeza científica y fracaso moral

“La ciencia ha hecho de nosotros dioses antes de que fuéramos dignos de ser humanos”. Esta frase del biólogo y escritor francés Jean Rostand merece ser recordada pues resume la contradictoria situación creada por las vacunas contra el COVID-19: una proeza científica digna de dioses, pero un fracaso ético de la humanidad

Tomado de: www.elespectador.com

Por: Rodrigo Uprimny (foto)
Investigador de Dejusticia
Profesor de la Universidad Nacional

En un año, gracias a la cooperación internacional y a enormes apoyos de dineros públicos, fueron inventadas y empezaron a ser producidas varias vacunas seguras y efectivas. Esta hazaña muestra la capacidad de la ciencia para lograr adelantos técnicamente maravillosos y con enormes potencialidades benéficas: una vacunación rápida y global permitiría salvar millones de vidas y reducir el terrible sufrimiento y la restricción de libertades asociadas a la pandemia.

Sin embargo, esta proeza científica no ha logrado materializar sus promesas esencialmente por dos razones: de un lado, la escasez en la oferta pues se están produciendo cientos de millones de vacunas, pero se necesitan unos 11.000 millones para inmunizar a la población mundial. Pero esa escasez es artificial pues existe la capacidad técnica para incrementar rápidamente esa producción, si las farmacéuticas que descubrieron las vacunas, en gran medida por los dineros públicos que recibieron, hicieran pública la información completa de los desarrollos (incluidos secretos industriales) y, mediante licencias abiertas, transfirieran su conocimiento para permitir a otras compañías o instituciones producirlas. Pero no lo hacen, escudadas en que las patentes sobre esas vacunas les otorgan un monopolio temporal y que nadie puede producirlas sin su permiso. Por eso esas empresas imponen a los Estados, en negociaciones secretas, sus precios y condiciones.

De otro lado, por acaparamiento: más del 80 % de las dosis se han aplicado en los países ricos, quienes adquirieron por adelantado las dosis ya producidas y las que serán producidas en los próximos meses. Según la OMS, en los países ricos, una de cada cuatro personas ha sido vacunada mientras que en los de ingreso bajo es una por cada 500.

Mientras, miles de personas siguen muriendo, la crisis social y económica persiste y el virus muta, con variantes más contagiosas, más letales y frente a las cuales las vacunas pueden no ser efectivas.

La ciencia hizo de nosotros dioses pues nos dio las vacunas, pero como humanidad estamos fracasando moralmente pues no logramos avanzar en el acceso universal y equitativo a la vacunación, debido a la escasez artificial creada por la propiedad intelectual y al acaparamiento por los países ricos.

La mejor forma de superar esos obstáculos, como lo expliqué en una columna reciente, es la propuesta de Sudáfrica e India de una exención temporal (o “waiver”) frente a las patentes de vacunas y tratamientos para COVID-19, al menos mientras se controla la pandemia. Este waiver permitiría que empresas y Estados con las capacidades técnicas suficientes produzcan masivamente las vacunas necesarias, sin temer sanciones por violar patentes.

La evidencia es clara de que sin ese waiver la pandemia seguirá sin control, por lo cual Colombia debería apoyar esta propuesta, que ya ha recibido el respaldo de centenares de países y de prestigiosas organizaciones científicas y humanitarias.

Es difícil de entender que, mientras la pandemia ha llevado a muertes y restricciones drásticas de derechos de toda la población mundial, no sea posible suspender temporalmente la propiedad intelectual de las farmacéuticas. ¿O es que acaso para quienes no apoyan esta propuesta de waiver, incluido hasta ahora el gobierno Duque, vale más la propiedad y la ganancia de las farmacéuticas que la vida, la salud y la libertad de las personas?

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