Los «turcos» de mi tierra

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Las guerras del viejo continente europeo fueron causantes de la inmigración de numerosas familias que, en busca de bienestar y tranquilidad, huyeron hacia América. Llegaron en desbandadas a poblar estas tierras del sur del Continente, especialmente a la República Argentina, Chile, Brasil y, en menor proporción, a Colombia, Venezuela y Centro América.

En mi adolescencia, transcurrida en tierras costaneras, fui testigo de la presencia de españoles, portugueses, italianos y libaneses, llamados estos últimos, popularmente, “turcos”. Comerciantes, agricultores y artesanos, en su mayoría, contribuyeron ostensiblemente al progreso de la región.

Recuerdo gratamente a muchos libaneses, radicados en la ciudad de Barranquilla cargando sus maletas y múltiples muestras de telas y diversas prendas femeninas, que ofrecían de puerta en puerta, de ventas al contado y, en más de las veces, entregándolas fiadas, para que las amas de casa las pagaran por cuotas.

En una libreta de buen espesor, que solían llevar consigo, anotaban el nombre del cliente, el del artículo entregado, así como el valor del mismo. Periódicamente, casi siempre los fines de semana, solían repetir sus recorridos cobrando las deudas adquiridas por las amas de casa.

Cuando recibían la cantidad acordada, la anotaban en su libreta, así como los saldos respectivos.

En muchas ocasiones los contemplé recorriendo las calles de Barranquilla, recalentadas por un sol canicular, llamando de casa en casa, ofreciendo sus mercancías. Regularmente solían acompañarse de un muchacho, ─en ocasiones de dos, según el volumen de la mercancía─, que les ayudaban a cargar otra maleta o una inmensa caja de cartón atiborrada de cortes de telas de diferentes colores y calidades.

Mascujando el castellano, pero con un gran poder de convencimiento, extendían las telas sobre una mesa, o extendiéndolas con sus manos, para convencer a jóvenes o mujeres maduras a adquirirlas.  En ocasiones, ante las dudas de las posibles compradoras, no tenían inconveniente en envolverse en un pedazo de tela y desfilar por unos metros, para que apreciaran el encanto de la misma. Manteles, chales, zapatos y otros artículos eran ofrecidos, en ocasiones, sin el pago de la cuota inicial, confiados en la honradez de la compradora.

Era frecuente escuchar a los muchachos de la calle anunciar que había llegado el “turco”, tal como se les conocía en la ciudad. Los nombres como Abdalá, Mustafá, Yamil, Abraham, me fueron familiares en ese entonces.

Con sus grandes narices, frecuentemente curvas, generalmente iban vestidos de lino blanco o pantalones caquis, calzados con unos enormes zapatos cuyas suelas se mostraban desgastadas por tanto andar y unas medias empolvadas, acerca de las cuales las gentes murmuraban que solían cambiárselas cada ocho días.

Muchos de ellos, mostraban sus camisas empapadas y sus frentes sudorosas por el intenso calor.  Por ello, las generosas mujeres, deseando calmarles la sed, producto de sus largas caminadas bajo un sol canicular, les ofrecían limonadas y jugos de frutas muy helados, que ellos recibían con agrado. Algunos, ya cansados, se tomaban unos minutos para reposar en las mecedoras que ocupaban los corredores del frente de las casas.

La gran mayoría de ellos, gracias a su disciplina y perseverancia, cuando lograban adquirir un capital, alquilaban locales en las angostas calles cercanas a la Plaza de Mercado, muy vecinas a la iglesia de San Nicolás..

Las puertas de sus almacenes se llenaban de colores, de las telas colgadas a la vista de los marchantes, para llamar su atención. Entonces, las callejuelas lucían un aspecto de mercado persa, cuando las brisas soplaban altaneras y mecían las telas exhibidas en los tenderetes al frente de los almacenes.

No era raro observar a grupos de libaneses jugando dominó en las aceras de la tiendas, mientras que esperaban la visita de un cliente. Hablando en su propio idioma, que nosotros no comprendíamos, charlaban alegremente, protegiéndose del sol mediante unos lienzos de una lona blanquecina que se extendía hasta el borde del andén.

Católicos, en su gran mayoría, se les veía desfilar los domingos por las mañanas hacia la iglesia más cercana, en grupos familiares. El atrio de la iglesia era un sitio de encuentro para muchos de los paisanos que, en busca de un bienestar, habían llegado de tierras muy lejanas. También allí, al frente de la iglesia, se gestaron nuevas amistades y amoríos, muchos de los cuales terminaron unidos en matrimonio, con la bendición sacerdotal.

Laboriosos e incansables, inculcaban a sus hijos el hábito del trabajo y del sentido de responsabilidad, exigencias que los llevarían a mejorar sus condiciones de vida y el aprecio de la sociedad. Algunos de ellos seguirían atendiendo el negocio de sus progenitores, otros, más osados, los estudios universitarios, que les permitiría alcanzar una mejor posición social.

Algunas regiones costeras, más que otras, se vieron muy pobladas por ciudadanos procedentes de Palestina, Líbano o Siria, del Oriente Medio, quienes por su visión en los negocios y su dedicación al trabajo impulsaron el progreso de las mismas. Vale la pena mencionar las ciudades de Montería y Lorica, en el Departamento de Córdoba, donde son abundantes los apellidos sirio-libaneses, descendientes de esos inmigrantes que un día se asentaron en esa región colombiana. Es tal la abundancia de estas gentes en la ciudad de Lorica, que los mismos habitantes, de manera jocosa, la han llamado Lorica-Saudí.

Muchos de los jóvenes, recién llegados de esas tierras, que apenas se iniciaban en los negocios, solían desplazarse a los pequeños poblados, de calles polvorientas, unas veces a pie y otras montados en un asno, ofreciendo sus mercancías, utilizando las mismas tácticas de venta que aprendieron de quienes los antecedieron. Los niños, en romería, acostumbraban seguirlos y anunciar su presencia con repetidos gritos: ─¡Llegaron los turcos! ¡Llegaron los turcos!
Ellos, agradecidos por la gratuita ayuda prestada mediante sus repetidos gritos, sonreían y como pago les repartían golosinas y algunas monedas a aquellos vociferantes párvulos.

Algunos, con espíritu aventurero, iniciaban una amistad con alguna pueblerina de rostro agradable y trato cordial, que los inducía a regresar al poblado en pos de la mulata. Como resultado de estos amores fugaces, no era raro encontrar, en pequeñas poblaciones, muchachos y muchachas de piel canela y ojos zarcos, cuyos nombres y apellidos recordaban a los visitantes de ocasión, venidos de tierras lejanas.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia