Con las crisis llega el hambre

Tomado de: www.sur.org.co

Por: Jaime Alberto Rendón Acevedo (foto)
Director del Centro de Estudios e Investigaciones Rurales
Universidad de La Salle

(Artículo publicado originalmente el 5 de marzo de 2021)

Los efectos de la crisis no solo del Covid-19, sino del reflejo de las desigualdades, la inequidad social, laboral y en general de capacidades y oportunidades en nuestra sociedad, eso que están llamando sindemia, empieza a materializarse en el desahorro, en la caída de los ingresos, en la falta de empleo, en suma, en el deterioro de la calidad de la vida debido al escaso acceso a los bienes y servicios básicos para garantizar una existencia material con dignidad.

Como se sabe, tras las restricciones, la economía colombiana decreció al cierre del año pasado el -6.8% y perdió 1.351.619 empleos. Solo es caminar por las calles para percibir locales desocupados, letreros de se arrienda o se vende, y la nostalgia por los negocios, las empresas, las fuentes de empleo que ya no existen. Los barrios se colmaron de banderas rojas, clamando ayuda, que, si llega, es insuficiente.

Enero, con el segundo pico que se presentó, implicó la pérdida de más puestos de trabajo: 951.000 personas (las mujeres desocupadas aumentaron en enero en 561.000), completándose la cifra de 4.167.000 desempleados en el país. Se resalta el aumento de la población inactiva en 1.1 millones de personas, de las cuales 732.000 son mujeres, dedicadas por obligación a actividades del cuidado, debiendo abandonar así el mercado laboral.

Se podría hablar del cambio en los hábitos de consumo, incluso en las formas de comprar. Sin embargo, lo crítico del tema es la capacidad de consumo que se está teniendo en los hogares. El Dane acaba de presentar los resultados de la Encuesta del Pulso Social, que tiene una cobertura geográfica de 23 ciudades capitales de departamento y áreas metropolitanas. Los resultados no pueden ser más preocupantes, la encuesta compara el momento de las personas con un año atrás, es decir justo antes de comenzar las restricciones.

El 65.9% de los hogares considera que su situación es peor o mucho peor que un año atrás. Con situaciones graves, en tanto el porcentaje supera el 75% como Neiva, Cartagena, Cúcuta, Valledupar, Riohacha, Santa Marta, Pasto y Villavicencio. Cuando se le pregunta a la gente por la situación en el año próximo, los porcentajes de pesimismo vienen creciendo mes a mes. Las expectativas se constituyen en un elemento sustancial en economía, cuando se piensa que las cosas van a empeorar, efectivamente pasa. Así el 94.6% de la población encuestada considera que la situación económica del país hoy es peor que hace un año y el 56.7% espera que el empleo siga disminuyendo.

Pero no se trata solo de percepciones frente a la situación económica o el empleo, la evidencia muestra el impacto sobre el consumo de alimentos. Antes del inicio de los confinamientos, el 90.1% de los hogares respondió que tenía un consumo de tres comidas al día. En enero de 2021 el 68.6% manifestó hacerlo, es decir el 21.5% de los hogares en Colombia dejaron de consumir al menos una comida al día. Recuérdese que según el Censo de 2018 Colombia cuenta con 14.243.223 de hogares, lo que quiere decir que 3.062.293 dejaron de consumir una comida diaria, y los hogares en Colombia tienen en promedio tres personas.

La encuesta profundiza en torno a capacidad de ahorro, disposiciones a gastos duraderos, como electrodomésticos, o la expectativa de ir de vacaciones. Todas las variables presentan deterioros significativos. También se notan disminuciones en la asistencia a la escuela o colegio, a educación en general (las universidades reportaron una caída en las matrículas del 11.3% en el segundo semestre de 2020). Todo esto implica que se comienzan a presentar incrementos sustanciales en los problemas no solo de salud física sino mental.

La Encuesta nuestra una caída, igualmente, en la confianza del consumidor, el cual llegó a enero a 31.9 puntos (de 1 a 100), similar al obtenido en julio de 2020. Dato que va en el mismo sentido de las mediciones hechas por el Grupo Bancolombia, que en la tercera semana de enero mostraron un descenso significativo en la confianza del consumidor, con una variación anual de -21%.

Así las cosas, el panorama es complejo, tanto, que el mismo Fedesarrollo, que se ha caracterizado siempre por propuestas que profundizan las medidas desde el mercado, ha planteado una serie de alternativas que privilegian la reducción de la pobreza y la desigualdad, no sin mérito de debate, claro está, pero que se constituyen en un cambio sustancial de paradigma.

Hoy más que nunca el país requiere de medidas contundentes para ampliar, o mejor, al menos retornar la capacidad de consumo en los hogares colombianos. La renta básica es sin duda el camino que puede permitir un consumo con doble propósito: devolver la dignidad alimenticia en las familias, pero también servir de apalancamiento a la demanda agregada, a la reactivación económica. Se trata de espirales virtuosas de crecimiento, si hay demanda, hay producción, hay recuperación de empleos, hay mayores consumos y bienestar.

Son las mujeres y las familias campesinas quienes han debido soportan con mayor ahínco los pesos de la crisis. A esto se suman los adultos mayores, la población étnica y aquellos grupos sociales considerados los más vulnerables. Ellas y ellos están en los 7.47 millones de hogares a los que se espera beneficiar con una renta básica permanente que la sociedad civil, organizaciones sociales, académicos, y un amplio grupo de congresistas le han solicitado al presidente Duque. Son medidas que se hacen urgentes, necesarias para seguir evitando el deterioro de las condiciones de vida de las y los colombianos.

Tomado de: www.sur.org.co