¡No quiero ser policía!

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo, Escritor
Ex integrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Todo sucedió de imprevisto. Las luchas fratricidas partidistas, entre conservadores y liberales, se habían intensificado en el interior del país, provocando el desplazamiento de personas, especialmente campesinos, hacía otras ciudades, entre ellas Barranquilla.

Muchas de ellas, desempleadas, deambulaban por las calles realizando cualquier trabajo por unos pocos pesos para poder subsistir. Las bandas de atracadores se incrementaron y los periódicos titulaban a diario asesinatos de jóvenes provenientes de las regiones andinas.

El gobierno, con el propósito de controlar un tanto el vandalismo, desplazó un buen número de agentes de policía hacia la ciudad, quienes fueron recibidos con desconfianza por la ciudadanía, dado su carácter agresivo y malgenioso de la mayoría de ellos.

Cuando la madre de Tomás le pidió que llevase el almuerzo al tío Miguel, ya que este no pudo ir a casa por estar muy ocupado en su taller, el joven aceptó con benevolencia, en consideración de que el tío le ayudaba en sus estudios. Tomás había cumplido sus quince años y cursaba su cuarto año de bachillerato.

El sol del mediodía calentaba la ciudad y el calor era intenso cuando Tomás abordó el autobús que lo llevaría hasta un sitio cercano en donde laboraba el tío en medio del ruido constante de las sierras que tajaban las maderas destinadas a la fabricación de camas, escaparates y otros muebles de uso familiar.

Con un porta comidas en su mano derecha y varios libros y cuadernos en su mano izquierda subió al autobús, que a esas horas del medio día iba atiborrado de gente. No halló un puesto en donde sentarse y, obligado, debió ir de pies. Con dificultad, cuando el vehículo doblaba las esquinas o el conductor frenaba súbitamente, en más de una ocasión temió que el porta comidas se fuera al piso y su contenido se perdiera.

El autobús recorría las calles de Barranquilla en medio de un nutrido número de vehículos públicos que competían desordenadamente por recoger un mayor número de pasajeros, a pesar de las normas establecidas por las autoridades.

Quienes viajaban de pie, asidos a unos tubos metálicos fijados al techo del vehículo, se veían impulsados, a punto de caer, cuando el osado conductor frenaba bruscamente.

El calor sofocaba el rostro de los pasajeros, muchos de los cuales mostraban gotas de sudor rodando por sus mejillas.

Después de más de media hora de recorrido, Tomás observaba, a través de las ventanillas, intentando precisar el sitio en el cual debería descender para cumplir su misión. Localizó una iglesia en la avenida y se preparó para descender en la próxima esquina. Así se lo anunció al conductor.

Incómodo como iba, con ambas manos ocupadas, observó a un agente de la policía, que asido a un pasamanos, viajaba muy cercano a él.

Entonces, con el debido respeto que le inspiraba el agente del orden, se dirigió a él:

─Señor agente: ¿puede usted ayudarme teniéndome estos libros, para bajar del bus?

El policía con gesto adusto, cual si hubiese sido ofendido, le observó:

─¡No soy sirviente de nadie!

─ ¿Quién crees que soy?

Sorprendido, ante la actitud del agente, Tomás, con cierta sorna, mostrando una sonrisa burlesca, le respondió:

─Ignoro quién es usted, pero… yo soy un estudiante de bachillerato que deseo continuar mis estudios para evitar llegar a ser policía.

Enardecido, el agente, en forma irresponsable, asestó una cachetada en el rostro de Tomás.

El muchacho soltó los libros y los cuadernos que portaba en su mano izquierda, tomó al agente por la camisa y lo llevó hasta el andén. Sin pensarlo dos veces levantó con fuerza el portacomidas y lo estrelló contra el antebrazo del agente, que vio, furioso, cómo su uniforme se empapaba con la sopa contenida en el portacomidas.

Deseando descargar su ira sobre el muchacho, el agente recurrió al ancho cinturón de cuero que sostenían sus pantalones y lo aplicó, en varias ocasiones, sobre el cuerpo endeble de Tomás. El joven respondió con igual furia y dio de trompadas y puntapiés al agente,

Del autobús habían descendido dos o tres personas en auxilio del muchacho, evitando que el policía lo maltratara mucho más.

A una inspección de policía, muy cercana, fue llevado el muchacho, acompañado por un grupo de personas que fue testigo de todo lo acontecido. Con argumentos, justificaron la actitud de Tomás, provocada por el agente de policía.

El tío Miguel se quedó sin almuerzo, que un par de perros callejeros degustaron, cuando el alimento bañó la acera de la calle.

Luego de una corta retención en la Inspección de Policía, y ante la presencia del tío Miguel, Tomás fue liberado, previa reconvención por parte del Inspector, para que controlara sus instintos.

Cuando retornó al hogar, su madre, medio molesta y preocupada por la actitud del muchacho, luego de una serie de consejos, le preguntó:

─¿Qué va ser de ti?

─¿Qué deseas hacer con tu vida?

Abrazándola y sonriendo holgadamente, le respondió:

─Voy a estudiar.

─¡No quiero ser policía!

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia