El milagroso de Marsella (Fredonia)

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Bernardo Ledesma Gil (foto)
Ortopedista – Asmedista

El padre Mario era un curita como de 90 años que irradiaba santidad.  Lo visitaban a diario centenares de enfermos o personas con problemas de toda índole porque decían que era milagroso.  Los fines de semana, primordialmente, los domingos, se presentaba una peregrinación inmensa en el pequeño caserío situado en una vereda de mi pueblo Fredonia, llamado Marsella, donde el padre Mario era el párroco desde años atrás.

Marsella es un encantador caserío con un hermoso templo pintado de rojo escarlata y blanco inmaculado, con aspecto como de pintura de acuarela, situado en el centro de una plazoleta rodeada de casas campesinas de vistosos colores con masetas atiborradas de coloridas flores que, como floreros naturales, hacen juego con frondosos árboles ubicados alrededor del parque y que le dan el aspecto como de uno de esos pueblitos de los pesebres de navidad.

A Marsella concurrían diariamente creyentes de todo Colombia, que esperaban pacientemente para que el santico los bendijera y les hiciera el milagro.

Yo tenía una finquita de recreo cerca de ese caserío, a la que inicialmente denominé Villa Carolina, en honor de mi hija mayor, pero unos años después, y luego por circunstancias adversas, termine llamándola «Villa Conavi», en honor a la empresa a la que la entregué en pago de una deuda.

En algún día que fuimos a la misa del domingo al templo de Marsella, el sacerdote que le ayudaba al padre Mario en la parroquia me buscó a la salida de la misa para pedirme el favor de que examinara al padre Mario porque desde días atrás notaba que se quejaba de dolor en una rodilla, que le impedía caminar bien y con frecuencia cojeaba.

Me llevó a un humilde cuarto donde el padre atendía a las personas que lo buscaban, y allí estaba sentado, vestido todo de blanco, hasta los zapatos tipo tenis, irradiando una aureola de santidad; lo saludé y el muy amable me recibió.

– Padre -, le dije.

– Su compañero me ha enviado para que le examine la rodilla que le esta doliendo-.

– No le creas-, me contestó.  Es que él es muy escandaloso.

Le pedí que se levantara la bota del pantalón para examinarlo, y me mostró la rodilla derecha y me señaló el sitio del dolor, a nivel de la región interna de la articulación, en un sitio que los ortopedistas conocemos como la «pata de ganso», donde confluyen varios tendones, y que con frecuencia se inflama en las personas mayores y produce un dolor intenso.  Cuando lo palpé y presioné en ese sitio, el curita emitió un grito de dolor.  Entonces le expliqué lo que tenía y le propuse que lo mejor para que se mejorara del dolor era hacerle una infiltración.

El curita me preguntó en un lenguaje muy coloquial con tono paisa:

– Oíste, doctor, y ¿qué es eso de la infiltración?

Yo le respondí que se trataba de colocarle una inyección con un anestésico y un antiinflamatorio en el sitio de la inflamación.

El padre muy exaltado me contestó:

– No, doctorcito, muchas gracias pero yo no me voy a dejar chuzar -,  y repetía sin ocultar su temor:

– No me creas tan pendejo que yo me voy a dejar chuzar ahí…

El otro sacerdote y yo tratamos infructuosamente de convencerlo de lo efectivo que era el procedimiento, y le explicamos que no era tan doloroso, que era con anestesia y que lo podíamos realizar en el centro de salud del pueblito, pero ante su decidida negación, le respondí que estaría a su disposición, si persistía el dolor, para realizarle el procedimiento otro día, en caso de que me lo solicitara y si continuaba con el fuerte dolor.

A las dos semanas , como de costumbre, volvimos a Marsella y fuimos a misa; cuando se estaba acabando la celebración , observé que el padre me estaba levantando la mano y pensé que seguramente ya se había decidido por que le hiciera la infiltración .

Cuando terminó la misa, me acerqué al altar donde el padrecito estaba bendiciendo una multitud de gente; entonces le pregunte_

– Qué hubo, padre, ¿ya se decidió por la infiltración?

Y él me contestó muy sonriente y en ese tono campesino que lo caracterizaba:

– No, mi doctorcito, si es que parece que vos y yo resultamos como «colegas»… porque cuando me tocaste en ese sitio donde me dolía tanto, de inmediato se me perdió el dolor y nunca me volvió a doler, o sea que vos como que me hiciste el «milagrito».

– ¡Bueno padre, cuando quiera, ponemos mi «cambuche» ahí al lado de su casa!-, le contesté con una carcajada.

(Febrero de 2016)

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia