Jueves, 3 de Diciembre de 2020
ASMEDAS Antioquia

A la sombra de un almendro

noviembre 5, 2020 8:55 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Atioquia

En reiteradas ocasiones lo observé deambulando por el parque, con pasos cansados y el rostro adusto, con su mirada lejana como si buscase algo que hubiese perdido.

Enjuto, algo encorvadas sus espaldas, solía vestir unos pantalones que sostenía con una cabuya en vez de una correa de cuero. Sus zapatos, muy raídos, habían perdido el lustre y mostraban restos de barro como si hubiese chapoteado en el cieno de la calle, residuo de las lluvias frecuentes para la época.

En alguna ocasión lo sorprendí hurgando en un tanque de basura, en una de las callejuelas del parque. Después de una breve marcha se detuvo y, con gesto distraído, observó el firmamento cubierto de nubarrones, que presagiaban la lluvia vespertina luego de una mañana esplendorosa.

Cuando sentado en una de las bancas del parque, a la sombra de un frondoso almendro, solía observar a los niños que alegres correteaban y subían a los juegos mecánicos, dejaba escapar una sonrisa mostrando sus encías poco pobladas.

Un día me detuve, por curiosidad, para observarlo mejor. En sus manos un libro de abundantes páginas, con francos signos de deterioro, como si lo hubiera usado en múltiples ocasiones, que él leía con suma atención.

De vez en cuando, una sonrisa adornaba su rostro, como si la lectura de aquel texto le trajera a su mente recuerdos agradables de su propia existencia.

Una anciana que por allí transitaba se me acercó y me dijo:

─ ¿Puede usted creer que tiene tres hijos?  Uno es abogado y otro un alto empleado del Banco de Occidente.  La menor, ya casada, reside en la ciudad de Caracas.

─Pero entonces… ¿por qué se encuentra en esas condiciones? Pregunté.

−He escuchado comentarios acerca de que no fue un buen padre. Que los abandonó cuando aún eran muy pequeños. Que la madre, con muchos esfuerzos y entereza, logró educarlos, mas ellos nunca aceptaron que volviera al hogar.

La mujer, que parecía tener amplios conocimientos sobre aquel hombre y su familia, continuó su espontánea confesión:

─Una vecina, que afirma haberlos conocido de tiempo atrás, me contó que hace poco estuvo hospitalizado durante varios días por una afección pulmonar.

Cuando enteraron a sus hijos del estado de su salud, ninguno se dignó visitarlo. Las enfermeras lo vieron derramar más de una lágrima.

─Tantas amarguras acumuladas han lastimado su espíritu ─dijo, finalmente.

Consternado ante el relato de la anciana, le pregunté: ─ ¿En dónde vive?

─En un cuarto alquilado, muy cerca de acá. Trabajó en una Fábrica de hilados y ahora vive con lo que recibe de su pensión. Su nombre es Tiberio.

─Pero… parece haber perdido el juicio ─opiné.

─Eso dicen ─afirmó la mujer.

Es domingo. He salido a caminar por las calles del barrio, como suelo hacerlo desde hace varios años. El día está radiante y el firmamento despejado de nubes.

Cuando atravieso las callejuelas del parque, un tumulto me llama la atención.

Allí, colgado de las ramas de un almendro, el cuerpo sin vida del viejo Tiberio, con el rictus de la muerte, parece sonreír, mostrando los escasos dienten que aún quedan en sus encías.

Un corro de mujeres entona una oración por el finado. Algunas de ellas dejan escapar unas lágrimas.

El ulular de una sirena se escucha muy cercano. Es la ambulancia de la policía que se hace presente.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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