Lunes, 30 de Noviembre de 2020
ASMEDAS Antioquia
32 Congreso Nacional de Medicina General y Social

El mensaje

octubre 29, 2020 11:39 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Era septiembre, mes de lluvias. Hacía dos días había arribado, en compañía de un grupo de amigos, a las playas de El Porvenir, un pequeño poblado cercano a San Antero, en el Golfo de Morrosquillo.

Con una extensión de más de dos kilómetros, la playa se extiende hasta un pequeño cabo poblado de árboles, en el cual reposa una casa de artesanos que laboran la madera con gran destreza, creando diversas figuras zoomórficas y de uso culinario, que son objeto de admiración para los visitantes del lugar.

La noche se vio iluminada por una hermosa luna, permitiendo que, alrededor de una fogata, nos juntáramos para disfrutar de las sonoras notas que provenían del mar. Nuestro encuentro se cortó cuando unas gotas de agua anunciaron la lluvia torrencial que hubo de desgajarse durante más de dos horas. Truenos y centellas llenaron el firmamento haciendo difícil el reposo en esa noche.

Cuando apenas amanecía me fui a caminar por la playa. La marea alta de la madrugada había dejado su impronta en las arenas de la costa: algas, palitroques, troncos de diversos tamaños, algunos peces muertos y restos de conchas y caracolas. Además de los despojos que dejara el mar, se sumaron aquellos que, por
desidia de algunos visitantes, aparecían enredados entre la maleza: botellas y vasos plásticos, fragmentos de vidrios y de icopor, jirones de telas de algún bañista descuidado.

Desconcertado, regresé a “Tinajones”, la casa de unos amigos, donde me hospedaba. Tomé una bolsa de buen tamaño, con el propósito de recoger parte de los objetos regados por inescrupulosos visitantes. No podía entender por qué los seres humanos destruimos, sin consideración alguna, el planeta en que vivimos.
Esos residuos, además de darle un aspecto desagradable a la playa, cuando sean devueltos al mar causarán la muerte de centenares de peces.

Con pasos lentos inicié mi recorrido, observando con cuidado qué deshechos podría retirar para hacer más agradable aquella playa. Recogí restos de botellas y cajas de cartón que algún día conservaron alimento, zapatos desgastados, frascos que dejaron los amantes de los anti solares y decenas de objetos más, que bien pudieron haber sido recogidos por los bañistas.

Cuando casi terminaba mi recorrido, cerca de una estrecha ensenada que bordea la playa, descubrí, semienterrada, una botella de color verde, que parecía contener algo en su interior. Acucioso, intenté retirar el corcho que la tapaba, pero fue imposible. Intrigado por el hallazgo, me la llevé a casa y, una vez allí pude retirar el tapón. Conservado en buen estado, en el interior de la botella descubrí un papel amarillento, que extraje con sumo cuidado.

Emocionado, recorrí las líneas grabadas en aquel papel, escritas con algunos errores gramaticales, pero llenas de un profundo sentimiento.

Procedían de un hombre, pescador él, que años atrás se fue de pesca y se perdió en el inmenso mar.

La esquela, dirigida a su mujer, relataba en cortas frases su angustia en medio del Océano, cuando perdido presentía que iba a morir y no podría volver a verla.
Algunas frases, deterioradas por el tiempo, resultaron ilegibles. Pero, las comprensibles decían, más o menos lo siguiente:

“Mi amada Eloísa, cuando antier, en horas de la madrugada me adentré en el mar para buscar los peces que me facilitarían el dinero para el sustento de la familia, partí lleno de esperanza. Quizá me alejé demasiado, confiado en la tranquilidad que lucía el océano en esa mañana. Pero el océano perdió su sosiego y se agitó. Olas inmensas voltearon mi pequeña embarcación y ahora estoy a la deriva, desorientado y flotando sobre los restos de la que fuera mi canoa.

Creo, mi querida Eloísa, que moriré en medio de este mar que tanto he amado y que pude contemplar, en tu compañía, durante muchas tardes. Lamento no poder cumplirte las promesas que les hice, a ti y a mis hijos, para brindarles un mejor bienestar. El último aliento de mi existencia será para ustedes.  Te amo. Abelardo”.

Emocionado, durante largo rato medité sobre la suerte de Abelardo, de su mujer y sus hijos. Nadie en el lugar pudo informarme acerca de la veracidad de este acontecimiento.

Tal vez, tan solo el mar podrá contármelo cuando se lo pregunte.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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