Viernes, 23 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

Recordando el diluvio

septiembre 29, 2020 8:36 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

El invierno llegó, luego de varios meses de ausencia. Las lluvias torrenciales que empaparon los suelos y provocaron el desborde de los ríos y quebradas fueron la causa de las tragedias que presenciamos en ese entonces: ranchos destruidos, parcelas anegadas, cultivos desaparecidos bajo las aguas y, lo más doloroso, centenares de vidas perdidas.

Contaba yo, entonces, con nueve años de edad, cuando una mañana, después de soportar un aguacero por más de siete horas, vimos bajar de la montaña un alud, acompañado de un ensordecedor ruido. Yo había salido a recoger unas bestias para ir al pueblo con Camilo, mi hermano menor, pero mi madre y una hermana mía permanecieron en la casa preparando el desayuno.

Todo sucedió en corto tiempo. Una enorme masa de lodo y piedras descendió por la ladera de la montaña, llevando consigo todo lo que encontró a su paso. Con horror presencie cómo nuestra casa era arrastrada por la pendiente y, como si fuera una casa de muñecas, se perdía en el lecho del río, que enloquecido se había pintado de ocre.

Anonadados, Camilo y yo vimos cómo nuestra madre y nuestra hermana desaparecieron, sin poder hacer nada. Allí permanecimos durante varias horas, esperando que amainara la lluvia y el río disminuyera su caudal. Éramos pequeños y nuestro padre nos había abandonado cinco años atrás. Yo tenía una vaga idea del rostro de aquel hombre que nos había concebido, pero que un día, en busca de aventuras, había partido una madrugada con un morral a cuestas, para no regresar jamás.

Mi madre, inocente de los propósitos que bullían en la mente de mi padre, candorosa y risueña, lo ayudó a preparar la mochila: le empacó una cantimplora con aguapanela, algunos alimentos, y le dio la bendición. La tristeza y la angustia la colmaron de dolor cuando vio que no volvía. Averiguó con los vecinos que lo conocían, con las autoridades del lejano poblado de donde residíamos; con los vaqueros que recorrían esas tierras llevando su ganado. Pero todo fue inútil.
Se rumoraba que se había escapado con una joven de la comarca hacia la zona cafetera.

Pero mi madre no se amilanó. Tenaz y perseverante, siguió cultivando la parcela y cuidando el pequeño hato de ganado, de cuyos productos pudimos subsistir. Nos envió a la escuela más próxima, a unos cinco o seis kilómetros de nuestra casa. Cada mañana debíamos recorrer ese trayecto por caminos pedregosos, llenos de silencios, tan solo perturbado por el trinar de los pájaros que revoloteaban en los árboles, a cada lado del camino. Nuestro regreso, en horas del mediodía era más lento. El calor lo calmábamos un poco chapuzándonos en los arroyuelos que alegres descendían de las montañas.

Solitarios, Camilo y yo debimos andar varios kilómetros para buscar albergue en una hacienda de un hombre entrado en años, que amigablemente nos recibió. Enterado de nuestra desgracia, ordenó al caporal y a su mujer guarecernos en una alcoba, al fondo de la residencia. Allí recibimos protección y alimentos durante unos cuatro meses, cuando el caporal localizó a un tío de mamá, en un poblado al suroeste de Antioquia.

El tío Gabriel, como solíamos llamarlo, residía, con su esposa y dos hijos, en una finca cercana a la población de Jardín. El cultivo del café y plátanos le proporcionaba lo necesario para vivir. Un criadero de truchas, que comerciaba en el poblado, aumentaba sus ingresos. Allí, bajo los cuidados del tío Gabriel y de su esposa Gertrudis, crecimos Camilo y yo, sin que nada nos faltara, incluyendo el amor. Tan solo nos faltaba la presencia de nuestra madre, a quien siempre recordábamos con nostalgia. Yo había olvidado a mi padre para no arrastrar más pesadumbres.

Con la ayuda del tío Gabriel pude estudiar en el Seminario Menor durante cuatro años. Convencido de que no tenía vocación para el sacerdocio, terminé la secundaria en un colegio particular. Ingresé a la Universidad, en donde me recibí como abogado y luego como especialista en Derecho Penal. Ahora ejerzo mis funciones de jurista en la capital. Tengo un hogar y dos hijos que concebí en Adela, a quien conocí cuando estudiábamos en la Universidad.

Camilo se ordenó como sacerdote misionero. Ahora ejerce su misión en un país africano.

Han pasado más de veinte años de la tragedia. He regresado al poblado con el propósito de compartir, en compañía de mis esposa y mis hijos, unos días con el tío Gabriel, ya octogenario, y con Gertrudis, mi madre adoptiva. Emocionados, se solazan contando nuestras travesuras, que compartimos con sus dos hijos. Por boca de Gertrudis supe que mi padre había muerto.

Pensativo y en silencio recordé, con tristeza, aquella mañana cuando el río, en su loca carrera, se llevó a mi madre y a mi hermana en sus entrañas.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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