Domingo, 25 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

El gato que se le perdió a Pacha

septiembre 17, 2020 4:40 pm



Anécdotas de un médico de Fredonia

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Bernardo Ledesma Gil (foto)
Ortopedista – Escritor

Pacha era un hombre de buena estatura, medía casi dos metros, peleador y camorrero, trabajaba como cotero o “bultiador” en los carros de la flota de Fredonia en los años 80.

En su rostro se dibujaba una sonrisa permanente, como si tuviera dientes para mostrar, lo que al parecer no le importaba pues años atrás en una de sus rutinarias querellas había quedado parcialmente mueco y solo le quedaban para mostrar su 4 colmillos, dos arriba y dos abajo, que le servían, para comer, al igual que para asustar a sus rivales con esa sonrisa draculesca en sus frecuentes riñas durante sus borracheras.

De tez blanca, ojos azules, cabello largo a la moda para esa época, cualquier desprevenido diría que tenía porte europeo por su imponente estatura.

Lucía una musculatura de boxeador forjada por su arduo trabajo cargando y descargado pesadas cargas en los camiones o buses de la flota y se caracterizaba porque a ningún bulto, por pesado que fuera, se le quitaba.

Estaba yo cumpliendo con mi año rural como médico en el hospital de mi pueblo, cuando el celador del hospital golpea a la puerta de mi casa como a las 3 de la mañana para informarme que debía ir al hospital para atender un parto.

La comunicación en esos tiempos era con mensajeros porque no había comunicación telefónica.

Yo habitaba con mi esposa María Eugenia y mi pequeña hija Carolina, de un año de vida, en un apartamento ubicado en lo alto del pueblo donde se iniciaba la calle Catafora, a una cuadra de la plaza principal.

El apartamento me lo había alquilado mi amigo y compañero de bachillerato Guillermo Gaviria, quien residía en el segundo piso con su pequeña hija María Paulina, de la edad de mi hija Carolina.

Rápidamente me coloqué mi ropa y me dirigí al hospital, que en esos días estaba situado a la salida del pueblo, al frente de un bar denominado “La última copa”, cerca del cementerio.

La distancia entre el hospital y mi residencia era aproximadamente de 10 cuadras, las que debía recorrer caminando. Lo primero que preparé para llevar fue una linterna para alumbrar el camino por unas calles oscuras y desiertas, por no decir tenebrosas.

En esa época no había luz eléctrica en el pueblo y las calles solo las iluminaban unos pequeños bombillos con luz amarilla como cocuyos, alimentados por una planta eléctrica que funcionaba con gasolina que distribuía corriente eléctrica para todo el pueblo, por lo que era una iluminación muy tenue.

Cuando iba en la mitad de mi trayecto, descendiendo por la denominada “Calle Abajo”, escuché detrás mío una discusión con palabras soeces.

– Si tocas al doctorcito, te morís vos, hijueputa-, gritaba uno de los hombres que hablaban.

Reconocí la la voz del gigantesco Pacha que se enfrentaba con dos tipos de mal aspecto que, al parecer, intentaban atracarme.

Me quede pasmado del miedo.  Pacha se me acerca y me ofrece su mano, saludándome efusivamente.  Estaba embriagado como de costumbre.

– Tranquilo, doctorcito, que yo lo acompaño hasta el hospital pa’ que no le pase nada.-

Y así fue.  Y continuó haciéndolo durante todo mi año rural.

Recordé, entonces, que unos meses antes yo lo había atendido por el servicio de Urgencias del hospital donde lo llevaron casi inconsciente en un carro de la Policía.

Parecía un nazareno impregnado de sangre por todas partes.  En una de sus acostumbrada riñas le habían propinado 19 heridas con cuchillo y con machete.

Ninguna de las heridas era profunda pero sí extensas y superficiales.  Y le brotaba sangre por todas partes.

– Tranquilo, Pacha, que la sangre es muy escandalosa-, le dije, para tranquilizarlo.

En compañía de una de las enfermeras auxiliares del hospital, lavamos las heridas, canalizamos una vena para colocarle suero, controlamos el sangrado y, a punto de anestesia general con ketalar y con inyecciones de anestésicos locales, en un procedimiento que duró casi tres horas, logré suturar todas sus heridas.

Pacha salio al día siguiente del hospital y su agradecimiento se convertiría en una obsesión y en muchas ocasiones en un espectáculo bochornoso para mí.

Cada vez que me veía sentado en una mesa del atrio del pueblo o en el interior de una de las cafeterías, Pacha se me abalanzaba, me abrazaba en un gesto pletórico de alegría y de agradecimiento y, a continuación, se quitaba la camisa para mostrarle a todos los presentes las múltiples cicatrices que tenía en su cuerpo, exhibiéndolas como un trofeo, gritando a todo pulmón:

– Estas cicatrices las tengo como recuerdo del doctorcito que me salvó la vida-.

Esas manifestaciones y el show durarían muchos años más, aun después de yo haber dejado de ser el médico rural de mi pueblo Fredonia, cuando lo visitaba frecuentemente para realizar las brigadas de Ortopedia con mis alumnos.

Cuando Pacha se enteraba de mi presencia en una de las cafeterías del atrio del pueblo, se sentaba en la mesa donde me encontraba con mis acompañantes, amigos o médicos residentes, y pedía una botella de aguardiente para que brindáramos con él.

– Brindemos por el doctor Ledesma que me salvó la vida -, decía con voz recia.

Y cuando ya estaba embriagado, llamaba al mesero, le pedía una media de aguardiente para llevársela en el bolsillo de atrás del pantalón, y muy agradecido le decía:

– Apúntele esa cuentecita al doctorcito-.

Pero la historia más increíble, y además chistosa, de Pacha ocurrió cuando le dio por ir a consultarle a un «adivino» que había llegado hacía pocos días a Fredonia y que había alquilado una habitación cerca del matadero municipal situado a la entrada de la población.

Muchos ingenuos habitantes del pueblo, y especialmente los fines de semana muchos campesinos y residentes del área urbana, acudían a citas con el famoso adivino, incluso tenían que hacer largas filas y le pagaban algunos pesos por la consulta.

Pues resulta que a Pacha le hablaron de lo acertado que era el brujo y, muy animado, se fue a consultarle, y pagó los 10 pesos de la consulta después de una larga espera.  Ingresó a una habitación obscura, impregnada de raros y fuertes olores, al parecer de incienso, eucalipto y otras yerbas que producían estupor y miedo.

Al fondo de la habitación, Pacha descubrió al brujo, un pequeño y obeso hombre, sentado en posición de loto, que se confunde con el humo que enrarece el ambiente.

El adivino, muy amable y con voz gruesa, lo saludó y le preguntó:

– Buenas noches, señor; ¿en qué le puedo ayudar?-

Pacha le contestó en tono fuerte como era su costumbre:

– Vea señor brujo, yo solo vengo a una cosa: ¡Quiero que usted descubra dónde puedo encontrar un gato que se me perdió!

El adivino le cogió las grandes y callosas manos a Pacha, las voltea para arriba y para abajo, simulando que estaba analizándolas, se detuvo un buen rato en sus lineas palmares y, a continuación, le dio vueltas a una gran bola de cristal; después de una larga pausa le dijo a Pacha:

– -Míreme fijamente a los ojos.

Pacha lo miró a los ojos con desconfianza; ya ansioso por saber la respuesta, le preguntó:

– Quihubo, pues, ¿ya me encontró el gato?

El brujo muy serio y con una voz recia y segura le respondió:

– Vea, hombre Pacha.  Olvídese de ese gato.

– ¿Por qué, señor?- le replicó Pacha, a lo que el brujo le contestó:

– Vea, hombre, ese gato no se lo robaron.  A ese gato lo envenenaron.

Pacha se levantó furioso , cogió al hombre del cuello, lo zarandeó y, casi ahorcándolo, le dijo:

– ¡Devolveme la plata, brujo ladrón, y te vas ya mismo de este pueblo!

El brujo atemorizado, le preguntó por qué esa reacción, y Pacha le respondió:

– ¿No ves, gran hijueputa, que yo no vine a preguntar por ningún gato animal?  Yo estoy preguntando es por el gato del carro que se me perdió.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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