Miércoles, 30 de Septiembre de 2020
ASMEDAS Antioquia

El aluvión

septiembre 1, 2020 5:46 pm



Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Cuando el aluvión descendió presuroso por la falda de la montaña, un gran estrépito se escuchó a los largo del valle, que un río poco ancho recorría de sur a norte, acariciando aquellas tierras tan pródigas para el cultivo de verduras y frutales y tan bien cuidadas por las manos laboriosas de los aldeanos del lugar.
Eran apenas las nueve de la noche y, durante casi toda la tarde de aquel día, el cielo, con altisonante arrogancia, dejó escapar una lluvia torrencial que empapó la tierra, bellamente cultivada por los hombres y mujeres de la comarca. Poco antes de las seis había dejado de llover pero, allá a lo lejos, en donde los cerros se encumbraban altaneros, unos nubarrones los cubrían parcialmente y la noche había llegado en forma precipitada.

La corriente eléctrica había desaparecido y Benjamín, con su mujer y sus hijos, sentados en la sala, iluminaban su hogar con lámparas de petróleo y algunas velas, que impregnaron el ambiente con su olor peculiar. Su fino oído le permitió escuchar el estruendo causado por las aguas y a su memoria vino el recuerdo del tormentoso diluvio que, cuatro años atrás, casi arrasa con la vivienda y los cultivos. Sin titubeos, tomó a sus hijos de las manos y exhortó a su mujer a abandonar la cabaña. Extrañada, Rosalía ensanchó sus grandes ojos y, sonriendo, le dijo: –¡Creo que exageras! El aguacero de la tarde no lo fue para tanto. Con energía, Benjamín, casi ordenándole, le observó: –¡Es mejor ser prudente! El agua está bajando de la montaña y pronto anegará el valle. –¡Vámonos ya! El Morro de la Virgen es un lugar más seguro –le dijo, con gesto suplicante.

El cerro, distanciado a menos de doscientos metros de la casa, era un promontorio poco arborizado, en cuya cima los pobladores de la región habían instalado un monumento a la Virgen María. En los días domingos era motivo de peregrinajes por los creyentes católicos, que ascendían hasta la cumbre para hacer sus rogativas. Era el sitio escogido por mucha gente, para desde allí contemplar la belleza del valle, en cuyo fondo viajaba, muy tranquilo, un río de aguas cristalinas que hoy, a causa de la lluvia vespertina, había aumentado considerablemente su caudal y sus aguas se habían tornado algo turbias.

Con su mujer y sus hijos, Benjamín, quien apenas pudo tomar unas cobijas, se dirigió presuroso hacia la colina, tratando de protegerlos de la avalancha que presentía. Otros grupos de gente le acompañaban en la inesperada huída. Algunos, ante la oscuridad reinante, portaban linternas de mano que les facilitaba su rápido andar por el sendero.

Casi nadie tuvo la osadía, o tal vez la torpeza, de recoger sus utensilios para llevarlos consigo. Lo que importaba era la vida y el Morro de la Virgen fue el sitio escogido para lograrlo. Unos pocos, muy porfiados, hicieron caso omiso al rumor de la gente y optaron por quedarse en sus ranchos humildes, que ahora aparecían en tinieblas.

Cuando el agua rebasó el cauce del río y empezó a anegarse el angosto valle, la mayoría de los pobladores ya había alcanzado la cresta de la colina. En medio de la oscuridad no atinaban a observar el caudal de las aguas, pero un susurro persistente les hizo comprender que el río se había desbordado y que la inundación era inminente. Algunos lloraban, desconsolados, al presentir la pérdida de sus cosechas y de sus animales, que hubieron de abandonar en su loca carrera, para salvar sus vidas. Otros, guardando un silencio total, tenían la esperanza de que los daños no pasaran a mayores.

Benjamín, guareciendo a sus hijos y a su mujer, les cubrió con las cobijas, y en un tono optimista les dijo: –Fue una buena decisión subirnos al morro. Al menos tendremos la vida para rehacernos, si se perdieran nuestro rancho y nuestros cultivos. Lo decía, mientras que acariciaba sutilmente a su compañera, desde hacía unos diez años. Ella, en silencio, con el pequeño en su regazo, dejaba escapar algunas lágrimas de sus grandes ojos.

Frecuentes gritos clamando ayuda se escuchaban por las laderas de la colina. Provenían de alguna gente, que en principio se había mostrado obstinada a abandonar sus viviendas.

Cuando alcanzaron la cresta de la colina, la luz muy tenue, de unos mecheros, permitió que se les viera envueltos en lodo, de pies a cabeza, muchos de ellos acusando dolores en sus cuerpos aporreados. Una mujer, con sus ropas en hilachas, clamaba al cielo por su anciano padre que al parecer había quedado sepultado en su humilde rancho. Cuando la avalancha de barro y palitroques penetró con fuerza en la vivienda, el viejo, reducido a la cama desde hacía varios años, no tuvo tiempo de escapar. Ella pudo hacerlo con sus tres hijos, que ahora parecían monumentos vivientes, cubiertos por el cieno. El menor, de aproximadamente cinco años, lloraba inconsolable, mientras que el hermano mayor le limpiaba el rostro con los jirones de su camisa.

A la media noche, el viento frío de las montañas obligó a los habitantes a encender hogueras, para entibiar el ambiente y soportar su permanencia en el collado.

Cuando el alba arribó, ya las aguas comenzaban a descender, pero el estrecho valle era un lodazal en el cual varios cultivos y algunas viviendas, endeblemente construidas, habían sido arrasados por la fuerza del aluvión. Sólo algunos robles, tamarindos y ceibas centenarias, resistieron el empuje de las aguas que, enloquecidas, dejaron sus huellas funestas de destrucción. Una vez que descendieron hacia el valle, casi todo el poblado estaba convertido en ruinas. Algunas casas de ladrillo, entre ellas la de Benjamín, habían resistido la fuerza de las aguas, que al retirarse dejaron sus cenagosos rastros en sus paredes, que ahora lucían de un color amarillento.  Pero en el interior de la vivienda todo era un caos. Un limo pegajoso cubría las camas, los muebles de la sala y del comedor, y hasta la vieja victrola, que en innumerables noches les había deleitado con bellas melodías, ahora estaba cubierta por el fango.

De la tomatera y el yucal quedaron pocas huellas, pero algunas plataneras se mostraron vigorosas ante el empuje destructor de las aguas. La desolación era inmensa y en el rostro entristecido de los habitantes se reflejaba todo el peso de la desgracia. El esfuerzo de tantas horas, de tantos días, de tantos meses, para sacarle el producto a la tierra, se vio frustrado en muy pocas horas por la fuerza de la naturaleza, que no guardó misericordia alguna para aquella gente laboriosa que, con mucho amor y abnegación, la habían regado con su sudor durante mucho tiempo.

Dos cabras, que permanecían atadas con un lazo a un tronco, yacían inertes, cubiertas por el barro y la maleza. Cuando los niños de Benjamín las descubrieron, su tristeza fue grande. Solían cuidarlas con esmero y retozar con ellas muy a menudo.

El río había vuelto a su cauce natural, pero sus aguas, muy revueltas, aún llevaban consigo troncos y ramas provenientes de la montaña. El fango cubría las callejuelas del poblado y hacía dificultoso el andar de sus habitantes, que deambulaban tratando de identificar sus pertenencias, arrastradas por la crecida. El viejo puente de madera que los comunicaba con la población más cercana, había cedido en sus pilotes y ahora se veía inclinado, como si participara de la tristeza que embargaba la aldea.

Corrían rumores de que tres personas habían sido encontradas muertas y otras más estaban desaparecidas. La confusión era enorme y el lamento de la gente colmaba de dolor a la comarca. Pero la solidaridad, que muchas veces suele agigantarse ante las desgracias comunes, surgió como por encanto y hombres y mujeres, jóvenes y viejos, uniendo sus fuerzas y sus voluntades, comenzaron muy pronto a revivir el poblado.

Luego de darles sepultura a sus muertos, en el pequeño cementerio, que tampoco escapó al poder de las aguas, afanosos se dedicaron a reconstruir sus viviendas y a rebrotar sus cultivos.

Han pasado más de cinco años desde cuando el aluvión tormentoso llenó de luto y dolor al poblado. Hoy, un puente de hierro y cemento hace más fácil el transporte con las poblaciones vecinas. El valle ha reverdecido, engalanado de frutales, hortalizas y forraje. Un pequeño hato pace tranquilo a la orilla del estrecho río, que no ha cambiado su curso, pero que luce cristalino mientras que rumorea apacible por el fondo de su cauce.

Dos o tres calles, muy rectas, paralelas al riachuelo, están bordeadas por viviendas multicolores, con predominio del blanco, erigidas en madera y en ladrillo, y adornadas en sus frentes por arbustos frondosos que prestan sus sombras a sus habitantes.

El Morro de la Virgen se ha poblado de arbustos multicolores y una escalinata empedrada hace más fácil el ascenso de los peregrinos, que en cada domingo suelen visitarlo, para entonar una oración o contemplar el follaje maravilloso del pequeño valle. Cinco años después del aluvión, el valle ha revivido gracias al empeño de sus habitantes.

Medellín, agosto de 2004.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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