Miércoles, 21 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

Desilusión

agosto 17, 2020 2:46 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

La tarde se había tornado brumosa. Unas menudas gotas empezaban a humedecer el prado en los jardines del parque.

Hace más de dos horas que llegué, portando un texto que me había recomendado un gran amigo. Traté de recorrer sus páginas, que hablaban de las dichas y desdichas de un joven médico recién egresado, pero mi mente, perturbada por la presencia de su fantasmal figura, que graciosa y sonriente parecía deambular por las estrechas callejuelas del parque, se encontraba alterada y muy distante de aquel apacible lugar.

No podía olvidar su indiferencia ni la desfachatez con que me miró cuando la sorprendí tomada del brazo de un joven pelirrojo, compañero de oficina.

Yo, que había creído ciegamente en su sinceridad cuando al manifestarle mis afectos ella decía amarme, que había fabricado muchos sueños a su lado; que me había imaginado reposando junto a ella en una pequeña cabaña cercana al mar y las mil tonterías que solemos fantasear bajo los efectos del amor, aquella tarde del fortuito encuentro, me sentía acongojado.

Aún estaba muy joven y no había experimentado los pedregosos e intrincados caminos del amor.

Había querido acercarme a ella y reclamarle por su actitud, como si en verdad me perteneciera y yo fuera su único dueño; como si todo mi mundo y la razón de mi existencia dependieran de ella. Había sido un impacto terrible que conmovió todo mi ser. Había intentando alcanzarla, con el único propósito de desahogarme de aquella pena.

Tomada de la mano del joven rubio parecía feliz; reía sin reservas y su risa juvenil contagiaba a su afortunado acompañante. A punto de alcanzarlos, frené súbitamente y opté por ocupar un banco del parque y dedicarme a la lectura del texto que llevaba conmigo, mas su imagen, revoloteando en mi mente, me lo impidió.

Durante varias horas permanecí abstraído. Recorrí los lugares que otrora anduve en su compañía; me pareció volver a escuchar sus estridentes risotadas, mostrando su bella dentadura y entornar sus negros y pequeños ojos.

La lluvia arreció y las gentes apresuraban su marcha tratando de protegerse. El parque empezó a ser desalojado por los ancianos y los vagos que ocupaban sus bancos.

Abandoné el lugar y me dirigí a una heladería situada en el marco de la plaza. Intenté reiniciar la lectura del texto, mientras pedía a la mesera que me sirviera una cerveza. Ahora, más tranquilo, repaso las páginas del libro que narra las desventuras del joven médico, mientras escucho las cadenciosas notas de un bolero.

Sorpresivamente aparece ella por una de las puertas de la heladería. Sacude su cabeza, esparciendo mil gotas de rocío.

Con su mirada escrutadora recorre el amplio espacio de la heladería que, por la lluvia, aparece plena de parroquianos. Me descubre en un rincón. Nuestras miradas se entrecruzan y ella, libre de prejuicios, se dirige hacia la mesa que ocupo.

–¿Puedo acompañarte? –Pregunta, con una pícara sonrisa.

–¡Bienvenida! –Le respondo.

–¿Aún sigues enojado conmigo? –Me interroga,

–De ninguna manera. ¡No vale la pena! –Le digo, a pesar de la angustia que me consumía.

Medellín, julio de 2009.

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