Lunes, 26 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

Si los ricos no quieren, los pobres no pueden

julio 15, 2020 8:20 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Carlos Segundo Oliveros Peralta (foto)
Integrante Junta Directiva de ASMEDAS Antioquia

Pocas cosas en nuestra vida nos marcarán tanto como esta maldita pandemia. El sino de un tsunami mundial impacta sobre nuestras embrujadas tierras, tanta gente enferma, tanto trabajador sin empleo, tanta violencia en las casas, tanta cocina de fogones fríos. Primera vez que la fórmula creativa del rebusque sin límites se estrella contra el gran muro del poder económico y político; fracasan el ventero y el trabajador de mil artes. Fracasan los diplomas, se rompen las escaleras de ascenso social; aunque estas ya se las habían robado, los que trafican coca y heroína, esos, consiguieron el poder y son los que mandan; los del diploma y el libro somos sus pobres sirvientes.

Pero el mal, que hoy es mundial, tenía que ser sellado por las hojas garciamarquianas de Macondo, el Israel latinoamericano; de Polombia; se sigue la misma lógica del manejo de la pandemia en Brasil, donde un tirano se negó, y niega DE FRENTE, a tomar las medidas suficientes que evitaran la catástrofe; pero el Estado colombiano, al mejor estilo santanderista, lo hace solapadamente diciendo sí, como no, pero esgrimiendo el puñal debajo del poncho; es decir, promueve la infección diciendo a todos que la está evitando.  Santander nos enseñó cómo él mismo decía hacer el mal pero con remordimientos; el Estado colombiano nos engaña con el discurso y nos apuñala con los hechos; mentira, hambre y represión son las herramientas esenciales del manejo de la pandemia aquí en Colombia.

Por eso, antes que los científicos lo determinaran y el sentido común lo advirtiera, se levanta la cuarentena para satisfacer la necesidad de ganancia de las grandes empresas, dejando a las pequeñas y medianas, tanto industriales como comerciales, en fuego bajo, cocinándose en su propia ruina. Para estas está la hipoteca inversa: declárense en quiebra y vendan por cuotas sus posesiones a los bancos; de un plumazo pasan de generadores de empleo a desempleados y de tener cuentas bancarias a ser víctimas del sector financiero.  Mi esfera mágica me dice que esta gente, pese a todo, votará en el 2022 por “el que diga Uribe”.

La cuarentena no les sirve a los ricos; la burocracia estatal la seguirá saboteando, como sucedió desde el primer día con los acuerdos de paz.  Seguirá anunciando alimentos que no llegan, ayudas económicas que no aparecen, inversiones que no se dan, aportes de salud que se direccionan a negocios particulares.  La cuarentena ha sido vuelta trizas desde sus inicios, el dinero para la pandemia se ha perdido en cuentas Panamá Papers y bonos Carrasquilla.  Salimos más pobres endeudados, con más médicos y enfermeras muertos o despedidos que antes de la pandemia; con el temor de que los asesinos de líderes sociales, los que nunca fueron sancionados por no cumplir con la cuarentena, se equivoquen de casa y se metan en la nuestra.

Pero si los ricos no quieren, los pobres no pueden por los motivos ya expuestos y conocidos.  Las madrugada, como siempre sucede en este país, se ven recorridas desde muy temprano por vendedores (as) de café, que lo han dejado muy claro: O trabajan o se suicidan.  Las calles ya están abarrotadas de informales hasta hoy imbatibles, por obreros expuestos por la presión del patrón, por el rebuscador sin ley.  La cuarentena hace meses desapareció en los hechos, pese a declaraciones y decretos; solo faltó abrir los restaurantes, cafeterías, bares y discotecas, que se cocinan en su propia salsa de irremediable quiebra. Esta es la crónica de una cuarentena hecha trizas anunciada, anunciada en la boca de los del partido de gobierno que siempre entendieron ‘bajos ingresos’ cuando los demás decíamos ‘salud pública’.

Y si los ricos no quieren, los pobres hoy ya no creen.  No creen en la pandemia pero sí en los muertos, que se los achacan a cosas distintas a ésta. No creen en los hospitales ni en las pruebas, que deciden no visitar ni dejarse hacer.  No creen en los empleados de la salud, que persiguen inquisitoriamente, no por hacer brujerías como en la edad media, sino por ser dizque los responsables de la difusión de la enfermedad.  No creen en la ayuda del gobierno, así como no creían en aquel ‘coronel que no tenía quién le escribiera’.  No creen en el tapabocas ni en el distanciamiento social; lo de enfermarse o curarse se lo dejan a Dios, Él los salvará. Lo que no saben, o no les importa, es que los más de 5.500 fallecidos por el Covid-19 tenían exactamente la misma fe, eran tan creyentes como ellos.

No habrá cuarentena; por mucha sanción y rejo que quieran poner en las calles, es más probable actualmente morir de hambre que de Covid-19; la gente lo tiene claro, no habrá cuarentena.  Lo cierto es que, una vez saboteado el temor y la necesidad de la gente, los poderosos y el gobierno tendrán la excusa perfecta de la masacre que viene, como todas las masacres en este país: la culpa la tiene la víctima, no el victimario, y el Estado no tiene nada que ver a pesar de la horrorosa impunidad con la que actúa en medio del genocidio, no previniendo lo prevenible, la impunidad sigue siendo su traje favorito.

Los ricos no quieren, los pobres no podemos ni creemos; aquí lo razonable está fuera del debate; lo razonable es un sermón más que se pierde entre los oídos pecadores.  No creo que ser pesimista, en un cuadro como éste, sea malo, como nunca lo ha sido la franqueza por muy cruel que sea. Estamos en un tsunami mundial, vamos para una hecatombe nacional; a menos que pase lo increíble, lo impensable; eso no es raro en este país: lo increíble sería que el pueblo deje de temer y pida la cabeza del puerco, el carriel del genocida, y nos atrevamos sin miedo a enfrentar por primera vez en doscientos años la posibilidad de ser libres, como los perros callejeros no temen vivir sin dueño pese a las consecuencias.  Cargar con nuestras garrapatas y flaquezas, sabiendo que es nuestro el camino que recorremos y nuestras las patas con las que decidimos recorrerlo.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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