Jueves, 29 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia
32 Congreso Nacional de Medicina General y Social

Removiendo cenizas

julio 8, 2020 1:49 am



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo – Ex integrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Profesor de cátedra en la universidad durante varios años, Esteban permaneció soltero, pendiente de la madre y una hermana menor, con problemas de aprendizaje.

Apreciado por sus estudiantes, cuando ya rayaba los cuarenta conoció a Julieta, una joven estudiante unos veinte años menor que él, extrovertida y coqueta, con quien muy pronto estableció una estrecha amistad. Perdidamente enamorado de la muchacha, empezó elaborar en su mente la idea de que, a pesar de las diferencias de edades, ella podría ser su compañera por el resto de la vida.

Embriagados de amor, solía vérseles juntos en cafeterías y diversos actos sociales, en donde la joven, sin reparo alguno, se manifestaba cariñosa, mientras que él guardaba cierto grado de prudencia, para evitar las críticas de estudiantes y profesores.

El romance se prolongó hasta cuando Julieta completó sus estudios universitarios y debió trasladarse a otra ciudad a trabajar con una empresa extranjera. La influencia materna impidió que Esteban contrajera matrimonio con Julieta, como era su propósito.

Introvertido y algo tímido, Esteban continuó dedicado a su cátedra en la universidad, alejado de las diversiones. Pero el tiempo, que suele borrar los sufrimientos, jamás pudo hacer que Esteban olvidara a Julieta.

Habían pasado más de cuatro años de la separación cuando, una tarde del mes de abril, escuchó una voz a través de línea telefónica que le decía:

─¿Hablo con Esteban?

─ Sí, efectivamente. ¿Quién me llama?

─Te habla Julieta. Estoy en Medellín desde hace una semana. Averigüé con unos amigos tu teléfono. Deseo verte.

Sorprendido, pero a la vez emocionado, guardó silencio por un instante.

Mas luego dijo:

─¿Para qué me llamas?

─Sólo, deseo volverte a ver. No olvido todo lo amable que fuiste conmigo. Creo que me amabas –le dijo, con voz muy queda.

─Pero tú no correspondiste al amor que te brindé. Tal vez la diferencia de edad fue un factor muy importante.

─De ninguna manera, Los reparos de tu madre hicieron que desistiera de seguirte. Pensé que su influencia haría difícil la vida de los dos. ¿No lo crees?

─Quizá tengas razón. Hace más de dos años que vivo solo en un apartamento, aunque no dejo de visitarle y estar pendiente de ella y de mi hermana.

─Entonces… ¿Sí podré verte?

─¿Dónde estás residenciada?

─En casa de mis padres. Cerca del estadio. ¿Lo recuerdas?

─¡Sí! Lo recuerdo. Mañana estaré muy ocupado en la universidad. ─Podría recogerte el sábado por la tarde. ¿Tú puedes?

─¡Estaré esperándote! Guarda el número de mi teléfono para que me llames.

─Así lo haré.

Emocionado como estaba, Esteban fue a la alacena y tomó una botella de whisky, que guardaba desde hacía meses. Sirvió un trago, que completó con unos cuantos trozos de hielo. Intentó continuar la lectura de una novela que tenía entre sus manos, pero sus pensamientos surgieron en su mente, para recordarle los momentos que pasara con Julieta cuatro años atrás.

Quizá la extrovertida y cariñosa Julieta, que conociera en la universidad, habría madurado y ahora fuera una dama más compuesta y más sensible a los requerimientos de amor que le hiciera Esteban. O tal vez continuaba siendo la muchacha un poco traviesa que cuatro años atrás lo enloqueció como si fuera un chiquillo. Por su cabeza viajaron, fugazmente, un montón de ideas con respecto a este nuevo encuentro con Julieta.

La recordó alegre y salerosa departiendo con un grupo de amigos por los corredores de la universidad, riendo a carcajadas ante los chistes de los muchachos. La imaginó sentada a su lado, luciendo su larga y azabache cabellera, despidiendo el aroma de un fino perfume que un día le regalara.

Confundido ante la situación, el insomnio lo dominó hasta muy entrada la noche.

Tal como lo habían acordado, el sábado por la tarde la llamó por teléfono para avisarle que la recogería en casa. Una llovizna menudita caía sobre la ciudad y la temperatura, que había descendido, lo obligó a protegerse con un suéter de lana gris. Ella, por su parte, sonriente lo esperó en la puerta de la residencia. Él descendió del vehículo y fue a su encuentro. Con un fugaz beso en las mejillas se saludaron.

─¿Dónde quieres ir? −Le preguntó

─Donde quieras llevarme. Desde hace días deseaba volver a verte.

─¿Qué ha sido de tu vida? ¿Por qué esta sorpresiva aparición?

─Renuncié a mi trabajo en la empresa donde laboré por cuatro años. Me han ofrecido algo más ventajoso en esta ciudad. Hace cosa de tres meses que llegué.

Entonces, estuve averiguando por ti, pero nadie me dio razón de tu existencia. Esta semana, un compañero de estudio me facilitó tu teléfono; por eso pude localizarte.

─Y… ¿a qué se debe ese interés? Si puedes decírmelo.

Julieta sonrió sonoramente, ante la pregunta que le hiciera Esteban, y recostando un poco su cabeza sobre el hombro de éste, le preguntó:

─¿Ya dejaste de quererme?

Esteban la miró de reojo sin decir palabra. Guardó un largo silencio, mientras continuaba manejando el vehículo.

Cuando el semáforo en rojo lo obligó a detenerse, atinó a decirle:

─No quisiera volver a vivir la experiencia de hace cuatro años cuando te fuiste sin una despedida.

─En verdad, lo hice conscientemente. Yo también te amaba, pero no deseaba crearte problemas con tu familia-, dijo la joven.

─¡Tonterías! Ya soy lo suficientemente maduro para tomar mis propias decisiones. Las opiniones de mi madre no tenían, necesariamente, que impedir que yo te amara.

─Quizá no, pero… que fuera tu esposa sí. Olvidemos ese traspié y volvamos a ser buenos amigos.

─Pero… ¿qué motivó que me buscaras? No deseo vivir otra decepción.

─Bueno, debo confesarte que ahora, un poco mayor, he comprendido que, de verdad, tú me amabas. Conocí un hombre del que empecé a enamorarme, mas, al pasar los meses de esa relación y analizarlo con mayor detenimiento, comprendí que no podría ser mi pareja. A pesar de sus estudios, es presuntuoso, dominante y posesivo. Entonces, decidí romper esa relación, al considerar que no sería feliz a su lado.

─¿Acaso piensas que lo serías al lado mío?

─Nunca se puede estar segura de cómo sería el futuro al convivir con otro ser, pero tú eres muy distinto. Cuatro años atrás, a pesar de mi temperamento, fuiste tolerante, me protegiste y valoraste lo que hacía, especialmente en lo que respecta a mis estudios. Considero que, a pesar de todo, jugaste un papel importante en mi formación académica.

─Me agrada que pienses así, pero todo eso no constituye un acta en la cual pueda hacerse constar que serás feliz al lado mío, le dijo, riendo sutilmente.

─¿Crees acaso que es muy tarde para volver a empezar? –dijo Julieta, jovialmente, mientras que le acariciaba su rostro.

El profesor, muy sorprendido ante la actitud de la joven, guardó silencio por largo rato. Luego, le preguntó:

─¿Desearías que fuéramos a cenar?

─Como tú los desees. Sólo ansiaba estar contigo y confesarte mis sentimientos.

Esteban, sonriendo, la miró de soslayo y le dijo:

─Me cuesta creer tus confesiones, pero alguna vez escuché un aforismo que dice: “Si al viejo árbol no se le han muerto sus raíces, abonándolo y regándolo puede revivir”. Pero… dejemos de filosofar y vamos a cenar.

Después de un corto recorrido arribaron a un restaurante de la carretera Las Palmas, que conduce a Rionegro.  Allí, durante unas dos horas departieron amigablemente al calor de unos vinos y unos exquisitos platos italianos.  Se contaron sus actividades, realizadas durante esos cuatro años de separación, prometiéndose reanudar esa amistad tronchada años atrás.

Cuando retornaron vía Las Palmas, el silencio guardado por ambos fue la muestra de las dudas que se cernían en sus mentes.

Una vez que Julieta descendió del carro, al frente de su casa, le preguntó a Esteban: ─¿Ya no me amas?

El hombre, con gesto adusto, sólo atinó a responderle:

─Han pasado varios años de aquella desventura que aún recuerdo con pesar. No niego la llamarada, pero temo atizar la hoguera.

Cuando Julieta se despidió, unas lágrimas rodaban lentamente por sus mejillas.

Julio de 2013

 

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