Reflexiones en domingo

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo – Asmedista
Ex Integrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Disfrutar de la frescura y tranquilidad que nos brinda el campo es una ocasión que no todos podemos alcanzar. El agitado y convulsivo momento que vivimos en nuestro país, en donde la hordas de vándalos y asesinos, sin respeto alguno, asolan pequeñas poblaciones dejando huellas de dolor y muerte tras sus fugaces incursiones, provocando el desplazamiento de numerosas familias hacia las populosas urbes, ha llevado, también, a muchas personas de las grandes ciudades a abandonar sus parcelas y fincas de recreo.

Pero acá, en este rincón campestre, que gracias al empeño y mutua tolerancia hemos podido conservar tres familias, se respira un ambiente de paz y de sosiego. Ubicado en la zona norte del Valle de Aburrá, con un bello marco de rugosas montañas, sirve de encuentro semanal a los amigos, que en su etapa otoñal, suelen deleitarse recordando el pasado y haciendo planes para un futuro incierto.

Dejar la ciudad bulliciosa, con el trajinar persistentes de sus gentes y el ruido ensordecedor de los automóviles, que con su continuo ir y venir excitan el espíritu, dejar la ciudad ─digo─, y venir al campo durante algunas horas, constituye una delicia para el alma y para el soma.

Embebido en la lectura de unos poemas de Milton (1), ese ilustre invidente, autor de “El Paraíso Perdido”, reposando en una mecedora, me transporto hacia el mundo fantástico y satánico de su obra y, por un instante, creo caminar al lado de sus andróginos seres angelicales.

Invadiendo el ambiente, haciéndolo más placentero, a través de la radio resuenan los acordes de la Filarmónica de Berlín, que interpreta el primer movimiento del Concierto para Violín en Re mayor (Opus 6), de Louis Van Beethoven (2). El diálogo entre los violines y los timbales, que insistentemente se repiten durante el desarrollo de la obra musical, me causa una sensación de levitación y me transporta a mundos desconocidos, en donde todo es felicidad y alegría, lo cual me causa cierto grado de tranquilidad interior.

Una tenue brisa fría invade el entorno y remece las ramas del almendro y de las palmeras que adornan el acceso a la finca. Parecen danzar al compás de los agudos sonidos de los violines de la orquesta y viene a mi memoria la imagen de aquel pequeño hombre, insigne compositor, quien, a pesar de su temprana sordera, nos legó numerosas obras musicales de extraordinaria belleza.

El viento ha disipado las grisáceas nubes y, ahora, cirros y nimbos ocultan parcialmente el firmamento. Es hermoso el contraste con los numerosos tonos verdes que adornan la empinada montaña. Casitas blancas con techos rojizos matizan el paisaje, recordándome un cuadro de Van Gogh. Así, entre notas musicales y bellos trozos literarios que repaso en el texto, transcurre el día domingo.

Mediada la tarde, retorné a la ciudad. La quietud y el silencio se esfumaron. La autopista era un barullo de carros, en direcciones opuestas: los unos alejándose, los otros acercándose a la ciudad. Algunos parecían llevar más prisa que otros y, veloces, zigzagueaban para adelantárseles a aquellos que con sus sosegadas marchas parecían disfrutar del paisaje.

Al pasar por el frente del cementerio Jardines del Recuerdo, nos detuvo un agente de tránsito para el facilitar el ingreso de una carroza mortuoria que, en su coraza, portaba varios ramilletes de flores multicolores. En su interior, a través de los cristales, pude observar el féretro marrón, en el cual reposaba el cadáver.

─¿Quién murió? ─pregunté.

─Un anciano─ me respondió una dama que hacía parte del cortejo.

¡Es muy raro! ─comentó un hombre de blanca cabellera. Ahora mueren más jóvenes que adultos ─agregó, con gesto adusto.

─Son las consecuencias de la maldita guerra ─expresó una mujer vestida de negro, en cuyo rostro se notaba una profunda tristeza.

Cuando el coche fúnebre ingresó al campo santo, el agente autorizó el paso de los vehículos. El incandescente sol, como un enorme globo anaranjado, que lentamente se hundía en el horizonte, lastimaba mis ojos e impedía parcialmente mi visión.

Recurrí, entonces, a unas viejas gafas ambarinas que suelo guardar en la guantera del automóvil para utilizarlas en tales ocasiones. El panorama se tornó maravilloso: el enorme globo solar proyectaba sus fulgentes rayos en medio de un cúmulo de nubes.  Por efecto de las gafas, adquirió un intenso color amarillo oro.

La caravana de automóviles marchaba lentamente cuando ya nos acercábamos a la ciudad, salpicada de luces amarillentas y verdosas. La radio volvía a informar acerca de matanzas de campesinos y destrucción de tres pequeños poblados en diferentes sitios del país. Desplazados de sus terruños ─afirmaba la emisora─, muchos labriegos, con sus familias, habían emigrado hacia las cabeceras municipales, abandonando sus pocas pertenencias. Eran albergados bajo carpas y vetustos coliseos, en donde recibirían algún auxilio municipal.

Entonces,, retornó a mi memoria John Milton y las imágenes fantasmagóricas de su “Paraíso Perdido”. Igualmente, recordé la Divina Comedia ─con sus abrasivas y fulgurantes lenguas de fuego─, del poeta florentino (3), y pensé, con un poco de tristeza: ─”Si su espíritu viniese, tendría sólidos argumentos para agregar un capítulo más real a su visionaria y fantástica obra literaria”.

P.D.: Publicado en diciembre de 2008, en la edición #96, de Momento Médico, periódico de ASMEDAS Antioquia.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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