Jueves, 13 de Agosto de 2020
ASMEDAS Antioquia

Los excluidos del fútbol

julio 2, 2020 11:20 pm



Tomado de: http://emiliorestrepo.blogspot.com

Por: Médico Emilio Alberto Restrepo Baena (foto)
Ginecoobstetra – Asmedista
Integrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Casi desde sus comienzos, el fútbol se tornó en un asunto de masas, con un impacto profundo en todos los sectores. Podríamos aseverar que nada en el mundo moderno se ha podido aislar a su profundo impacto e influencia. —Hasta los papas, tan serios y graves ellos se han involucrado, recordemos a Wojtyła y a Bergoglio, entre otros—.

En el periodismo ocupa grandes titulares y una gran proporción de las páginas informativas. Cuando hay certámenes importantes, el despliegue informativo copa la radio, la televisión, las revistas de actualidad, la Internet, las redes sociales, la propaganda.

Las multinacionales se disputan el apoyo a los grandes equipos, saturan los espacios publicitarios de las trasmisiones, ponen sus marcas en las camisetas, en la publicidad, en los balones, en las vallas de los estadios y compiten por imponerse contra sus rivales en los patrocinios, giras y comercio.

En la parte económica, los representantes de este deporte mueven más dinero que el resto de las empresas, son verdaderas multinacionales e impactan en las transmisiones, en la boletería, en el valor de los pases y comisiones, mueven campañas publicitarias, todo en torno a la danza de los billones.

Los futbolistas son personajes de élite que cotizan sus pases en cifras astronómicas, hacen parte del jet set y del periodismo de farándula, opinan de lo humano y lo divino, cada comentario, romance o desliz es noticia de primer orden, alimentan el morbo de paparazis y fanáticos que están pendientes de todos y cada uno de sus movimientos y sus miserias y triunfos son alimentos de un público frenético y ávido de sensacionalismo.

También se ha contaminado de la corrupción y sus tentáculos resbalosos. En su evolución hemos visto cómo se ha formado prácticamente una mafia en torno a sus transacciones, a la elección de sus directivas, en las presiones para lograr determinadas sedes para los campeonatos o para favorecer asuntos de transmisiones mediáticas a cadenas específicas, o malversación de fondos o coimas o chanchullos en boletería y muchas más situaciones embarazosas y cuestionables. Y ni se diga de arreglar partidos, de amenazar deportistas para presionar resultados o de comprar jueces. O de alentar la vitrina de jugadores para mejorar el valor de sus pases o fomentar su llamamiento a convocatorias para facilitar su venta. O estimular a las barras bravas para ejercer presiones indebidas, que muchas veces cohonestan con el microtráfico de drogas o de armas, el mundo de las apuestas o los negocios de parqueo, comidas o vigilancia de los alrededores de los estadios. Es todo un submundo que a veces el ciudadano de a pie no alcanza a dimensionar, que solo ve por encima el fenómeno del barrismo como un asunto puntual de delincuencia, desorden y desmadre de unos sujetos desadaptados que se refugian en lo colectivo para dar rienda suelta a sus carencias como individuos y no sabe que bajo su fachada puede existir toda una estructura amparada en el crimen organizado.

Lo mismo en lo político. Su esfera supera lo deportivo para impactar lo electoral y dar apoyo partidista y económico en ambos sentidos: directivos que ayudan a elegir dignatarios y políticos que hacen lo propio. O para obtener permisos, o para suavizar asuntos tributarios o para halagar con cortesías o descuentos o contratación de personal y hasta falsificación de documentos con la edad de los pupilos. Sin contar con el oportunismo maniqueo que suele rodear las campañas, cuando los candidatos se dejan retratar muy sonrientes con las figuras de la temporada. Sus alcances muchas veces llegan a rincones insospechados.

En la parte cultural también tiene un profundo impacto. Muchos creadores se han sensibilizado por su estética y se han inspirado en su dinámica para diseñar sus propuestas en torno a este deporte y lo que lo rodea: hay arte que pinta e interpreta al futbol, cine de futbol, literatura de futbol (ensayo crítico, ensayo literario, cuentos de futbol, crónica periodística, biografía, columnas de prensa, caricatura, cómic, letras de canciones, poesía, coplas) que trascienden lo puramente deportivo y se impregnan de lo cultural e intelectual. El fútbol como una de las bellas artes, que puede ir más allá de lo aparente y superficial para recrearse en lo estético, en lo poético, en lo evocador, en un generador de reflexión y en un catalizador del comportamiento humano, tanto en lo individual como en lo colectivo.

Por eso sostenemos la tesis de que el futbol es omnipresente, tanto por convicción como por fervor intransigente; lo mismo como entretenimiento puro, como por herramienta de evasión, tanto por amor al deporte y valoración de su esencia puramente estética hasta contrastar con el extremo del fanatismo más obcecado. Y es democrático, impacta tanto al pobre como al rico, al culto como al iletrado, hermana a las derechas con las izquierdas, a los religiosos con los ateos, reconcilia bandos de orillas opuestas.

Y como se puede colegir, toca con los intereses más altruistas y con los más mezquinos. Con lo bello y con lo feo. Con lo sensible y poético y con la agresividad más descarnada. Con la hermandad y con la confrontación. Con la abstinencia y la ebriedad. Con lo sensitivo, pero también con lo irracional, o con lo primario, a la vez que involucra lo cerebral.

Pero al mismo tiempo, mientras todo aquello ocurre, mientras las tribunas tiemblan, las gargantas rugen y las coronarias sufren espasmos, hay un grupo que definitivamente no estamos representados por el futbol, que no vibramos con él, que nos sentimos como leprosos ante su universalidad, su ubicuidad y su difusión masiva: somos los excluidos del fútbol.

Y aunque se nos ignore, existimos y estamos ahí, pese a que muchos de nosotros no lo declaren y lo disimulen, para no padecer el linchamiento mediático y social a que muchas veces estamos sometidos, o simplemente para ser aceptados sin discriminación.

Desde la infancia se nos mira como bichos raros. Si no nos incorporamos a las expresiones masivas en la escuela, si no hacemos parte del colectivo, somos dejados a un lado y muchas veces maltratados. Ni los padres ni los maestros ni los compañeritos pueden entender que prefiramos una lectura o una película o una conversación a un partido de futbol. Si lo expresamos, entonces somos asociales, nerds, perezosos, tullidos o simplemente mariquitas.

En el pensamiento social y grupal es imposible que no queramos hacer parte del equipo o que no participemos en el «picadito» [1]. Si lo hacemos para tratar de encajar o porque nos sentimos presionados, entonces ante el bajo o pésimo rendimiento por nuestra falta de habilidad o por miedo a una lesión o por evitar la brusquedad y el choque físico, entonces somos calificados de «maletas» o «petardos» o «troncos» y ahí generamos otra nueva causal de ninguneada y matoneo. O sea, malo porque no jugamos y malo porque lo hacemos. Excluidos.

Y si nos aburre el ritual de ir con nuestros compañeros de colegio o de barrio de ir a ver entrenar al equipo en su sede, entonces «que no estamos en nada», que nos creemos de mejor familia porque el «futbol es el deporte del pueblo» y ni modo de decir en voz alta que preferimos la asepsia de un partido de tenis o la fogosidad de uno de baloncesto porque «de dónde sacamos esos aspavientos arribistas», o que no somos más que unos «pelados pupis». De nuevo excluidos.

O si simplemente no nos gusta el ritual de ir a un estadio porque nos aterra la sensación de sentirnos perdidos dentro de la masa, o nos da físico miedo caer en la mitad de una pelea de barras, o nos molestan los insultos gratuitos del enfrentamiento entre hinchas, o que nos fastidie estar en el centro del consumo de marihuana o licor que es tan habitual en una tribuna, de nuevo nos vemos atacados por los conceptos, «que no sabemos lo que es bueno», que somos aburridos y desdeñamos el goce popular, que nos perdemos el «verdadero placer de la vida, la emoción de ser un fan comprometido con su equipo». Si argumentamos que preferimos la comodidad de una sala y las ventajas de la tecnología en lo que respecta a ahorrarnos desplazamientos, o a disfrutar de repeticiones, cámaras lentas llenas de sutilezas y detalles, simple, la razón esgrimida es que fue que nos aburguesamos, que caímos en la monotonía y en el facilismo de la clase media conformista, sin sentido de la aventura ni capacidad de la apropiación del goce. ¿No es eso una forma de exclusión?

Y lo mismo si no decimos que dejamos cualquier cosa que estemos haciendo por ver una final de copa, o si no nos ponemos la camiseta de la selección en el trabajo el día que hay un partido importante, o si citamos a nuestros alumnos para compromisos adquiridos con meses de anticipación que se cruzan con un clásico, o si cumplimos la convocatoria que habíamos agendado con alguien a quien respetamos pero que no nos había dicho que tenía pendiente verse el partido y terminamos plantados…

Y también cuando no nos interesa pertenecer al equipo corporativo, ni dejarnos empapelar por eso de «casados contra solteros», porque no queremos sufrir una fractura ni un esguince, no queremos encontronazos ni caídas, ni someternos a un «infarto de jugador de fin de semana», ni ganarnos codazos ni patadas en la espinilla de cuenta de broncas contenidas que aprovechan para salir a flote en la licencia que da un partido, ni pasar con tirones y lumbagos que nos dañan varios días, ni obligar a nuestras familias a ir al club a acompañarnos y fingir alegría y regocijo cuando preferirían estar en otros asuntos, porque este patético espectáculo de rodillones asfixiados sin técnica los tiene sin cuidado y al borde del bostezo en la peor de las harteras.

Entonces debemos pedir disculpas por todo eso, por ser como somos, por reconocer que no deliramos con esa euforia por decreto, que no tenemos la necesidad de insultar ni gritar a nadie que no le guste lo mismo que a nosotros, que no por ser así amamos menos a nuestro país, ni somos apátridas, ni somos maricones encubiertos; simplemente no aprendimos a disfrutar del futbol y por alguna incompresible razón, siendo criados con los mismos valores y costumbres, nos gustan otras cosas y no por ello desdeñamos al que no piense como nosotros. O como nos dicen con cierto desdén, «nos sacaron el chip del futbol», como si eso fuera una enfermedad contagiosa o vergonzante y debiéramos sentir culpa por ello.

En este punto de la vida, ya estamos acostumbrados a ser los excluidos del fútbol. Ya aprendimos cómo pasar de agache cuando sabemos que la ola amenaza con arrastrarnos en su furor, en su iracundia, en su fervor. Ya sabemos cómo organizar las agendas para no importunar a los que hacen girar su actividad en torno a los eventos, cuándo no contestar los teléfonos, cuándo y con quién organizar los paseos, las salidas a restaurantes, las idas a cine o las tertulias.

Ya, a esta edad, sabemos que somos los excluidos del fútbol, con la ventaja de que decidimos que no tenemos que pedir perdón por ello, que no somos más malos, que simplemente somos distintos y que disfrutamos de otras cosas.

Y lo principal, no estamos arrepentidos y cuando nos provoca, nos sentamos a ver el partido que queramos, disfrutamos de los resúmenes de las jornadas épicas, de las grandes jugadas, de las vidas de los cracs, de los golazos que ponen la piel de gallina, pero, eso sí, a nuestro ritmo, con nuestra forma de ser y de sentir y sin sentirnos obligados a pedirle permiso a nadie.

NOTA:
[1] En Colombia se le dice así a un partido de fútbol improvisado o espontáneo, realizado normalmente en una calle de barrio o en cualquier espacio que lo permita. N. del e.

 

Tomado de: http://emiliorestrepo.blogspot.com

 

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