El hospital de Macondo

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Carlos Segundo Oliveros Peralta (foto)
Integrante Junta Directiva de ASMEDAS Antioquia

Al hospital de Macondo, el alcalde Daniel y el gobernador Aníbal le entregan 3000 millones de pesos para enfrentar una pandemia, pero dejan que pierda 12.000 millones y no les interesa reponerlos.  Hay una pandemia pero todo sigue igual; el presidente les da la plata de la salud a las EPS para que ellas no les den nada a los hospitales. El presidente les da la plata a los bancos para que estos nunca presten nada o jueguen a la usura con los nuevos pobres de la cuarentena.

En el hospital de Macondo se preparan para el COVID-19 al mejor estilo de este pueblo: Suministran camas pero no dan respiradores; cuando lleguen los respiradores, no contratarán intensivistas; cuando se tengan los intensivistas, no se les pagarán sus salarios.

Sin embargo, el alcalde, que solo sirve para hacer pósteres y atender fans, y el gobernador, tan rico y poderoso y que no tiene tiempo sino para sus propios negocios, miran el hospital como otro motivo de fotografía electoral para la ocasión.  No les importa que se hagan más actas de defunción que historias clínicas.  Lo de la pandemia les va muy bien para la imagen y los negocios.  Por eso, colocan enemigos del hospital para que no les paguen lo adeudado, como Carlos Mario M. en SAVIA, y contratan con ladrones genocidas como la EPS COOMEVA porque, muera quien muera, ellos no van a soltar la plata.

El presidente, rechoncho y frescolandia, dice estar orgulloso del hospital de mi pueblo; no le da un peso del presupuesto adeudado, no le entrega los insumos prometidos para la pandemia, no da nada, no cumple nada; pero está con nosotros, de eso no quepa la menor duda.

En este país, los humildes productores de café se preocupan diariamente por el vaivén del mercado de su producto; igual sucede con el arrocero, con los albañiles en la construcción o los ingenieros de hidrocarburos con lo del petróleo.  Los médicos del hospital de Macondo no se preocupan por nada, salvo por su sueldo, claro está. Para eso llegan puntuales; para eso atienden personas; para eso actúan, visten, hablan, comen y duermen como médicos.  No les molesta que el hospital no tenga dinero, lo que les molesta es que no les paguen, sin importarles lo más mínimo lo demás; a diferencia del cafetero, del arrocero, del albañil, de los ingenieros, quienes sí se preocupan por el devenir de su negocio.  Quizás porque la economía nacional e internacional, la quiebra hospitalaria o la ineficacia de la Ley 100 no hacen parte del cuerpo humano.

En el hospital de Macondo tenemos un gerente al que le toca salir con las pancartas a hacer un mitin, luego correr a la oficina y responderles a los periodistas sobre el motivo de la protesta.  Valiente funcionario, habría que apoyarlo más junto a su equipo.  Lástima que en Macondo la tradición es el sacrificio, no la defensa de los líderes sociales.  ¡Qué tal si los defendiéramos!  Ya no podríamos quejarnos y decir nuestra frase más folclórica que inicia toda discusión política y las cervezas: ¡Esto no tiene arreglo!  ¡Aquí todos son igual de corruptos!

En el hospital de Macondo los médicos y médicas en el fondo somos tristes y acomplejados.  Tristes porque cada muerto y cada dolor innecesario causado por la ley del mercado, por ser la salud una mercancía, nos roba un pedazo del alma; nadie lo dice, pero así pasa; en nombre de una falsa “normalidad” nos hemos acostumbrado a la injusticia, gestionamos la muerte y el sufrimiento administrativamente, lo que nos lleva a convertirnos en innombrables con horro cruces de lugares perdidos.

Confundimos la insensibilidad con el profesionalismo, la pérdida del colegaje con el derecho a la igualdad. En ese vacío interno que ya no llenamos con el compromiso profesional, miramos el espectáculo dantesco de la sufrida humanidad como si no fuéramos parte de ella y algunos en contra de ella; mientras nuestras miradas se pierden en el ordenador.

Los médicos de Macondo somos acomplejados porque siempre vivimos en una negación permanente de nuestra existencia, somos lo que no queremos ser: Somos médicos pero pronto especialistas, no… especialistas no, subespecialistas… eso tampoco, mejor ganaderos y, si solo nos quedamos como médicos generales, especialistas etc., nos condenamos al limbo por toda la eternidad.

Nuestra condición de médicos es siempre temporal, solo es un paso hacia lo que queremos ser; confundimos la trascendencia espiritual con la profesional, lo que nos lleva a una negación y, por ende, a un menosprecio de sí mismos, de los demás, del presente, del compromiso con el ya, aquí, contigo y conmigo.  Nuestra estéril insatisfacción que genera indiferencia tiene víctimas; ya no solo personas, también instituciones, ciudades, países; unida, claro está, a la tradicional masa indiferente de Macondo, los médicos no somos en el fondo distintos, somos más bien muy comunes, demasiado corrientes.

Por eso, el hospital de Macondo tiene, como en la novela Cien años de soledad un porvenir trágico: Ricos peruanos y canadienses lo quieren comprar con la ayuda del alcalde y del gobernador.  Apoyados en una crisis pandémica, preguntaron cuánto vale. El hospital pediátrico Concejo de Medellín y las UPSS Doce de Octubre y Buenos Aires, de Metrosalud, también tiene enemigo mercader en la gerencia nombrada por el señor Daniel. Quieren vender para subirnos el sueldo o quizás para hacer de la salud un negocio más y más rentable. ¿Será que los sueldos decentes y la alta rentabilidad empresarial van de la mano?  ¡EN MACONDO NO!

En Macondo empezaron a nacer presidentes con cola de cerdo, quizás empleados de la salud también, incapaces de entender y menos enfrentar la tragedia colectiva; con iniciativas para pensar exclusivamente en el interés ultra individual.  Diez años de lluvia permanente vendrán para nuestra profesión, sin mariposas amarillas, sin bellos ni bellas remedios.  A menos que comprendamos algo que el ser humano entendió desde su nacimiento y por motivos de supervivencia: ¡Como individuos podemos hacer cosas, pero solo juntos podemos hacer grandes cosas!  Cambiar la historia también; la historia la hacen los pueblos por acción o por omisión; igual los gremios construimos nuestra historia.  Convoquémonos, organicémonos, definamos acciones por la defensa de la salud de todos, por presupuesto para el bienestar, no para los negocios.  Que se acabe ya la Ley 100.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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