Domingo, 29 de Noviembre de 2020
ASMEDAS Antioquia
32 Congreso Nacional de Medicina General y Social

En el poblado

mayo 23, 2020 2:44 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo, Integrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

He regresado al pueblo donde pasé parte de mi adolescencia, cuando las vacaciones en el colegio me lo permitieron. Entonces, la bonanza bananera hacía posible que sus laboriosos habitantes tuvieran a su alcance el dinero suficiente para vivir; también los alimentos que manaban de la tierra cultivada con empeño. Se respiraba, en esos tiempos, un ambiente de paz y de armonía, tan solo perturbado, ocasionalmente, por hombres alicorados durante los fines de semana.

Hoy, el aspecto del pueblo es muy distinto. Desplazados por la violencia, muchos jóvenes, hombres y mujeres, lo han abandonado. El parquecito, al frente de la iglesia, permanece solitario y ni siquiera la frondosa sombra de los centenarios árboles que lo adornan es apetecida por sus habitantes. El temor a permanecer unas pocas horas bajo sus sombras, cuando la solana los golpea, es evidente.

Ahora es un pueblo silencioso, en donde el tiempo se hace largo, los días comienzan y acaban sin que nada acontezca; donde la gente mayor, sin nada que hacer, permanece al frente de las casas, cobijada por las sombras de los almendros y de los mangos, cuyas flores apenas empiezan a brotar.

Allí, los ancianos cabecean, sentados en sus viejas mecedoras de bejuco, mirando sin mirar a la distancia. Algunos, fijan su atención hacia lugares lejanos, como si esperaran a los hijos que un día partieron en busca de mejores oportunidades.

Las noches se hacen eternas y el rumor del río, arrastrando cadáveres desmembrados, aumenta la zozobra en el poblado. Desde un sitio lejano se escucha el tronar de la metralla, como evidente signo de que los vándalos se han hecho presentes, tal como ha sucedido en los últimos meses, sin que las autoridades pongan fin a sus desmanes.

Cuando recorro sus calles solitarias observo muchas casas abandonadas. Sus habitantes, amenazados por los bandidos, tuvieron que abandonarlas. Muchas de ellas muestran sus paredes horadadas por las balas asesinas que, como huellas indelebles dejara un grupo sedicioso que atacó la población hace unos meses.

Del monumento de un héroe que ocupaba el centro de la plaza solo quedan restos y, adherida al pedestal, una placa, en la que unas letras de bronce destacan, en cuatro líneas, la vida del personaje.

Cuando intento conversar con algunos de sus habitantes se muestran esquivos, quizás por temor ante la duda de que yo sea un informante. En el pasado muchos sujetos de trato bondadoso llegaron, para con mañas enterarse de la vida y posesiones de algún habitante, para más tarde, bajo amenazas, despojarlo de sus bienes.  Otros, reacios a las exigencias de los vándalos, pagaron con sus vidas y sus cuerpos fueron lanzados a las turbulentas aguas del río.

Es domingo, y las campanas de la vieja iglesia, que también muestra en sus paredes los estragos de las balas, repican llamando a la misa de once. Sentado en una de las bancas del parque veo desfilar a un buen número de mujeres acompañadas de sus pequeños hijos, camino hacia la iglesia.

−Son las viudas que han quedado, como resultado de esta lucha fratricida-, me dijo un hombre de sienes blanquecinas.

Ancianas de rostros arrugados y tristes, cuyos hijos fueron llevados a la fuerza por los subversivos, caminan lentamente hacia el templo murmurando oraciones. Son los únicos medios que ellas usan, con la esperanza de verlos retornar a sus hogares.

El anciano que me acompaña me refiere historias aterradoras y los sufrimientos padecidos en los últimos años por los habitantes del poblado. Acongojado, me cuenta cómo dos de sus hijos fueron asesinados siete años atrás.

−Me he quedado solo, con mi mujer, que desde entonces se muestra silenciosa y sumida en el dolor. Como ella, decenas de mujeres ven transcurrir los días en esta población.

Entonces observo cómo unas pocas lágrimas ruedan por sus mejillas, ya surcadas.

Luego, sonriendo, me pregunta: ─¿Cuándo regresa a su ciudad?

−Esta tarde −le digo, quedamente.

─Le aconsejo que lo haga muy temprano. El camino está lleno de sorpresas -me dijo, con gesto adusto.

Poco después partí, en mi jeep, por el viejo camino, tortuoso y estrecho, que me llevaría hasta las carretera asfaltada y de allí hasta la ciudad.

Impregnado de pesar, durante el viaje de regreso, medité acerca de esta guerra sin sentido, que por más de cinco décadas ha bañado de luto y dolor a tantos compatriotas.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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