Miércoles, 25 de Noviembre de 2020
ASMEDAS Antioquia
32 Congreso Nacional de Medicina General y Social

Un viaje silencioso

mayo 19, 2020 11:25 pm



Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo – Ex integrante Taller de Escritores
ASMEDAS Antioquia

Cuando Alba Rosa llegó al consultorio del médico Marín, éste se sorprendió. Años atrás, siendo aún una joven estudiante, la había tratado para unas molestias respiratorias. También a la madre, quien había padecido una tuberculosis pulmonar.

Ella lucía un rostro desencajado, con notoria palidez, y su respiración era dificultosa. Tosía con frecuencia y sostenía con su mano izquierda la pared costal derecha con muestra de dolor. Una hermana, un poco mayor que ella, la acompañaba.

Alba Rosa contaba tan sólo 38 años de edad y era madre de dos pequeños, el mayor de los cuales había recién cumplido los nueve años. La menor, tendría cinco. Vivía, en compañía de su madre y un hermano, en un apartamento cercano a la Iglesia del Sagrado Corazón, en el barrio Buenos Aires, al oriente de la ciudad.

Sentada frente al médico, hizo un corto relato de su enfermedad, cuyos síntomas, según sus propias palabras, se habían iniciado dos meses atrás, pero ahora se habían intensificado.

−Todo comenzó como una gripe –dijo, con voz ronca. Un notorio malestar me invadió toda y algunas fiebres vespertinas, acompañadas de escalofríos, me hicieron ir al médico. Los medicamentos prescritos no me brindaron mejoría. Las molestias aumentaron: la tos se intensificó y el dolor en el costado derecho se hizo casi permanente. Entonces… empecé a sentir dificultad para respirar, especialmente cuando hacía algún ejercicio.

Cuando el médico la notó fatigada, le pidió que descansara. Le brindó una tableta analgésica, que ella tragó con un poco de agua.

Mediante el examen clínico, descubrió que el pulmón derecho ventilaba deficientemente, y un sonido sordo, a la percusión, le hizo sospechar la presencia de un derrame en la cavidad pleural. El estudio radiológico del tórax, mediante el fluoroscopio, lo comprobó.

Cuando avanzó en el examen, tuvo la sensación de que palpaba una masa en el bajo vientre.

−¿Cuánto hace que no visitas al ginecólogo? –le preguntó.
−Hace más de dos años –respondió.
−¿Acaso has perdido peso en las últimas semanas?
−No me he pesado, pero creo que he perdido más de cuatro kilos, porque la ropa me queda amplia.

−Come muy poco, doctor, y permanece mucho tiempo en cama –dijo la hermana.

Luego de ajustarse unos guantes y lavar cuidadosamente la pared costal, auxiliado por su ayudante, el doctor Marín, mediante un dren metálico, extrajo un líquido sanguinolento de la cavidad torácica.

Con preocupación observó el material extraído y, moviendo lateralmente su cabeza en señal de disgusto, le dijo a su ayudante:

−Enviemos este líquido para su estudio al Laboratorio de Patología.

−¿Es muy grave doctor? –preguntó Alba Rosa.
−Confiemos en que todo saldrá bien, le respondió, con una leve sonrisa.
−Debemos esperar el resultado del laboratorio –agregó, para tranquilizarla, mas por su mente ya rondaba la idea de una grave enfermedad.

Inicialmente, cuando empezó a elaborar la historia clínica y de acuerdo con los síntomas narrados por la joven y los antecedentes de la madre, pensó que se trataba de una tuberculosis pulmonar. Sus conocimientos le permitirían instaurar un tratamiento adecuado y así lograr restablecer la salud de Alba Rosa. Pero los hallazgos clínicos, la presencia de una masa abdominal y el aspecto del líquido extraído de la cavidad torácica le hicieron cambiar de opinión.

Su larga práctica profesional lo llevó a cavilar acerca de un proceso maligno.

−“Esta pobre mujer, tan joven, debe tener un carcinoma de ovario, del cual se desprendieron algunas células malignas hacia el pulmón y allí se reprodujeron, como malezas en el campo” –pensó para sí.

Cuando Alba Rosa volvió a ocupar una silla frente al médico Marín, este le preguntó:

−¿Por qué no vino tu marido contigo?

Alba Rosa, tomando su cabeza entre sus manos, con frases entrecortadas y sollozando le dijo:

−Hace más de dos años que me abandonó, Me han informado que vive con una mujer en la ciudad de Cali. Pero… lo que me preocupa es que mis hijos están muy pequeños. Debido a mi enfermedad no pude volver a la empresa, donde me desempeñaba como auxiliar contable. Mi madre y mis hermanos me han colaborado para resolver mi situación.

El médico guardó silencio por un instante. Luego le dijo:

−No te angusties, haremos todo lo posible para que recuperes tu salud.

Bien sabía él que era una voz de aliento, mas no ligada a la realidad. Quería así, ocultar la dolorosa verdad acerca del padecimiento de Alba Rosa, para no agregar un motivo más de dolor y preocupación.

El estudio de la ecografía abdominal comprobó la presencia del tumor. El del líquido pleural, la presencia de grandes células malignas.

Así se los hizo saber a la madre y a la hermana, cuando una semana después ellas fueron a su consultorio.

−¿No hay nada que hacer, doctor? –preguntó la madre, con sus ojos anegados en lágrimas.
−¡Desafortunadamente, no! -respondió el galeno, con gesto pesaroso.
−Le suministraremos unos analgésicos y sedantes para que ella pase más tranquila y no sufra mucho –agregó.

Consternadas, la madre y la hermana de Alba Rosa guardaron silencio, tratando de calmar un poco su angustia con las lágrimas que bañaron sus rostros.

Consolándolas, el médico sólo atinó a decirles:

−Si tuviéramos el poder de salvar a todas las personas que acuden a nosotros, los médicos, lo haríamos. Pero… eso no es posible. Alba Rosa tiene poco tiempo de vida y ustedes deberán ayudarle a soportar ese triste final.

Dos semanas más tarde, cuando apenas comenzaba el día, el doctor Marín escuchó repicar el teléfono. A través de la línea percibió la voz de la madre que angustiada le decía:

−Dr. Marín, ¿puede usted venir a mi casa? Alba Rosa ha convulsionado. Yo la noto muy mal. Le hablo y no me responde.

Presuroso, el médico tomó su maletín y partió en al automóvil hacia el barrio Buenos Aires. Cuando llegó al apartamento, la madre lloraba, inconsolable.

−Creo que está muerta, doctor –dijo, con rostro de aflicción.

Cuando el médico ingresó a la alcoba, Alba Rosa yacía en la cama, con su cara inclinada hacia el lado izquierdo. Una babaza blanquecina manchaba su tez muy pálida y parte de la almohada en la cual reposaba su cabeza. Un fuerte olor a almendras amargas llenaba el recinto. Recordó sus prácticas de toxicología y las lecciones del maestro, en la facultad. Sospechó que Alba Rosa, desesperada e incapaz de soportar su pena, determinó acabar con su existencia.

Cuando miró hacia el suelo, un pequeño frasco, con restos del veneno, de fuerte olor a almendras, comprobó su sospecha.

En silencio, tomó el pequeño frasco, lo envolvió en unos restos de periódico que reposaban sobre el nochero y lo guardó en su maletín.

Caviló un rato acerca de la causa de muerte que debería consignar en la hoja de defunción. Pensó en la tristeza de la madre y sus hermanos cuando conocieran de la determinación de Alba Rosa.

Se apoyó en una pequeña mesa, para llenar el formulario que permitiría darle sepultura a la joven madre y en el espacio destinado a consignar la causa de la muerte, escribió: “Insuficiencia cardiopulmonar”.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

Etiquetas: , , , ,

WhatsApp chat