Viernes, 10 de Julio de 2020
ASMEDAS Antioquia

Una historia de amor

marzo 10, 2020 7:27 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Eran los inicios de la década del sesenta cuando Tulio Arosemena arribó a la ciudad de Medellín, después de viajar en autobús durante más de diez y seis horas, desde la lejana población de Fundación, en el Departamento del Magdalena.  Hacía pocos meses había concluido sus estudios de secundaria en la ciudad de Santa Marta y sus propósitos eran ingresar a la Universidad de Antioquia, más específicamente a la Facultad de Medicina.

Con la ayuda de su madre y un pariente cercano había podido permanecer en Santa Marta durante los seis años que le tomaron alcanzar su título de Bachiller. Siempre se distinguió por ser un buen estudiante y un joven de modales distinguidos, cualidades que le sirvieron para que, tanto sus profesores como sus condiscípulos, le manifestaran un gran aprecio.

Fue a principios del mes de febrero cuando arribó a la ciudad de Medellín, cansado y somnoliento, luego del prolongado viaje desde Fundación, por carreteras destapadas, bordeadas de precipicios, que le causaron un poco de temor. Una semana después presentó los exámenes de admisión a la Facultad de Medicina, cuyos resultados positivos lo llenaron de alegría, más cuando hizo parte de unos ochenta elegidos, entre un gran número de aspirantes que sobrepasaba los cuatrocientos.

Radicado en casa de una familia amiga de su madre, comenzó a hacer las gestiones pertinentes para poder matricularse en la Facultad de Medicina y así iniciar la realización de sus sueños: alcanzar el título de Médico y Cirujano.

Pero sus sueños se vieron frustrados, cuando en los exámenes médicos realizados, una radiografía del tórax resultó sospechosa de lesiones en el pulmón derecho, que el radiólogo conceptuó como de origen tuberculoso.

Decepcionado y angustiado por el informe, consultó a un médico Neumólogo quien, mediante otros exámenes complementarios, corroboró la infección tuberculosa.  Sintió que la vida se le acababa y, en algún momento, pensó en el suicidio, acto que no realizó gracias a los consejos de un médico que, al conocer el caso y luego de explicarle las posibilidades de curación si se sometía a un tratamiento riguroso, le propuso ayudarle a conseguir su hospitalización en el Sanatorio La María, un hospital semi campestre, situado en el occidente de la ciudad.

Cuando la madre de Tulio se enteró de su enfermedad, decidió venirse a Medellín. Lo aconsejó para que se sometiera al tratamiento y con la ayuda de unos parientes, el joven ingresó al Sanatorio La María, al servicio de media pensión, a fines del mes de febrero.

Para entonces yo cursaba mi tercer año de Residencia en el Sanatorio, dedicado al tratamiento de las enfermedades de las vías respiratorias, especialmente de la Tuberculosis pulmonar. Tuve la oportunidad de conocer al joven Arosemena, hacerme amigo de él, y conversar en varias ocasiones acerca de su enfermedad y tratar de convencerle de que las lesiones en su pulmón derecho podrían desaparecer si se sometía, con disciplina y una mente positiva, al tratamiento. Con la ayuda de la psicóloga el joven fue aceptando su situación y cambiando de actitud. La relación amistosa con otros pensionados también fue de suma importancia para que Tulio creara en su mente la idea de una posible recuperación de su salud.

Pocos meses antes de la llegada de Tulio al Sanatorio, había ingresado al pabellón de mujeres una joven, de escasos veintidós años, víctima del mal. Trigueña, de cabellos ondulados, ojos azules y una bella sonrisa que expresaba una aparente felicidad, a pesar del mal que corroía sus pulmones, Gloria Rocío, que tal era su nombre, se mostraba tranquila, resignada y siempre dispuesta a ayudar a otras pacientes que ocupaban las camas del salón. Su voz, de un tono ansarino, debido a las lesiones en su laringe, no le impedía, en algunas tardes, entretener a sus compañeras de infortunio cantándoles canciones románticas, cuyas letras, llenas de recuerdos, servían para paliar un poco la tristeza que les causaba la prolongada reclusión en el Sanatorio.

Tan solo la vi llorar cuando su madre, acompañada de una hermana menor que Gloria Rocío, la visitaban algunas tardes de domingos, llevándole frutas y golosinas, que ella repartía bondadosamente con sus compañeras. Las lágrimas se hacían más evidentes cuando su madre y su hermana, terminada la visita, debían partir.

Pero en aquel Sanatorio semi campestre, donde la prolongada hospitalización de los pacientes era causa de pesares y desilusiones, en más de una ocasión fui testigo de cómo los lazos de amistad y aún de amores verdaderos, surgieron, como se verdea la pradera cuando después de una sequía prolongada tienen comienzo las primeras lluvias.

Los visitantes, en las tardes dominicales, solían caminar por las callejuelas del sanatorio, acompañados de sus parientes hospitalizados. Muchos departían, por largo rato, sentados en las bancas, bajo las sombras de los frondosos árboles que adornaban el lugar.

Una tarde, a fines del mes de abril, cuando Tulio caminaba, en compañía de uno de sus compañeros, observó a Gloria Rocío, quien iba acompañada de su madre y dos personas más.  Una de ella era María Helena, la hermana menor de Gloría Rocío.

Entrecruzaron sus miradas y unas tenues sonrisas brotaron de los labios de ambos jóvenes. Cuando ella continuó caminando por una de las callejuelas, bordeada de coloridas flores, Tulio la siguió con la mirada, fascinado por la estampa de la muchacha, que garbosa marchaba al lado de la madre.

Sabido como estaba que las visitas terminaban a las cinco de la tarde, ocupó un lugar cercano a la amplia puerta de rejas que permitía el ingreso al sanatorio. Se propuso observar a la joven cuando partiera del mismo.

Poco antes de las cinco la vio descender por la inclinada calle que bordeaba el frente del hospital.

Cuando sus miradas se entrecruzaron, ella le sonrió con holgura y de sus carnosos labios, Tulio escuchó un ¡Adiós!

Sorprendido, con una inclinación de cabeza le respondió el saludo.

A partir de esa tarde, el joven se mantuvo a la expectativa para observar a la muchacha los domingos de visita. Elaboró en su mente la manera más viable de poder acercársele en alguna de las tardes que la joven hiciera presencia en el sanatorio. Pero la joven no volvió a aparecer durante los tres domingos siguientes.  Su ausencia le causó cierta desazón y un poco de tristeza.

Para fines del mes de mayo, volvió a observarla cuando ingresaba al Sanatorio en compañía de su madre. La saludó y ella respondió ese saludo con el rostro enrojecido. Se detuvo por un instante, y apartándose un tanto de su madre le entregó una cajita que contenía dos emparedados de jamón y queso, diciéndole: ── Le traje este detalle. Yo los preparé poco antes de venir. Espero que lo deguste.

Sorprendido, Tulio agradeció el regalo, mientras que la madre de María Helena los observaba, también sorprendida, conociendo la timidez que caracterizaba a su hija.

Cuando María Helena y su madre continuaron su camino hacía el salón donde permanecía hospitalizada Gloria Rocío, un gran regocijo invadió el alma del joven Arosemena.

Luego de degustar uno de los emparedados, permaneció a la expectativa, esperando que María Helena realizara su recorrido por las callejuelas del sanatorio en compañía de su madre y de su hermana.

Su espera se prolongó por más de media hora, cuando las vio acercarse a la capilla, que ocupaba una pequeña colina en el lado occidental del sanatorio. Se dirigió a su encuentro y con gesto amistoso, luego de saludarlas, agradeció a María Helena el regalo que le hiciera.

──El emparedado estaba muy gustoso ─le dijo, sonriendo.

Ella, a su vez, algo sonrojada, mostrando su blanca dentadura, le dijo: ─Me agrada que le haya gustado. Me esmeré en prepararlo.

Fue la primera oportunidad que tuvo Tulio para acercárseles y marchar al lado de ellas durante más de media hora, contándoles acerca de su reclusión en el sanatorio, así como de la mejoría experimentada, cuando tan solo había cumplido tres meses bajo tratamiento médico.

Por su parte, Gloria Rocío, quien hacía ocho meses que estaba recluida en aquel nosocomio, no manifestaba la misma felicidad: ella sabía, porque se lo habían informado los médicos, que su estadía en el sanatorio se prolongaría otros meses más, dado el compromiso de sus pulmones.

A partir de aquella tarde, los encuentros de Tulio con María Helena, durante los domingos de visita, se hicieron frecuentes. Cuando en algunas ocasiones ella no se hacía presente, Tulio recurría a un teléfono que estaba a disposición de los pacientes para comunicarse con la joven, que alegremente atendía esas llamadas.

La permanencia de Tulio en el sanatorio se prolongó hasta principios del mes de diciembre, cuando los médicos consideraron que el mal tuberculoso se había detenido y que podría continuar con su vida normal, pero asistiendo periódicamente a controles en el sanatorio.

Cuando recibió la noticia del alta, por parte del director del hospital, lo primero que hizo fue comunicarle la noticia a María Helena, quien a través de la línea telefónica manifestó su alegría.

──Si tu mamá lo permite, podría visitarte a tu residencia, ─le dijo, con cierta reticencia.

──Por mi parte, no hay inconvenientes; pero antes, debo enterar a mamá de tus propósitos. Una vez que hable con ella, te informaré. Déjame el teléfono donde residirás.

Con la venia de la madre y del abuelo que convivía con ellas, los jóvenes iniciaron una amistad, que se convirtió en noviazgo, mientras que María Helena realizaba estudios de contaduría y Tulio Arosemena estudiaba Administración de Empresas en la Universidad de Antioquia.

Seis años más tarde, cuando ambos pertenecían a la Iglesia Evangélica, decidieron unirse en matrimonio, al cual asistí en calidad de padrino de bodas.

Gloria Rocío permaneció recluida en el sanatorio cerca de dos años, hasta cuando los cirujanos tomaron la determinación de extirparle gran parte del pulmón izquierdo, cuyas lesiones se mostraron resistentes al tratamiento medicamentoso. Años después contrajo matrimonio y de esa unión nacieron dos hijos.

Mi amistad con Tulio se prolongó por años. Cuando nació su segundo hijo ellos me eligieron como su padrino de bautismo. Continuaron asistiendo a los ritos religiosos de la Iglesia Evangelista. Además de ejercer su profesión como Administrador de Empresas, Tulio cursó estudios religiosos, hasta alcanzar el grado de Pastor Evangelista. Hoy reside con su esposa y dos de sus cuatro hijos en una Isla del Caribe. Nuestra amistad aún se conserva.

Abril de 2016

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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