Muere José Félix Patiño, pilar de la medicina en Colombia

Falleció este miércoles en Bogotá a los 93 años. Fue considerado como ‘maestro de maestros’

Tomado de: www.eltiempo.com

Ministro, rector de la Universidad Nacional, presidente de la Academia Colombiana de Medicina, excolumnista de EL TIEMPO, docente en la Universidad de Yale. Uno de los más prolíficos autores colombianos y considerado uno de los padres de la medicina y la cirugía en el país. Ese fue José Félix Patiño Restrepo, quien falleció este miércoles a los 93 años, según pudo confirmar la Unidad de Salud de este diario.

Patiño, además de médico y científico, fue un humanista desde el sector de la salud. Fue merecedor de todo tipo de reconocimientos a nivel nacional e internacional y su legado trascendió a través de su docencia, ejercicio profesional, público y privado, y sus innumerables publicaciones, contribuyendo con su sabiduría en el mejoramiento de la calidad de vida del país.

Entre otras, la información médica computarizada se hizo posible en Colombia gracias a este cirujano mediante un convenio firmado entre la Biblioteca Nacional de Medicina (EE.UU.) y el gobierno colombiano.

Como rector de la Universidad Nacional (1965) emprendió una reforma académica y administrativa para impulsar la integración como mecanismo de desarrollo, formular la necesidad de investigar y superar la fase profesional. Fruto de ello se creó el Consejo de Investigación y después surgió el Comité de Investigaciones y Desarrollo Científico (Cindec), autónomo en cada seccional.

En mayo de 2015 donó su biblioteca personal, considerada una de las más completas de América Latina con 11.000 volúmenes, a la Universidad Nacional, que siempre fue su casa.

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Como homenaje a Patiño Restrepo, nos permitimos retomar un perfil que este diario escribió en 1990, a cargo de Gloria Moanack:

En su consultorio solo hay silencio. Un silencio que habla de solemnidad y recogimiento. De respeto. El cirujano José Félix Patiño se para frente al ventanal. A su espalda se despliega un trozo de la carrera séptima, agitada y un poco incoherente. La misma incoherencia que él, amante de la excelencia, no soporta, ni entiende, ni admite. Al fondo, los cerros muestran el gran bache que dejaron las canteras.

La oficina es pequeña, austera. Unos poquísimos diplomas cuelgan de una pared. Deben ser los más preciados entre los muchos que ha recibido durante casi cuatro décadas de ejercicio profesional. Pero él, hombre casi mítico, no necesita mostrar más.

Frente a ellos, Yale, la universidad de sus afectos de la cual es profesor, la misma que le concedió el título de médico cirujano cuando, impedido por El Bogotazo para continuar sus estudios en Colombia, fue enviado allí por su padre, Luis Patiño Camargo. Un médico eminente, recuerda el hijo, que prefirió morir en el Hospital de Sogamoso -que él había hecho construir- y ser enterrado en Iza, su pueblo. A los 87 años, había iniciado un diccionario de la lengua chibcha. Sogamoso es un pedazo de la tierra boyacense que amó mucho su padre y sigue amando el hijo.

En esta misma oficina, está la fotografía de Lucía, la segunda de sus cuatro hijas, muerta en un accidente. Una de las grandes tragedias que modificó la vida de la familia Patiño pero que, tal vez, estrechó aún más los lazos de afecto entre los padres y las otras tres hijas. Lucía, una muchacha hermosa, 21 años, alumna brillante de derecho, en cuya memoria sus padres crearon una fundación para otorgar becas a quienes habrían podido ser sus colegas.

Esa hija lo acompaña. En cierta forma, él sabe que está allí, y habla con ella. Me he acostumbrado a que ella sigue -dice-, la siento todavía muy cerca de mí.

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Pero la muerte de todos modos es implacable y atroz. Apabulla. El ex ministro de Salud y ex rector de la Universidad Nacional, ha aprendido a convivir con ella, a pesar de su inminencia. Jefe del Departamento de Cirugía de la Fundación Santa Fe de Bogotá -fundador además de la institución-, jefe durante 24 años del mismo departamento en el Hospital de La Samaritana, él sabe que el diario vivir es una cotidiana búsqueda para derrotarla.

Convive con esa muerte, pero el correr del tiempo, en vez de curtirlo, la ha hecho más dura a sus ojos. José Félix Patiño no entiende la derrota, no admite que las cosas no salgan bien a pesar de los esfuerzos, los estudios jamás interrumpidos, la búsqueda de la perfección y la entrega incondicional al paciente.

Pero esa inconformidad no es soberbia. El quirófano fue y sigue siendo la escuela en donde renueva su humildad. “Todos los días hago el propósito de no cometer errores”.

Y de aplicar a fondo, de manera total, íntegra, los principios de esa profesión que él califica como subyugante, el gran motor de su vida, una actividad que da -tal vez como ninguna otra- una inmensa satisfacción intelectual y emocional. Una profesión que va al estudio íntimo de la vida misma.

El quirófano

Alguien decía que lo único que le faltaba al doctor José Félix era trastear allí su cama. Él no lo haría, porque necesita de la presencia de su esposa, Blanca Osorio, una mujer alegre y extrovertida, que toca piano (él nunca aprendió, y esta es una de sus frustraciones), y que se encargaba de corregir a las niñas cuando eran pequeñas.

Las salas de cirugía son un gran capítulo de su vida, pertenecen a su misma esencia. En esas salas, en donde se vive un ritual de solemnidad y estrés, se conjugan la disciplina con el talento, la habilidad con el respeto. En ese ambiente, en donde hasta el olor y el color le fascinan, el médico Patiño aplica una de sus normas: el trabajo en equipo. Todos concertados, como una magnífica orquesta.

Allí no se admite una nota discordante. Porque el paciente está sobre la mesa, sus familiares -tal vez hijos pequeños- están afuera, y esperan, y la responsabilidad es inconmensurable. “Tomamos entre manos la vida en forma sublime pero muy atrevida, entramos a cambiar los órganos y sus funciones. Vamos hasta suspender la vida para retornarla luego”.

Y esto precisamente es lo que le enseña la humildad. Porque, a pesar de que todo cirujano se siente de pronto como un dios, ese paciente que le ha entregado su vida lo lanza continuamente a la realidad: el cuerpo humano impone limitaciones, frena.

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Él es consciente pero no teme. La cirugía nunca le inspiró miedo. Desde pequeño sabía que pararía en un quirófano. Desde entonces -desde siempre- se trazó la imagen del cirujano ideal y su vida, hasta ahora, ha tenido como meta parecerse a esa imagen.

De hecho, Patiño se define a sí mismo como un estudiante de toda la vida. Su actividad más placentera es la lectura; estudiar y escribir son parte esencial de sus horas cotidianas. La familia comprende que esas largas escapadas de Patiño a su biblioteca son sagradas. Nadie se atrevería a interrumpirlas, ni siquiera sus hijas, a pesar de que él reconoce que lo envuelven en el dedo chiquito.

Esa biblioteca, de la cual se siente orgulloso, es la obra de su vida. Quizás sea la biblioteca médica personal más completa de América Latina, pero también un exquisito compendio de literatura e historia. Allí, por ejemplo, se encuentran varias ediciones originales de La Historia Natural de Plinio el Viejo. El médico escribió la biografía del autor, Cayo Plinio Segundo Cecilio, y la Fundación Rockefeller -y esta es otra de sus frustraciones- le ofreció en una oportunidad pasar diez meses en Italia para escribir una monografía sobre el personaje. Pero era demasiado tiempo, y él no se concede tales lujos intelectuales.

Rehusó como ha rehusado la casi totalidad de los cargos hechos por distintas instituciones científicas, especialmente estadounidenses (fue elegido presidente de la Sociedad Mundial de Cirugía). Siempre prefirió trabajar en y por Colombia.

Cuando mira hacia atrás, no lo lamenta, por el contrario. Pero esa sensación de haber cumplido se opaca completamente cuando habla del país: “Mi mayor frustración es la incomprensión del Estado respecto a lo que significa la salud”. Ver cómo las políticas sectaristas llevaron a la destrucción del sistema hospitalario, observar que todo sucedió bajo sus narices sin que pudiera evitarlo, saber que no se vislumbra la perspectiva de corregir la situación, todo esto le produce un dolor intenso.

Bien podría, tantos años después, no seguir pensando en ello. Le sería más gratificante continuar entregándose a sus pacientes -más de veinte mil personas han sido operadas por él-, y en sus escasos momentos libres, escuchar ópera (que tanto le gusta), comer dulces a escondidas en el cuarto oscuro en donde trabaja sus fotografías, y reírse de las pilatunas de sus dos nietos.

Tomado de: www.eltiempo.com

 

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