Jueves, 3 de Diciembre de 2020
ASMEDAS Antioquia

El herrero de mi pueblo

febrero 20, 2020 1:18 pm



Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante del Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Una mañana de verano, cuando apenas el sol asomaba su rostro incandescente por encima de los empinados y lejanos cerros, y encendía el ambiente, le vi martillar –con precisión–, una lámina de fierro que, paulatinamente, bajo los recios golpes del martillo, iba tomando la forma de un aro. Iría a recubrir la rueda de madera, destinada a los carros, que tirados por mulos fortachones, se les dedicaba al transporte terrestre en la bella y calurosa población costera.

De recia contextura, largo como una pipeta de laboratorio, de rostro ovalado, nariz aguileña, cabellos entrecanos y unos ojos muy grandes, de mirada penetrante, con movimientos rítmicos dejaba caer el pesado instrumento sobre la lámina, que, a cada golpe, lanzaba centellantes chispas, que yo observaba con deleite a la vez que me causaban un poco de temor.

Con su rostro sudoroso y sus mejillas encarnadas, recibía frontalmente el calor emanado de la fragua que, con su fuego abrasador, reblandecía el duro metal, que por acción del mazo iba tomando la forma concebida por don Esteban.  Nieto de herrero, hijo de herrero, don Esteban se había iniciado en el arte de la forja desde tierna edad y, aunque no tuvo una completa educación escolar, su espíritu de observación y su interés por las formas geométricas le llevó a desarrollar una gran capacidad para crear innumerables figuras, con los diversos metales que caían en sus manos.

Ventanales de estilo morisco, faroles de diversas formas y tamaños, figuras zoomórficas, candeleros de varios brazos y múltiples objetos artesanales más, salían –como por arte de magia–, de la imaginación y las manos de aquel fascinante personaje.

Su fama de artesano prodigioso se difundió por la región y más allá de las fronteras. Sus trabajos eran solicitados por los pobladores adinerados y medianamente pudientes de Santa Marta, Barrranquilla, Cartagena, Valledupar y aún de la ciudad de Mompox, ancestralmente famosa en el arte colonial español.

Los intrincados y ensortijados ventanales, adornados con placas y figuras de bronce o cobre, irían a engalanar el frente de muchas casas y construcciones de la región.

El calor en la casa de herraje era sofocante y sólo la brisa delicada, proveniente del Caribe, a pocas cuadras de allí, solía refrescar el ambiente. Los obreros que acompañaban a don Esteban en su cotidiana labor de golpear el yunque, laboraban al compás de su patrón, aunque no con la misma habilidad. Don Esteban era paciente, pero exigente, y con la tierna y constante tenacidad de un verdadero maestro, solía guiar a sus jóvenes herreros.

Cuando el fuego de la fragua decaía, Francisco, un joven aprendiz, atizaba el hornillo que, bajo los efectos de la corriente de aire despedida por un fuelle de lona, encendía de colores rojizos y azulados aquel nido de fuego, mientras que el chisporroteo producido matizaba el ambiente y fastidiaba mis ojos.

Muchas mañanas, camino de la escuela, me deleité observando a los obreros, con sus torsos desnudos, bañados en sudor, darles forma a aquellas resistentes varillas de metal y golpeando láminas de cobre, que luego transformarían en arabescos ventanales y objetos decorativos de singulares formas. Siempre había un jarro de guarapo helado para calmar la sed y aumentar las energías de aquellos infatigables artesanos.

La fama del forjador siguió creciendo; las solicitudes de los clientes también y don Esteban se vio precisado a ampliar su taller. Construyó, al lado del mismo, un pequeño almacén donde exhibía lámparas moriscas y chinescas, portamateras, zoomórficos adornos y pequeñas mesas para adornar inutilizados rincones.

Pocos años después, un elegante local, en el marco de la plaza principal, exhibía los objetos elaborados en la fábrica de don Esteban.

Rosalía, su mujer, su compañera durante los últimos veinte años, le había dado tres hijos, el mayor de los cuales apenas iniciaba sus estudios de ingeniería, en la capital. Los otros dos, una joven, morena como su madre, y un niño de catorce años, cursaban sus estudios secundarios. Don Esteban los animaba a continuar sus estudios.

Solía terminar su fatigosa labor poco antes de las seis de la tarde. Un cafetín, cercano a la herrería, servía de descanso fugaz a su rutinario trabajo. Con algunos amigos tomaba dos o tres cervezas, antes de dirigirse a su casa, situada a pocas cuadras del sitio de trabajo. Caminaba con pasos bien marcados, que me hacían compararlo con algunas de las aves zancudas de las playas.

Vecino de mi abuela, durante algunas noches pude observarle sentado en una bella mecedora de bejuco y mimbre, en la acera de su casa, leyendo un libro o una revista o bien cabeceando y resistiendo el sueño que le exigía reposo a su agobiado cuerpo.

Sus inquietudes artesanales y su obsesión por la forja del hierro y del bronce, así como por la elaboración de objetos y figuras decorativas, le llevó a crear una pequeña Escuela de Artes, patrocinada por el Gobierno Municipal, en la cual se inició un buen número de jóvenes, que años más tarde continuarían la labor del maestro Esteban.

Ahora lucía un uniforme azul, algo desteñido, con un peto frontal y dos tirantes anchas que sostenían su vestimenta. Su torso lo cubría una camisa de algodón, de mangas cortas. Completaba su atuendo una cachucha marinera que le había regalado un viejo lobo de mar, y todo el conjunto le hacía aparecer más elegante de lo acostumbrado. Sus obreros vestían, igualmente, uniformes semejantes al de su patrón.

Era feliz en su labor educativa. Con frecuencia se le escuchaba expresar su satisfacción, por los adelantos alcanzados por sus afortunados alumnos.

Muy entrado en años, volví a contemplarle por esas polvorientas y calurosas calles de mi pueblo, en alguna ocasión que pude recorrerlas. Su cabeza, ya nevada, y su fornido torso, un poco inclinados hacia delante, como cargando el peso de los años, no le habían impedido que acudiera rutinariamente a su taller, desde muy tempranas horas del día. Efusivo y jovial hacía alardes de su fortaleza física y de su estado de ánimo.

Su hijo menor se había encargado de la dirección del taller, pero don Esteban, cual un resistente roble que se niega a doblegarse ante el paso de los años, continuaba vigilando el trabajo realizado por los obreros y aportando sus conocimientos cuando lo consideraba necesario.

Pero el tiempo va pasando, las costumbres van cambiando y los gustos arquitectónicos también. El ladrillo y el cemento se impusieron, desplazando a la tapia y la madera; la tendencia por el barroco fue desapareciendo para darle paso a las líneas rectas y sencillas, con escasas formas circulares y entretejidas. La clientela, amante de las formas coloniales, empezó a disminuir y, con una profunda nostalgia por el pasado –tal como él me lo manifestara en alguna ocasión–, se vio impelido a cambiar el modelo de las formas de sus preciosos y amados ventanales, que ahora tenían menor demanda.

El aluminio y otros materiales más livianos y más dúctiles que el hierro invadieron el taller, en un cambio que el maestro Esteban debió aceptar, para que éste fuera más rentable. Maquinarias más modernas ocuparon los espacios donde antes reposaban la fragua, el fuelle y los arrumes de leña y de carbón. Una pequeña oficina, a la entrada del taller, era ocupada por el administrador –su hijo–, y por una secretaria.

Pero es difícil desarraigar lo que está bien arraigado, más cuando se trata de los sentimientos, que han sido parte substancial de un ser humano. Con este enfoque de su propia existencia, don Esteban eligió un pequeño espacio de su taller, en el cual continuó creando –gracias a su imaginación y a la destreza de sus propias manos– farolitos de estilo colonial, contorneados ganchos para colgar materas, cabeceras para camas metálicas y diversos artículos decorativos, que aún siguen teniendo aceptación entre la gente.

Ante la realidad del modernismo, don Esteban seguía deleitándose con lo que más había llenado su existencia: forjar el hierro y el bronce.

Medellín, 17 de marzo de 2001

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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