Jueves, 22 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

El Inquisidor que se fue al cielo

febrero 12, 2020 2:52 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Su nombre original era Teodoro, mas sus amigos lo llamaban Doroteo. Convencido por las palabras de su padre, desde pequeño, de que él sería un elegido de Dios cuando alcanzara la mayoría de edad, ingresó al Seminario Mayor a los trece años.

Allí, en el silencio del claustro religioso, además de los cursos de filosofía y teología, leía con mucho empeño vida de santos, Papas que ocuparon el solio de San Pedro durante los últimos diez o doce siglos y, fascinado, la historia de la “Santa Inquisición”, que le enseñó el camino de cómo debía la Iglesia convencer a los herejes de su error y conducirlos por las enseñanzas impartidas por la Santa Sede para alcanzar la salvación eterna.

Pero a punto de terminar su quinto año de reclusión, sometido a los maitines, responsos y oraciones repetidas cotidianamente, en una madrugada, cuando meditaba en el bosque cercano que rodeaba al Seminario, creyó escuchar la voz de Dios en el melodioso canto de un pajarillo azul intenso, que alegre volaba de rama en rama.

—El Señor Dios me habló esta mañana, por intermedio de un hermoso pajarillo y me dijo que debería tomar otro camino —le comunicó al Maestro de Novicios, con gesto serio.
—¿Y qué camino te dijo que deberías seguir? –Le preguntó el superior.
—Que, sin perder la fe, puedo servirle a mis conciudadanos desde otra orilla.
—¿Y qué orilla piensas elegir, la derecha o la izquierda.

Por un instante, Teodoro se quedó pensativo. Después le respondió:

—Desde luego que la derecha, Monseñor.
—Si tú lo crees así, nada debo reprocharte. Pero quiero recordarte que tu padre, cuando te trajo a este claustro, venía convencido de que serías un buen sacerdote al servicio del Señor.
—Es más –agregó Monseñor–, que él, cuando tú naciste, también escuchó la voz del Señor y por eso te dieron por nombre Teodoro. De todas maneras, tu decisión debo comunicársela al Rector.

Citado por el Rector, al día siguiente tuvieron una entrevista, en la cual le manifestó su deseo de retirarse del Seminario.

—En consideración de que aún eres menor de edad y de que fue tu padre quien te trajo a este santo lugar, para que te formáramos para el servicio de Dios y de nuestros feligreses, es necesario que le comuniquemos tu decisión.

Teodoro lo escuchó, guardando absoluto silencio, pero aceptó con movimientos de la cabeza, la determinación del Rector.

Ni los consejos del padre, ni de la madre, hicieron efectos en el novicio, y poco después salió del Seminario.

Entonces, decidió estudiar la carrera de Leyes y Ciencias Políticas, en cuya rama conoció a un tío con gran influencia en el panorama nacional.

Concluidos su estudios de Leyes con excelentes calificaciones y dotes de gran orador, muy temprano, después de ejercer como Juez en una pequeña población de su departamento, se lanzó a la política.

Rápidamente, gracias a sus conocimientos de jurisprudencia, a sus argucias y, convencido como estaba de que a pesar de no haber alcanzado el sacerdocio, con el que había soñado su padre, él estaba investido de un poder sobrenatural y, por lo tanto, seguro de que podría mejorar las costumbres, por lo demás, depravadas, de su región, alcanzó la Alcaldía de su ciudad capital, y con mano fuerte y su pensamiento puesto en los mandatos divinos, mientras que, en su mano derecha portaba la Santa Biblia, en la izquierda sostenía la Constitución de la República.

Desconociendo, soslayadamente, los mandatos constitucionales, y siguiendo los principios religiosos, ordenó incinerar libros en la Plaza Pública de su ciudad capital, libros que, según él,pervertían a la juventud; persiguió a las prostitutas y dictó penas muy severas para los homosexuales que “descaradamente andan exhibiéndose por las calles de esta ciudad, dando mal ejemplo a los niños y a los adolescentes”.

En más de una ocasión se le vio desfilar en procesiones religiosas, bajo un palio, portando en sus manos la figura de Cristo crucificado.

Los domingos y fiestas de guardar, asistía, acompañado por un séquito de secretarios y empleados, a la misa de once, donde aprovechaba para dejar escuchar su ronca voz cuando acompañaba los salmos entonados por un coro de personas de ambos sexos y las notas musicales que despedía un viejo órgano importado años atrás desde Italia.

Cuando lo hacía, su rostro se transformaba: parecía que estuviese comunicándose con el mismo Dios. Mientras tanto, con sus dedos recorría las cuentas de un fino rosario de plata que había adquirido en Roma, cuando en una peregrinación recibió, con suma devoción, la bendición del Santo Padre.

Un quince de agosto, con motivo de la fiesta de la Asunción de la Virgen, poco después de participar en la procesión, que por cerca de una hora recorrió las calles aledañas a la iglesia, para sorpresa de los feligreses que permanecían al frente del templo, su figura corpulenta comenzó a ascender lentamente, como lo hacían los cóndores cuando se desplazaban por las montañas cercanas a la población.

Estupefactos, con expresiones de admiración, un gran número de los creyentes comenzó a cantar el Aleluya, para darle gracias al Señor por tan milagroso acontecimiento. Otros, como los áulicos, que durante muchos años lo acompañaron en sus gestiones de gobierno, sin oponerse a sus caprichos, sonreían ladinamente cuando lo vieron ascender hacía el cielo, que en esa mañana se mostraba diáfano y silencioso.

La nueva administración, que bien conocía de la sensibilidad de las gentes del poblado, para guardar la memoria de tan distinguido personaje erigió una estatua en el centro de la Plaza principal, cuyo autor fue un eminente escultor italiano que había seguido la Escuela Renacentista.

Elaborada en mármol blanco, para testimoniar la limpieza de pensamiento de Teodoro, el monumento lo mostraba sentado en un trono con dosel, en actitud de oración.

Intrigado como estaba, con esta historia que me contó mi abuela cuando yo tendría seis o siete años, me decidí por ir al poblado para obtener mayores informaciones acerca de la vida de ese fascinante personaje.

Admirado, contemplé la estatua de Teodoro que ocupaba el centro de la plaza. A su alrededor, un bello jardín sembrado de rosas blancas y alhelíes de múltiples colores, los cuales desprendían un agradable aroma.

Posadas sobre el monumento, doce palomas zureaban alegremente, mientras que defecaban sobre la cabeza del Inquisidor, como si quisieran recordarle sus tenaces y alabadas acciones, realizadas durante su glorioso mandato.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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