Viernes, 18 de Octubre de 2019
ASMEDAS Antioquia

Del amor y la guerra

octubre 3, 2019 4:39 pm



Cuento

Por médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Exintegrante del Taller de Escritores de ASMEDAS Antioquia

Finalizados mis estudios secundarios, y fascinado por los elegantes uniformes que usaban algunos militares, así como también por los servicios que prestaban a la Patria, decidí presentarme a la Escuela Militar con el propósito de alcanzar el grado de Oficial del ejército.

Meses antes había conocido a Catalina, una bella muchacha que cursaba el bachillerato en el Colegio de la Enseñanza y que me atrajo desde el primer instante que la vi. Quiso el destino que, dada su amistad con una prima mía, iniciara una relación con aquella joven, poseedora de múltiples atributos, de hablar pausado y sonrisa encantadora, relación que se prolongó durante los años de mi permanencia en la Escuela de Cadetes.

Catalina, por su parte, una vez que terminó la secundaria, optó por la carrera de Veterinaria en la Universidad Nacional de Bogotá, decisión que me llenó de alegría, ya que podría continuar disfrutando de su amistad en la ciudad capital.  Periódicamente solíamos encontrarnos y disfrutábamos contándonos nuestros progresos alcanzados durante los estudios universitarios.

Ella residía en casa de una tía en el barrio Teusaquillo, poblado de casas de estilo colonial, silencioso y lúgubre, en la cual departí en muchas noches con ella y su familia, cuando gozaba de los permisos en la Escuela Militar.

Un buen día descubrí que mis encuentros con Catalina habían trascendido los límites de una mera amistad y… que la amaba.  Se lo hice saber. Ella sonrió, algo sonrojada, y con voz muy queda me dijo:

—José Manuel, yo también te amo-.

Fundidos en un estrecho abrazo nos descubrió la tía, en una tarde cuando llovía a torrentes sobre la capital. Sonriendo nos dijo:

—¿Desean degustar un vino italiano que guardo hace tiempo en la despensa?-

Aceptamos el ofrecimiento. Poco después, celebramos, en compañía de la tía Carmen, esa retardada declaración de amor, que durante mucho tiempo habíamos guardado en nuestros corazones.

Dos años después, cuando alcancé el grado de Teniente, Catalina seguía a mi lado, brindándome sus caricias y apoyándome en todo lo concerniente a mi carrera. A punto de terminar sus estudios de veterinaria me manifestó que regresaría a la ciudad de Medellín.

Temiendo perderla, le pedí que fuera mi esposa.

Sorprendida, pero con rostro de satisfacción, me dijo:

—Esperemos un poco más. Me han ofrecido un trabajo en una empresa ganadera del Departamento de Córdoba, lo cual me atrae.-

—Espero que me comprendas. No he dejado de amarte, pero también quisiera experimentar un poco en mi carrera.-

Un tanto desconcertado, por un instante guardé silencio. Luego le dije:

—Si tú lo consideras importante para tu futuro, no tengo otra alternativa que aceptarlo.-

Yo la amaba, pero no me sentía con el derecho de truncar sus sueños.

Semanas más tarde, fui enviado al sur del país, haciendo parte de un batallón de contraguerrilla, para contrarrestar a los grupos subversivos que asolaban las regiones de los Departamentos del Cauca, Nariño y el Putumayo. Pudimos desmantelar algunas células guerrilleras que con frecuencia hostigaban a los campesinos, obligándolos a abandonar sus tierras y los pocos enseres que poseían.

Una tarde, cuando nos adentramos a un lugar muy selvático, fuimos sorprendidos por un grupo de subversivos que, desde lado y lado del camino, disparaban sus armas sin darnos tiempo de defendernos. Dos muchachos de la patrulla perecieron en ese encuentro.

Yo, así como dos soldados más, fuimos hechos prisioneros. Durante más de cuatro horas transitamos por caminos tortuosos, en medio de la maleza y los fangales que cubrían el piso.

Fuimos recluidos en unos toscos cambuches, rodeados por unos cercos de alambres de púas, sometidos a las inclemencias del tiempo y vigilados constantemente por cuatro hombres armados con fusiles de largo alcance. En algunas ocasiones, debimos padecer las molestias de unos grilletes que rodeaban nuestras piernas a nivel de los tobillos, para evitar que escapáramos.

Ese encierro prolongado y la deficiente alimentación, hicieron mella en algunos de nosotros, tanto física como mentalmente. Yo perdí más de diez kilos y, en algún momento cruzó por mi mente el deseo de acabar con mi vida, pero los consejos de don Vicente, un viejo que llevaba más de ocho años retenido, me lo impidió.

—Usted está muy joven, teniente. Guarde siempre la esperanza de que pueda escapar de este infierno. No se amilane–, me decía, con gesto paternal.

Para matar el tiempo y evitar el tedio que me causaba el prolongado encierro leía algunos textos que me habían facilitado y, en ocasiones, escribía cartas a Catalina, nunca enviadas.

Un mes de octubre, cuando las lluvias arreciaron y los mosquitos merodeaban sin cesar, don Vicente enfermó. Unas fiebres palúdicas, causadas por las picaduras de los anofeles, le causaron la muerte. Sus compañeros de infortunio debimos cavar la fosa, en un lugar cercano a nuestro encierro. Una cruz de madera, de más de un metro de altura, adornando su tumba, nos sirvió para recordar a aquel viejo consejero que, con su ejemplo, permitió que no perdiéramos la esperanza de alcanzar la libertad en un tiempo no lejano.

En más de una ocasión vivimos esperanzados de que fuéramos rescatados, cuando escuchábamos sobrevolar, muy cercanos, helicópteros del ejército, que por la espesura del bosque no pudieron descubrir los cambuches. Entonces, desilusionados, algunos pasábamos en vela esperando la muerte. En un diciembre, un muchacho, que recientemente nos había hecho compañía, se cortó las venas del cuello. Descubrimos su cadáver en horas de la madrugada.

Siete años más tarde, luego de soportar ese infame encierro, aprovechando una jarana organizada por algunos subversivos, durante la cual ingirieron una buena dosis de aguardiente, pude fugarme en compañía de dos amigos de infortunio. Desorientados, entre el abundante follaje de aquel lugar selvático, marchamos por sitios pantanosos durante toda la noche, hasta alcanzar un camino que nos condujo a una humilde ranchería, donde una pareja de ancianos nos brindó algún alimento y pudimos reposar por unas horas.

Temeroso, el viejo nos dijo:

—Es mejor que se marchen. Es posible que estén buscándolos.-

—Es gente muy mala. Son capaces de hacernos daño si se enteran de que les hemos dado albergue– afirmó la anciana, con facies de temor.-

El viejo, con gesto fraternal, nos dijo:

—A menos de dos horas de camino existe un puesto de policía. Pero les aconsejo que no se vayan por el sendero, sino por la selva. Más adelante encontrarán un riachuelo que los conducirá al poblado. Sigan su curso.-

Extenuados como estábamos, nuevamente nos internamos por una zona selvática, hasta localizar el riachuelo que el anciano nos había indicado. Cerca del medio día divisamos el pequeño poblado, a orillas del río Orito, en el Departamento del Putumayo.  Dos días después fuimos llevados a Puerto Asís, donde los médicos de la Brigada nos prestaron atención.

Recuperadas nuestras fuerzas, a la siguiente semana, por vía aérea fuimos trasladados a la capital.

∞∞∞∞∞

El encuentro con sus padres y sus hermanos fue muy emotivo, mas no estaba Catalina, a quien seguía amando. Preguntó por ella a su hermana Graciela, quien tenía conocimiento de su noviazgo.

—Hace cosa de dos años que no he vuelto a verla. Tampoco ha llamado por teléfono, como solía hacerlo en los primeros años de tu secuestro– le dijo.

La madre que observó la tristeza en el rostro de José Manuel intervino para decirle:

—No puedo confirmarte los rumores que hace algunos meses llegaron hasta mí. Una persona que conocía de tus relaciones con esa joven me dijo que se había casado con un ingeniero.

El rostro de José Manuel se tornó triste; buscó una silla y con la cabeza apoyada entre sus manos permaneció sentado, largo rato.

Graciela, consternada ante la actitud del hermano, se sentó a su lado y le dijo:

—No tengo certeza de esa noticia, pero si así fuese, no deberás culparla. Hace más de cuatro años que las autoridades y la prensa te dieron por muerto. Mamá, papá y ella también, sufrieron mucho.

José Manuel, con el rostro humedecido por las lágrimas, con la cabeza entre sus manos, permaneció sentado en el banco, mitigando su dolor.

Septiembre 26 de 2014

 

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