Miércoles, 28 de Octubre de 2020
ASMEDAS Antioquia

Cosas de brujerías

julio 6, 2019 6:26 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (Foto)
Neumólogo, Exintegrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Cuando la vieja Antonia despertó, a eso de las cuatro de la mañana, y notó que su marido no estaba en la cama gemela que ocupara en la misma pieza, lo primero que se le vino a la cabeza fue que “ese viejo pícaro debió haberse quedado durmiendo en casa de la Rosalía”.

Con más de cuarenta años de casados, y después de concebir una prole de siete hijos, doña Antonia, amante de los ritos satánicos, brujerías y exorcismos, siempre tenía en mente que, cuando el viejo Dioclesiano solía llegar tarde a casa con pasos tambaleantes, a causa de los tragos que ingería en la cantina de la plaza del poblado en compañía de cuatro amigos, era porque se la estaba “jugando” con la tal Rosalía, una mujer rolliza, de ojos almendrados y protuberantes pechos, con quien lo había sorprendido, tomados de la mano, años atrás.

Durante muchos sábados, mientras que tomaba una aspirina y un jugo de naranja para calmar el dolor de cabeza que acompañaba la resaca, doña Antonia lo enloquecía con sus cantaletas y reprimendas que el viejo escuchaba con estoicismo sin decir nada. Apenas sí solía mirarla de soslayo y sonreír con un deje de indiferencia. Tal actitud aumentaba la contrariedad de la señora Antonia, quien seguía renegando, mientras que deambulaba, como loca, por todos los rincones de la casa.

Tan sólo solía tranquilizarse cuando una hija, de nombre Clemencia, intervenía para decirle:

− ¡Por Dios mamá, cálmese ya! Cuando pasé por la plaza vi a papá en la cantina, en compañía de don Ramiro, el señor Clemente y otros amigos. Usted siempre maneja esos pensamientos en su cabeza.

−¡Claro! Tú siempre estas defendiéndolo, Piensas que yo estoy loca.

−No, mamá. Quienes vamos a enloquecer somos nosotros con tus cantaletas.

Un fin de semana, aprovechando un puente festivo, el viejo Dioclesiano se fue de pesca con tres amigos. Cuando regresó a casa, para evitar la compañía de Antonia, prefirió irse a dormir a una troja que, a pocos metros de altura, existía en el granero que estaba en el fondo del patio. Nadie se percató de su presencia, pues con sigilo había llegado en horas de la madrugada.

Cuando doña Antonia despertó y observó que la cama del viejo Dioclesiano estaba bien tendida, sin arrugas, lo primero que pensó fue que su marido, después de regresar de la pesca, había aterrizado en casa de la Rosalía, para disfrutar de las delicias del amor.

En alto grado de ofuscación, se dispuso a utilizar todos los conocimientos de brujería que había aprendido de una chismosa vecina, mediante los cuales pretendía comprobar, por una parte, el sitio exacto donde había pernoctado su marido, y por la otra, crear, mediante sus hechizos, una fuerza sobrenatural para que el marido, luego de desprenderse de las garras de la Rosalía, viniera a casa cabizbajo y arrepentido.

Preparó un café bien concentrado y, con paciencia, basada en los supuestos conocimientos de la lectura del sedimento que ocupaba el fondo del pocillo, descifró los monigotes que allí se habían formado.

−¡Claro! ─Se dijo con gesto adusto: ─el sinvergüenza, según puedo ver en estas figuras, debe estar solazándose con esa ramera en alguno de los burdeles de la orilla del río.

A continuación, tomó una tijera que, en forma de cruz, enterró en un montoncito de tierra de muerto, que ella solía guardar con mucha reserva en una bolsa de lona. Encendió un cabo de un habano que extrajo de una carterita, lo aspiró con fuerza y entonó una rara oración indígena, levantando su cabeza y elevando los brazos, siguiendo la trayectoria del humo que salía del tabaco.

Dioclesiano, que ya había despertado al escuchar el murmullo de las oraciones, a través de una ventana la observó que estaba de rodillas y con los brazos en alto, mientras que repetía:

−Satanás, ángel descarriado, padre de los infiernos, tú que eres el origen de todos los males, has que Dioclesiano pueda desprenderse de las garras de esa mujer y vuelva pronto a este hogar.

Cuando sintió unos pasos y giró su cabeza, vio cómo el viejo, con una sonrisa burlesca, con pasos cansados se dirigía hacia ella, diciéndole:

−Tus hechizos han surtido efecto. Aparecí más pronto de lo que imaginabas.

Medellín, marzo de 2012 (Revisado en junio de 2019)

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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