Domingo, 13 de Octubre de 2019
ASMEDAS Antioquia

Una mañana en el parque…

julio 1, 2019 7:35 pm



Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (Foto)
Neumólogo
Ex integrante del Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Como solía hacerlo los domingos, don Alselmo, rayano en los setenta, inició su caminata matinal por las calles cercanas del barrio, pretendiendo evitar la obesidad y aumentar el riego sanguíneo de su corazón, tal como se lo había aconsejado su médico.

Alto, de contextura mediana, erguido, con ritmo acompasado en su marcha, no aparentaba tener los años que confesaba con inocultable satisfacción. Su rizada cabellera, ahora veteada por mechones blanquecinos, contrastaba con el color rosáceo de su rostro que, a pesar de su edad, mostraba muy pocas arrugas y le hacía ver de un semblante muy lozano. Vestía ropa deportiva y zapatos de tenis blancos con adornos azul grisáceo, de suela abollonada, que hacían más agradable y menos penosa la marcha de aquel viejo solitario.

Luego de andar algunas cuadras, recordó que había olvidado el alimento para las palomas, que usualmente poblaban el parque de La Floresta, sitio favorito del viejo Anselmo para sus caminatas dominicales. Regresó a su casa, llenó una bolsa plástica con el codiciado alimento y reinició la marcha por las silenciosas calles de aquel barrio, portando consigo una revista en la cual aparecían artículos de carácter literario.

El día era fresco y el azul del cielo había desaparecido ante su mirada. Nubarrones grises lo cubrían e impedía el paso de los rayos solares en aquella mañana de verano. Contrastaba con el calor sofocante del domingo anterior, cuando el sol, muy temprano, hizo su aparición por la cima de las montañas, empapando de sudor las camisetas de los caminantes y deportistas.

Hoy, se respiraba un aire fresco y el clima, tan agradable, hacía menos fatigosa la marcha del viejo Anselmo.

Al llegar al parque de La Floresta, el viejo rememoró, nostálgico, sus años mozos cuando ingresó a la Universidad para iniciar sus estudios de Medicina Veterinaria. Cincuenta años atrás, procedente de un pequeño poblado había llegado a la ciudad, colmado de ilusiones, con el firme propósito de hacerse un profesional de la medicina veterinaria.

Admitido en la Facultad, comenzó a relacionarse con unos parientes que residían en el barrio La Floresta, al occidente de la ciudad, donde también entabló amistad con varios jóvenes de su edad. Aquel parque, en ese barrio silencioso, le sirvió de estadía durante muchas horas, embebido en la lectura de sus textos de estudio.

Ahora, el parque había cambiado de aspecto pero seguía siendo agradable; semi ovalado en su configuración, cruzado al través por estrechas callejuelas, posee una bella fuente de cuatro niveles, de aspecto arcilloso, cuyo color amarillento ha ennegrecido con el paso del tiempo; en sus frescas aguas cristalinas, que cual lágrimas caen permanentemente desde la cima, una docena de palomas agitan sus alas y se sumergen en ellas, plenas de felicidad.

Decenas de palomas se precipitan, enardecidas, hacía un extremo del parque, cuando un pequeño, acompañado de un anciano, riega en el suelo un puñado de alimento. El niño intenta atrapar alguna, pero ellas levantan el vuelo, dejando escuchar un agradable bullicio con su aleteo.

En su parte central, en un elevado pedestal, la figura de bronce de un muchacho campesino, de abarcas y sombrero, que carga en sus espaldas un ramo de flores de forma circular, en cuyo centro se destaca el mapa de Antioquia, como homenaje a los tradicionales silleteros de las Fiestas de las flores. El floral está sostenido por una ancha cinta que cruza el pecho del muchacho; por el peso del ramo, el joven aparece un poco inclinado hacia adelante.

En la esquina nordeste de aquel apacible lugar varios juegos infantiles sirven de diversión para los niños: columpios, argollas, barras horizontales, pequeñas escaleras de metal y un resbaladero, donde se desliza un infante, vigilado por sus padres.

El parque está sembrado de variadas especies de árboles y arbustos, que brindan una frescura agradable al lugar. Frondosos urapanes, acacias florecidas, carboneros, palmeras de superficies rugosas y varias ceibas de más de quince metros de altura, cuyos fornidos troncos hablan de sus años de existencia.

En una esquina, un espigado eucalipto, que desde su base posee cuatro eréctiles y rollizos troncos, de un color amarillo rojizo, desnudados parcialmente por el tiempo. En el ambiente se percibe un penetrante aroma, despedido por sus hojas.

Las márgenes están embellecidas por sanjoaquines florecidos en amarillo y rojo, y algunos almendros que apenas empiezan a crecer. Al frente del parque, hacia oriente, una gruesa y frondosa ceiba extiende sus ramas que brindan una refrescante sombra a los visitantes; su tronco es de tal grosor que no alcanzaría ser abarcado por los brazos extendidos de tres hombres.

Circundando al parque, hermosas casas de un solo piso, de techos carmesíes, pintadas de blanco, verde o amarillo, con antejardines bien cuidados, hacen más agradable el sector, llenos de recuerdos y nostalgias para el viejo Anselmo. Algunas de ellas están protegidas por verjas de hierro, de figuras arabescas, que las hacen lucir más hermosas. Veraneras atestadas de moradas, blancas y rojizas flores, y otras enredaderas, realzan aún más las fachadas.

Hacia el occidente del parque, esa vieja arquitectura del cincuenta se ha alterado por la construcción de altos edificios de ladrillos, con líneas rectangulares, que distorsionaron la belleza que formaba el conjunto de las viejas residencias.

El viejo Anselmo camina en círculos por el hermoso parque, mientras que da lectura a un artículo de la revista que lleva consigo. Otros hombres mayores circulan por las estrechas callejuelas y una pareja de ancianos reposa tranquilamente en una de las bancas, testigos ellas de recuerdos y amores frustrados.
De pronto se detiene frente al sitio en donde, sostenidas entre las ramas de la ceiba y los urapanes, unas casetas blancas sirven de albergue a las palomas del lugar. Con su mano rugosa, salpicada de pecas, toma un puñado del alimento y lo esparce por el suelo, llamando, con un sonido de sus labios, a las hambrientas avecillas. Como alegres estudiantes en horas del recreo, una bandada de palomas se precipita hacia el alimento, que engullen con apremio.

El viejo se ve cercado por más de una docena de aquellas hermosas aves de matizados colores: blancas, marrones, grises con machas blancas y cuellos de un azul verdoso, que enardecidas se disputan el alimento regado por el suelo.

Algunos machos, imponiendo su autoridad, picotean a sus compañeros, impidiéndoles alimentarse plenamente; otros, más interesados en la hembras, con el cuello erguido y el pecho arqueado, galantean con sus gestos y zureos.

Pasado un tiempo, luego de contemplar a sus queridas aves, el viejo Anselmo reinició su marcha circular alrededor del parque, que repitió incansablemente por más de media hora, disfrutando de la frescura del lugar.

Poco después de las diez de la mañana un grupo de jóvenes, la mayoría mujeres, con vestidos deportivos, cerró una de las calles con cintas bermellón y empezó a danzar al compás de la música que brotaba de un enorme equipo de sonido, instalado bajo la frondosa y corpulenta ceiba. El jolgorio lo dirigía una morena de escultural figura quien, siguiendo el frenético repiquetear de una tambora, solía moverse incansablemente, a la vez que con sus gritos los animaba a imitarla.

Con el bullicio de los danzantes la tranquilidad del lugar desapareció. Entonces, el viejo Anselmo, poco amigo de los escándalos, con pasos lentos retornó a su casa por aquellas solitarias y apacibles calles del viejo barrio.

El cielo permanecía poblado de densos nubarrones, blancos y grisáceos, que impedían que el astro sol calentara aquella mañana de domingo.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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