Domingo, 22 de Septiembre de 2019
ASMEDAS Antioquia

Cauca Viejo. (Cuento)

junio 6, 2019 2:54 pm



Por: médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo
Ex integrante Taller de Escritores ASMEDAS Antioquia

Cauca Viejo es un pequeño poblado, bella réplica de nuestros pueblos antioqueños que plácidamente duermen entre los riscos de las montañas.

A poco más de dos horas de la ciudad de Medellín, al borde de la carretera que conduce de la población de La Pintada a Bolombolo, Ciudad Bolívar y otras poblaciones del Suroeste antioqueño, acariciado por el agua del río Cauca, que presuroso corre nutriendo con su limo estas bellas tierras, se encuentra este pequeño poblado de aspecto colonial.

Concebido por un puñado de gentes nostálgicas, deseosas de conservar el viejo estilo de las casas de los abuelos y, quizás, transmitir sus recuerdos a las nuevas generaciones, hoy es un hermoso sitio de descanso para grupos familiares que lo visitan durante los fines de semana y aún por largas temporadas.

Con sus calles empedradas, sus casas pintarrajeadas de vistosos colores y jardines bien cuidados, Cauca Viejo es un remanso de paz donde mi alma se alimenta de nostalgia con los recuerdos gratos que aún perduran en mi memoria de los primeros años de mi existencia.

Balcones prominentes, con barandales de múltiples colores y materas colgantes atiborradas de flores, lucen coquetas ante las miradas de los visitantes que han salido a caminar por sus empedradas calles. Una quebrada, que corre torrentosa, deja escuchar el murmullo de las olas cuando acarician las piedras de su cauce. Poco después irá a aumentar el caudal del Cauca.

Desde la residencia donde reposamos, se distingue la capilla del pequeño poblado. Pintada de blanco, su cúpula luce en sus costados tres pequeños ventanales que permiten observar las campanas que alegres suelen repicar por las tardes llamando a los feligreses a la oración. Imponente, sobresale por encima de las residencias que la circundan. Al frente, la plaza de una cuadra de extensión, con tres frondosos árboles cuyas ramas prestan bondadosamente sus sombras a los habitantes del lugar. Cerca de una decena de espigadas palmeras, en el centro de la plaza, rodean expectantes, una bella fuente de tres niveles que deja deslizar sus aguas con un alegre sonido cantarino, que hace más agradable el lugar, cuando relajado me siento a leer una obra de Vargas Llosa.

El marco de la plaza luce maravilloso por la presencia de las casas de dos pisos, con sus corredores y barandales salpicados de múltiples colores, con sus puertas abiertas como para permitir a los visitantes que se deleiten observándolas.

En un recodo de la quebrada, muy cerca del frente de la residencia, un sonoro murmullo permanece alegrando mis oídos. Un enjambre de pericos y algunas guacharacas, ocultas en la arboleda, completan el conjunto musical en esta mañana de domingo. A pocos metros, siguiendo el curso de la quebrada, un puente colgante, que permite el paso a la otra orilla, facilita el ascenso de los caminantes por un estrecho sendero, en el cual unas escalas permiten llegar hasta la cima de la colina donde la vista domina el paisaje. Al fondo del valle, el caudaloso río Cauca, con sus aguas pintadas de ocre, transcurre altanero nutriendo las tierras que lo bordean.

Asiento de colonizaciones desde tiempos remotos, también testigo de desgracias, luchas fratricidas y sitio de ocultamiento de múltiples asesinatos cometidos a lo largo de las guerras que han teñido de sangre nuestra patria.

En el extremo occidental del poblado, un pequeño estanque adornado de lotos, sirve de recreo a una decena de gansos blancos y copetes purpurinos que, al descubrir nuestra presencia, enardecidos, lanzan su graznidos como advirtiéndonos que ellos son los dueños de ese lugar. Hubimos de apartarnos un poco para evitar un desagradable ataque.

Limitando con el estanque, una zona de recreo en donde un buen número de niños, luciendo diversos disfraces, acompañados de sus padres, retozan alegremente festejando el llamado Día de todos los Santos, o Día de las Brujas por algunos.

Muy cercana, una pequeña tienda y restaurante a la vez, que sirve de suministro de alimentos y bebidas a los residentes y visitantes del lugar. Y, como para traer a la memoria el empeño laborioso de nuestros ancestros, una réplica de un trapiche mediante el cual los campesinos, luego de moler la caña, elaboraban la miel, la panela y el estimulante aguardiente.

Cuando caminamos por la ribera del río, pudimos apreciar, extasiados, la belleza de una serie de construcciones, siempre conservando el estilo colonial, cuyos frentes de colores iridiscentes y corredores de estar, adornados de flores y vasijas de barro, lucían más agradables.

Observar a través de los ventanales el interior de las residencias es común entre los visitantes, que admirados se deleitan con los patios florecidos y antigüedades que muchas de ellas guardan como reliquias. Es agradable descubrir en el vestíbulo de algunas de ellas, tal como sucede en la residencia donde estuvimos, una serie de fotos envejecidas, de color sepia, que narra en pocas imágenes la historia de sus propietarios. Ancianos de luengas barbas, mujeres con sombreros adornados con flores y cintas, adolescentes de pantalones cortos y niñas luciendo sus vestidos de la primera comunión, son imágenes que producen una ambigua sensación de deleite y de nostalgia, al recordar la infancia y la adolescencia, así como la partida de aquellos de nos antecedieron y que, además de sus caricias y consejos, hicieron posible que nuestras vidas transcurrieran amablemente y en familia.

Algunas de las propietarias, orgullosas de sus casas, suelen invitar a los caminantes a ingresar a ellas. Satisfechas, los hacen desfilar por sus corredores y sus patios, relatando, con holgada alegría, el origen de la misma, que casi siempre proviene de un pariente ancestral.

En la residencia donde pernoctamos, además de una piscina decorada con azulejos, tiene una pila que sirve de baño, con un sonoro chorro que, al caer sobre nuestras espaldas, nos refresca del bochornoso sol del mediodía. Los niños, hilarantes, se divirtieron por varias horas en el agua.

Compartir en familia, bajo el techo de una casa de tipo colonial, en las riberas del río Cauca, en ese pequeño valle enmarcado por montañas antioqueñas del Suroeste, fue una grata experiencia que ojalá se repita.

Mas, como los momentos alegres de nuestras vidas suelen ser muy breves, el lunes por la tarde debimos retornar a la ciudad de Medellín, admirados, pero con algo de nostalgia.

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