Viernes, 18 de Octubre de 2019
ASMEDAS Antioquia

Una anciana a sus 14 años. Cuento

junio 3, 2019 2:26 pm




Por: Médico Bernardo Ledesma Gil (Foto)
Ortopedista

Tiene 14 años y ya parece una anciana y, a pesar de que progresivamente ha perdido su visión por unas opacidades que le han tornado blancos sus grandes y hermosos ojos negros, se orienta perfectamente buscándome por todos los rincones de mi vivienda, afanosamente, hasta localizarme.

Por lo regular, me encuentra sentado en mi silla reclinomática, bien sea en la mañana o en la noche. Es mi despertador matinal, todos los días; exactamente a las 6 de la mañana, se acerca sigilosamente a mi cama, me palpa con sus pequeñas manitos y con una voz atenuada, casi un susurro que va aumentando progresivamente de tono, me despierta y me obliga a levantarme.

Finalmente, ante sus insistentes y reiterados alaridos, me siento apenado con ella, forzado a levantarme de mi lecho, no solo por la angustia que me produce su insistencia, sino también por prevención para que no despierte a los demás habitantes de la casa o de la unidad residencial en que vivo.

Inicialmente, se me acercaba dando tumbos, chocándose con los muebles del apartamento, hasta lograr su objetivo. Su enfermedad y la ceguera por cataratas no ha sido obstáculo para demostrar su afecto y su euforia.

Ella ha aceptado su padecimiento estoicamente, sin quejarse, sin protestar ni refunfuñar, mientras en la casa todos sufrimos con su padecimiento y, en muchas ocasiones, la tratamos injustamente, con indebidas reprimendas y hasta con rabia porque ha sido tanto su deterioro físico y tan acentuada su progresiva enfermedad que ha perdido el control de sus esfínteres; padece una incontinencia urinaria grave que no le da tiempo y se orina en cualquier sitio del apartamento.

En más de una ocasión, me he resbalado en el piso húmedo y viscoso producido por su orina, estando a punto de caer en uno de los charcos que deja esparcidos por todas partes.

Pero ella, cándidamente y sin sentirse culpable, me ha demostrado una y otra vez que es la reina de la casa y que, a pesar su ceguera y su incontinencia urinaria, continúa allí a mi lado, leal y afectuosa como siempre, como si realmente me estuviera viendo.

Lo más triste es que, a pesar de solo tener 14 años, su vida se está extinguiendo progresivamente porque a esa edad se está muriendo de vieja.

Estrellita, mi querida y noble mascota, la consentida de la casa, ha perdido su vitalidad y su visión, pero nunca su lealtad y su sentido del olfato para localizarme y exigirme con sus débiles ladridos, día tras día, que la cargue y que la siente a mi lado, en mi silla reclinomática, durante mis horas de descanso, de lectura y de televisión, sin ocultar la felicidad y la alegría que siente cuando le acaricio su barriguita.

Siempre que llego a mi apartamento, ella hace una fiesta con sus ladridos y me cuentan que parece que presiente mi llegada porque empieza a ladrar unos minutos antes de que yo apriete el timbre de la puerta de mi apartamento del tercer piso, mientras parqueo mi carro.

Estrellita anuncia mi llegada, me da la bienvenida con una euforia inmensa, se me abalanza, salta emocionada y ladra sin cesar, calmándose solo cuando le acaricio su pequeña cabecita.

Mueve sin cesar un muñón, remedo de cola o de rabo que le quedó cuando, muy pequeñita, el veterinario, no sé porque razón, le amputó su colita privándola de menearla para mostrar su afecto y también sus temores colocándola debajo de las piernas traseras como lo hacen los perros a quienes no les han cercenado su colita.

No tiene una raza definida, parece un cruce entre chihuahua y «chanda», su color blanco con manchas negras es como el de una vaca lechera y, cuando estaba recién nacida, sus grandes ojos parecían sobrar en ese pequeño cuerpecito que cabía en una de mis manos.

Nada elegante, pero eso no importó cuando mi pequeño hijo de 10 años se enamoró de ella; la vio en una tienda veterinaria, en Envigado, y a pesar de que el veterinario se veía reacio a venderla y trataba de que él se antojara de otro de los cachorritos más finos que tenía en venta, mi hijo insistía en que esa era su elegida.

Sí, mi pequeño se había enamorado de ella. Fue amor a primera vista. Él decía que era la más cariñosa de la camada de cuatro (4) perritos y que era la única que lo miraba tiernamente. De ninguna manera conseguimos que cambiara de opinión.

Cuando la teníamos en casa, encontramos que la perrita se rascaba más de lo usual; inicialmente, pensé que tenía pulgas pero, al examinarla, encontré que tenía unas extensas lesiones en la piel; tenía su piel pelada en algunos sitios, razón por la que cambié mi diagnóstico por una posible escabiosis o sarna, vulgarmente llamada «carranchil» en los humanos, propia de personas de bajo estrato económico y social, por lo regular por falta de higiene.

El veterinario confirmó el diagnóstico y la vio tan mal que creo que se sintió tan culpable que trato inútilmente de convencer a mi pequeño hijo de que la cambiara por otro de los cachorros que tenía venta.

No era una perra sarnosa sino una sarna «perrosa» con figura de animal, como la describiera José Manuel Marroquín en su poema la perrilla. Más del 50 por ciento de su piel se había desprendido y producía grima y tristeza observarla desesperada rascándose con sus patitas. Y para acabar de rematar el apenado espectáculo, careciendo de su cola para espantar los moscos que se le arrimaban.

Estrellita superó su enfermedad y con buena alimentación y afecto por todas partes se alivió, convirtiéndose en una rozagante y hermosa perrita.

El año pasado la tuvieron que operar porque le había aparecido un tumor en una de sus mamas; la cirugía fue un éxito pero a los pocos días la herida quirúrgica se empezó a abrir. Hizo un dehiscencia de la sutura, -comentó el veterinario-, y la tuvimos que volver a llevar a su clínica para que la volviera a suturar, pero unos días más tarde la herida nuevamente se le abrió del todo, a pesar de los cuidados y precauciones como el uso de una campana protectora, que le daba un aspecto gracioso; era como un perro astronauta.

Sufrimos mucho con la nueva enfermedad de Estrellita, yo estaba convencido de que se iba a morir porque tenía una herida muy grande en el abdomen, pero ella toleraba muy bien las curaciones, emitiendo un tenue quejido cuando su madre humana, con mucha dedicación y entrega, le lavaba pacientemente, todos los días, sus heridas retirando el tejido amarillento producido por la infección, y con los cuidados y curaciones cotidianas, ese aspecto de la herida se fue tornando rosado y limpio.

A este tipo de respuesta de la piel lo denominamos en medicina tejido de granulación; y cuando está en ese estado, procedemos a colocar un injerto de piel para cubrir el defecto, por lo regular con muy buenos resultados.

Conocedor de esta situación en mis pacientes, llamé al médico veterinario para preguntarle si en la perrita también se podía hacer un injerto de piel, pero él me responde casi burlonamente, y con una frialdad y tranquilidad propias de su experiencia, que nos tranquilizáramos. -Esa herida va cerrando solita-, dijo. -Es cuestión de tiempo, los extremos de la herida se van buscando solos-.

Muy escéptico y desconfiado, dejé las cosas así y, sin descuidar a Estrellita, le continuamos haciendo limpieza y hasta se nos olvidó que tenía la herida; y unos días más tarde, al levantarla para sentarla a mi lado en mi silla, le miré el abdomen y comprobé que, realmente como había pronosticado el veterinario, la herida había desaparecido por completo.

Nos quedamos sorprendidos porque Estrellita iba evolucionado hacia la mejoría y, después de soportar serenamente esa terrible experiencia, empezamos a sospechar que no veía bien, porque cuando le ofrecíamos algún alimento no lo recibía inmediatamente y, si lo colocábamos en el suelo, lo buscaba presurosamente con su nariz hasta encontrarlo.

Allí fue cuando descubrimos que sus ojitos negros se tornaron blancos como con nubes en su interior.

Estrellita perdió mucho peso con su enfermedad que duró casi tres (3) meses. Hace poco, una familiar que no había vuelto a ver preguntó jocosamente que si a Estrellita le habíamos hecho la cirugía bariátrica para que perdiera peso, porque notaba que de ser una perrita obesa antes de la enfermedad pasó a tener un cuerpecito enflaquecido pero estilizado.

Y ahí continúa Estrellita esperándome a mi llegada después de un día de arduo trabajo, haciéndome una escandalosa fiesta con sus ladridos, gimiendo tiernamente para que la siente a mi lado como siempre, en mi silla reclinomática, para que le acaricie su pelo; y, mientras ella ronronea a mi lado, yo me dedico a leer y a ver mis por gramas de televisión.

Ya Estrellita está aprendiendo a buscar el sitio donde le corresponde orinar, se guía hasta el balcón del apartamento, teniendo como referencia los muebles del apartamento a los que no les hemos vuelto a cambiar de sitio por sugerencia de un joven médico veterinario, a quien le comenté que ella tenía cataratas. Ahora se orienta tocando u oliendo los muebles para ubicarse mejor, y cada día adquiere más pericia para ello.

Según las reglas de la edad en los caninos, ya Estrellita está en la tercera o cuarta etapa de su vida; es una anciana pero continúa demostrando nobleza y muchos bríos y ganas de acompañarnos por unos años más.

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