Frustración

Cuento

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

Por: Médico Roberto López Campo (foto)
Neumólogo, Ex integrante Taller de escritores ASMEDAS Antioquia

En reiteradas ocasiones habían cruzado sus miradas en la entrada de aquel viejo edificio, asiento de un buen número de oficinas de ejecutivos, abogados y casas de cambio, situado en el centro de la ciudad.

Ella, secretaria de un comerciante que se dedicaba a la importación de textiles, de aproximadamente treinta años, lucía, con suma frecuencia, conjuntos de falda y chaqueta de tonos grises o azules, que le hacían ver como una mujer de mayor edad de la que realmente tenía. Con su pelo castaño recogido y unas lentes, montadas sobre unos aros plateados, tenía más la apariencia de una maestra de escuela, que de una secretaria moderna.

ÉL, rayano en los cuarenta, ya mostraba algunos mechones cenizos en su melena ensortijada que cubría parcialmente sus orejas y dejaba ver algunos rizos sobre su espigada nuca. De tez delicada, solía vestirse a menudo con unos pantalones vaqueros, algo desteñidos, de bolsillos laterales, y camisetas de colores muy intensos, que le daban la apariencia de ser un poco descuidado. Su informal atuendo lo completaban unos zapatos mocasines, con hebillas doradas, de suelas muy gruesas y unas medias multicolores, que casi nunca combinaban con el resto de su indumentaria.

Cuando él vistió una camisa floreada, entreabierta en su parte superior, ella pudo observar una cadena dorada, muy gruesa, que pendiente de su cuello, reposaba sobre su pecho musculoso poblado de pelos ondulados. Tenía toda la apariencia de un holgazán, pero a ella, tímida por naturaleza, aquel hombre le parecía maravilloso y le había despertado un sentimiento que jamás había experimentado con otro ser.

Solía llegar temprano al edificio, y, bajo algún pretexto, esperar en la puerta del mismo, para subir al ascensor en su compañía. Durante muchas mañanas compartieron el ascensor de la vieja edificación, hasta el quinto piso, en donde ella descendía, mientras que él continuaba su recorrido hasta el octavo. En más de una ocasión la había sorprendido observándole de pies a cabeza, y él pudo descubrir un par de ojos grises, de mirada triste, que se destacaban en su rostro nacarado.

Una leve sonrisa o unos ¡Buenos días!, fueron las únicas comunicaciones que tuvieron durante muchos meses. Pero ella ardía en deseos de entablar con él una amistad más estrecha.

Debido a las grandes gafas ambarinas que cubrían los ojos de aquel hombre, ella nunca pudo precisar si su interés por el vecino había despertado en él algún afecto. Muchas veces intentó iniciar una conversación, pero él siempre se mostraba parco en el hablar y un tanto indiferente.

En su atribulado cerebro, la imagen de aquel hombre se le había convertido en una obsesión y decidió emplear todos sus atributos femeninos para llamar la atención de su displicente vecino de oficina. En una tarde primaveral de viernes, decidió cambiar su acostumbrado atuendo. Con el pelo suelto, ahora exhibía unos pantalones verde botella, muy ceñidos a su cuerpo; zapatillas igualmente verdes, de afilados tacones y una blusa beige, que dejaba ver, en parte, sus prominentes senos, antes ocultos por el uso inveterado de sus vestidos sastre.

Sus tradicionales gafas habían sido reemplazadas por otras de montura de color habano claro, que hacían resaltar la belleza de su rostro ovalado. Un par de zarcillos de oro, portando unas pequeñas piedras de color azul marino, colgaban de sus orejas, y un perfume, que despedía al andar, invadió el pasillo al entrar al edificio. El aroma despedido sorprendió a quienes ocuparon el ascensor. Gestos burlescos y miradas atrevidas se cruzaron entre sus ocasionales acompañantes.

En esa tarde, aprovechando que su jefe estaba ausente, se retiró de la oficina más temprano que de costumbre. Cerca de la entrada del edificio esperó la salida del hombre que era motivo de su turbación. Lo abordó con entereza y, con una agradable sonrisa, lo invitó a un refrigerio a un café cercano al edificio. Sorprendido, el hombre aceptó y se dirigió con ella hacia el pequeño bar.

El contraste entre los dos era sorprendente. Ella, elegantemente vestida, con un rostro pleno de felicidad, le conversaba acerca de su trabajo y de sus encuentros frecuentes en la entrada del edificio. Él, menos expresivo, sonreía ocasionalmente y le contaba acerca de algunos viajes que había realizado fuera del país, con grupos de amigos. Vestía sus tradicionales pantalones desteñidos y una camisa amarillo oro que hacía juego con su blonda y rizada cabellera. Extasiada en sus pensamientos, imaginó haber hallado al hombre de sus sueños.

No había transcurrido una hora cuando un joven, de figura elegante y rostro amable, se les acercó. El vecino y el joven se saludaron efusivamente.

─¡Te estaba esperando! –le dijo el hombre al muchacho.

El hombre se dirigió a ella y le pidió permiso para retirarse. Tomando de la mano al adolescente, con rostros satisfechos salieron juntos hacia la calle.

Sorprendida, ella los vio partir, con un gesto de tristeza.

Tomado de: Oficina de Comunicaciones, Información y Prensa ASMEDAS Antioquia

 

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